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  • Amor, Traición y Perdón.

    Ramo_de_rosas

    Juan se detuvo ante la puerta, vacilante, como deseando no llegar nunca a ella para no abrirla. En su mano izquierda llevaba un espléndido ramo de rosas rojas y, tras unos segundos de muda reflexión, no pudo contenerse más y su rostro se contrajo en una mueca de dolor y tristeza que dió paso a un llanto silencioso, aunque intenso.

    Con ojos cerrados y encorvándose ligeramente abrazó el ramo de rosas, como si buscara refugio y consuelo en él.

    El tiempo parecía haberse detenido y el mundo desvanecido, como si de repente se encontrase suspendido en medio de la nada. le parecía que en esos amargos instantes sólo existían él, esa puerta, el ramo de rosas y el dolor que atenazaba inmisericorde a su corazón.

    Un llanto silencioso... si acaso un ocasional y apagado gemido... y Juan, poco a poco, aún agrazado al arreglo floral, se fué derrumbando, apoyando su cuerpo en la pared y dejando que se deslizara lentamente hacia abajo, hasta quedar en cuclillas, casi en posición fetal, con la cabeza gacha... dándole la espalda al mundo y sumiéndose en su amargura.

    Era ese día el cumpleaños del amor de su vida... de María... la mujer a quien un día juró amar y respetar hasta que la muerte los separara ante un Dios en el que él no creía. Y ese ramo de rosas, que evocaba los cada vez más lejanos días juveniles de cortejo, le parecía en esos momentos la cosa más triste del mundo.

    Y es que la amaba... ¡cuánto la amaba!

    Pero con el paso del tiempo, su corazón seguía envenenado... herido de muerte por la traición...

    Juan se sentó en el suelo, sin deshacer ni por un segundo su abrazo al ramo aquel y, dejando que las lágrimas corrieran libremente por sus mejillas, dejó que su mente permitiera volar sus pensamientos hacia los días cuyos acontecimientos tantas veces había revivido, deseando en cada una de ellas inútilmente obtener un desenlace distinto. Recuerdos que tanto revivía, y que tanto deseaba poder dejar atrás, en el olvido.

    Y, nuevamente, recordó...

    * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

    María lo había traicionado un par de años atrás, justo en un día como éste, su cumpleaños. Ésa era la terrible realidad.

    Hasta ese fatídico día, eran una pareja feliz y sin mayores problemas que los de cualquier matrimonio común y corriente... o al menos eso había creído Juan.

    Hacía poco más de un año él había obtenido un ascenso en su trabajo que traía consigo una excelente mejora en lo económico; de hecho, era un beneficio que Juan jamás había soñado poder lograr. Era algo que lo libraba de prácticamente de cualquier preocupación monetaria. Era la estabilidad que siempre había soñado para él y su esposa. Sin embargo, como todo, eso tenía un precio...

    El trabajo de Juan sería en una ciudad distinta a la suya, a 300 km de distancia, lo que lo obligaba a permanecer prácticamente toda la semana fuera, y pasar sólo los fines de semana junto a su esposa. Sería duro, pero estaba seguro que lo sobrellevarían bien, y que eventualmente encontrarían el modo de pasar más tiempo juntos. Su amor los ayudaría a soportar el alejamiento, sí.

    Al principio todo parecía haber ido bastante bien: después de una semana de ausencia, Juan regresaba para encontrarse con María, que lo esperaba ansiosa de él. Los fines de semana eran maravillosos, y los paseos y noches de pasión eran la justa recompensa de una semana de estar privados de su compañía. Luego llegaban los temidos lunes por la mañana, cuando la inevitable nueva despedida era obligada, dejando sólo el esperar de un nuevo sábado.

    Era difícil acostumbrarse a ello, en verdad.

    Luego, la cosa empezó a enfriarse. Los sábados por la noche dejaron de ser noches de paseos y de sesiones interminables de sexo y amor... empezaron a hacerse rutinarios. Salir juntos era ahora casi un requisito que había que cumplir más por obligación que por otra cosa. Y Juan, en la oscuridad de la noche junto a su esposa dormida, meditaba en lo estaba sucediendo... ¿María se habría hartado ya de su ausencia? ¿Tendría problemas que no le había confiado? ¿Estaría dejando de amarlo? Y, sobre todo... ¿sería culpa de él todo ésto?

    Lo que más lo desconcertaba era la actitud de ella cuando él la cuestionaba al respecto y le pedía que aclararan la situación, porque ella se rehusaba a hacerlo con mil pretextos y diciéndole que no se preocupara, que todo estaba bien y que lo que atravesaban era algo natural en el periodo de adaptación a la nueva rutina. Juan, muy a su pesar, aceptaba lo que ella le decía, porque la realidad era que su esposa, no obstante la relativa frialdad con la que había impregnado la relación de un tiempo a la fecha, no le había fallado en ningún aspecto, ni como esposa, ni como mujer. A final de cuentas, quizá él lo estaba viendo todo de un modo un tanto dramático.

    Y Juan, enamorado como lo estaba de ella, aceptó la situación.

    Con el correr de los meses llegó el cumpleaños de María, y se dijo a sí mismo que era la ocasión propicia para reavivar la llama de la pasión y el amor en su relación. Un día antes, le dijo a su esposa que no podría estar con ella ese día, y que dudaba que siquiera pudiera llamarle por teléfono. Luego, hizo reservaciones en uno de los mejores restaurantes de la ciudad y otra en un hotel de los más caros. Llegaría por sorpresa y, tras entregarle el ramo de rosas rojas más hermoso que pudiera comprar, la llevaría a disfrutar una noche como hacía mucho no tenían. ¡María sí que se iba a llevar una sorpresa!

    Por fin llegó el día esperado... y quien se llevó una tremenda sorpresa fué el.

    Porque cuando se acercaba a su casa, con su magnífico ramo de rosas rojas, alcanzó a distinguir a lo lejos cómo María, elegantemente vestida, subía al coche de un hombre desconocido para él. Juan disminuyó la marcha al máximo para evitar ser visto. No podía creer lo que sus ojos veían... porque ahora su esposa besaba apasionadamente a aquel hombre...

    Juan sintó claramente cómo su interior se empezaba a derrumbar y cómo corazón era oprimido por un puño invisible, pero firme y cruel. Sencillamente no podía creer lo que sus ojos veían. María era incapaz de engañarlo de esa manera. Ella era buena... ella lo amaba... ella le había jurado que lo amaría eternamente...

    Con un nudo en la garganta, miró cómo el coche partía con la pareja muy unida, y se decidió a seguirlos. Y en el siguiente par de horas, tuvo que soportar el dolor y la humillación de cómo su esposa cenaba con aquel hombre en el mismo restaurante para el que él mismo había reservado una mesa esa noche... y luego, enmedio de una mezcla de llanto y furia, los observó retirarse de ahí, y enfilar a las afueras de la ciudad... a unas cabañas que seguramente no era la primera vez que visitaban para dar rienda suelta a una pasión que significaba un cruel traición a la promesa matrimonial...

    Los miró abrir la puerta y besarse apasionadamente ahí mismo... acariciándose de una manera inapropiada para hacerlo públicamente. Luego, tras unos segundos, entre risas ambos entraron a la cabaña y cerraron la puerta.

    Juan, dentro de su auto, los observaba fijamente... con ambas manos sobre el volante y con los ojos arrasados de lágrimas... preguntándose mil veces el por qué de esa traición.

    ¿En qué había fallado?

    ¿En qué momento María había dejado de amarlo, en qué momento sus besos habían dejado de ser sinceros?

    ¿Hasta cuándo tenía pensado mantenerlo en secreto? ¿Por qué lo había engañado de esa manera, si él siempre le había sido fiel y la amaba con toda su alma y con todo su corazón?

    ¿Por qué?

    ¿Por qué?

    ¿¿POR QUÉ??

    No lo sabía... no lo comprendía... no podía asimilarlo... y, mientras miraba fijamente aquella puerta tras la cual su esposa le era infiel, dejó fluir su tristeza y frustración.

    Intentó que sus lágrimas de dolor lavaran un poco su pisoteado orgullo manchado de traición y de mentiras... Dejó que su amor envenenado agonizara lentamente...

    Pasó así muchos minutos, horas quizá, no lo sabía con seguridad. ¿Qué debía hacer? ¿Marcharse de ahí y no volver a verla nunca más? ¿Reclamarle? ¿Golpearla? ¿Matarla? ¿Suicidarse? ¿Fingir que no sabía nada e intentar salvar lo poco que quedaba de su matrimonio, con la esperanza de recuperar lo perdido?

    Y es que el dolor era inmenso, sí... la humillación era insoportable, también era cierto... pero... si se veían de cierta manera las cosas... ¿podía culpar a María?

    ¿Acaso no era él quien se había alejado de ella?

    ¿No había sido él quien la había descuidado?

    ¿No había sido él quien había antepuesto lo económico a lo afectivo?

    Además... de no haber descubierto esta noche la infidelidad de su esposa...¿ habría podido hacerle algún reclamo en cualquier cosa? La respuesta era NO. Ella nunca le había fallado ni como esposa ni como mujer. Se podría decir que le había dado su lugar, y había respetado el hogar. No lo había desatendido, ni lo había abandonado. La verdad era que hasta antes de esa noche amarga, Juan no tenía queja de su esposa.

    No podía, pese a todo, dejar de aceptar el hecho de que la amaba con todas sus fuerzas. Y le daba miedo de estar buscando la manera de justificar algo a todas luces injustificable. Ella lo había traicionado, y eso no estaba bien...pero él también tenía parte de culpa...gran parte de la culpa. Se resistía a aceptar que la vida que hasta entonces había conocido estaba destinada a irse a la basura. Se resistía a no luchar por rescatar aquello que tanto amaba.

    Un buen hombre no dejaría que eso sucediera.

    Un buen hombre no dejaría de luchar por lo que amaba.

    Un buen hombre haría el esfuerzo de perdonar algo que quizá él mismo hubiese propiciado.

    Un buen hombre soportaría todo apoyado en la fuerza de su amor para rescatar una vida que deseaba volver a tener.

    Con esos pensamientos en su mente, Juan enjugó las lágrimas de sus ojos y respiró profundamente, resuelto. Encendió el motor de su automóvil, ahogando dentro de sí el rencor y el dolor, arrojó fuera el ramo de rosas que por esa noche había perdido su valor, y se alejó de aquellas cabañas donde su mujer, ajena a su drama interior, se entregaba a una pasión traidora y prohibida.

    Sí... un buen hombre era capaz de perdonar y soportar todo por amor. Y él amaba profundamente a su esposa. Quizá más que a él mismo.

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    Transcurrieron así dos años, y hoy aquí estaba Juan, aún atormentado por los recuerdos de la noche en que su corazón había sido destrozado por un engaño.

    Aún en el suelo, permaneció unos instantes con la vista fija en el piso, dejando que los recuerdos se volvieran a guardar en el baúl abierto de su mente y que las últimas lágrimas resbalaran por sus mejillas y cayeran con libertad. Luego, las limpió con el dorso de su mano y, sin dejar de abrazar su ramo de rosas, se puso de pie otra vez.

    Intentó esbozar una sonrisa que fué fallida, y extrajo de su bolsillo la llave de la puerta que tenía frente a él, y a la que tanto temía abrir. La puerta del mausoleo donde ahora se encontraba...

    ... el mausoleo donde estaba sepultado el cuerpo de María, a quien había matado aquella misma noche en su propia casa.

    Porque había sido incapaz de soportar el peso de la traición... el dolor de la humillación y la tortura de los celos. Y, mientras estrangulaba a su esposa con sus propias manos, recordaba lo que había pensado un par de horas antes: "Un buen hombre no dejaría de luchar por lo que amaba"... "Un buen hombre haría el esfuerzo de perdonar algo que quizá él mismo hubiese propiciado"...

    Y era cierto.

    Pero también era cierto que él no era un buen hombre. No, ya no más. El Juan buen hombre había muerto horas antes, cuando su corazón envenenado de amor traicionado había dejado de darle vida. Y este nuevo Juan había tenido la sangre fría de asesinar al amor de su vida, de mandar matar a su amante, e ingeniárselas para no tener problemas con la Ley.

    Hoy sólo existía un Juan que estaba vivo sólo porque la sangre aún fluía por sus venas, pero que interiormente llevaba ya dos años tan muerto interiormente como su difunta esposa. Dos años de llorar cada noche la infidelidad de María y su incapacidad para perdonarla, aún con todo lo que ella significaba para él.

    Entró al lugar, y se dirigió al pequeño altar que había mandado construir para ella. Depositó el arreglo de rosas en un florero y permaneció unos minutos llorando en silencio, como conversando sin palabras con María. Besó los dedos de su mano derecha, y depositó ese beso en la fría lápida mientras murmuraba un "te amo" apenas audible. Dió media vuelta y se dirigió a la salida.

    Segundos después, el recinto estaba solitario nuevamente. Y el silencio parecía repetir en un mudo murmullo el epitafio de la tumba de María:

    "Una buena mujer que no tuvo la suerte de encontrar a un buen hombre que la comprendiera. Te amo. Tu esposo, Juan".

    Afuera, Juan se perdía de vista en los caminos del cementerio, rumbo a la salida, a seguir viviendo lo que le restaba de vida, en la espera de morir pronto y reunirse con su amada en el más allá, si es que tal cosa existía.

    Porque quizás allí, y sólo allí, él podría perdonarla...

    ...y ella a él.

  • Retro- El Cristal ante Nosotros

    "Hacia atrás, ni para tomar impulso", dice el refrán.

    Hasta no hace mucho tiempo, yo comulgaba con esa idea. Hay que ir siempre hacia adelante, sin retroceder. Retroceder es signo de debilidad.

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    Sentado ante el escritorio de la oficina, doy un sorbo a mi taza de té mientras observo el irregular vuelo de una mariposa que ha entrado por la ventana abierta. Revolotea un poco, como explorando ese lugar tan extraño y diferente a los que en su efímera vida tal vez esté acostumbrada. Parece no gustarle. Quizá sea porque las únicas plantas que aquí hay son las de ornato artificiales del decorado, y que poco o nada representan lo que ella busca.

    Un nuevo sorbo a mi té y observo cómo la mariposa intenta regresar al exterior. Pasa junto a la ventana abierta y, quizá confundida por la transparencia del cristal, choca contra éste. Lo intenta una, dos, tres veces... y nada. El mundo se presenta ante sus ojos ahí, frente a ella, pero no puede alcanzarlo. Algo que no sabe qué es, se lo impide. No puede verlo, pero puede sentirlo. No importa cuánto lo intente, no puede seguir adelante, por más que lo desee.

    Cansada, se posa un momento en una esquina del cristal, cerca de la cortina, y bate lentamente las alas. Sonriendo, pienso que está reflexionando sobre lo que sucede. Sobre cómo llegó a este punto y a este lugar sin darse cuenta.

    Entonces emprende el vuelo otra vez. Intenta nuevamente avanzar, con el mismo resultado. En sus aparentemente inútiles esfuerzos se ha acercado al borde de la ventana. Y es cuando, como si comprendiera al fin lo que debía hacer, vuela un poco hacia atrás, libra el cristal y la cortina que se interponían en su camino, y entonces prosigue su vuelo hacia adelante, hacia el exterior, hacia la luz del sol.

    Yo, inmóvil, doy otro sorbo a mi taza de té y sigo con la mirada su errático vuelo hacia la libertad, hasta perderla de vista.

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    A veces creemos saberlo todo. Afirmamos cosas como si estuviéramos en posesión de la Verdad Absoluta. Yo mismo, en este preciso momento, estoy afirmando algo que tal vez sea realidad para mí, pero que ignoro si lo sea para los demás.

    Yo no lo sé todo. He llegado a pensar que en realidad sé muy pocas cosas, e incluso nada. Pero eso no importa ahora.

    Porque en éste momento lo único que sé es que una simple mariposa me ha enseñado que los hombres podemos estar equivocados. El intentar ir hacia adelante sólo por deseo, orgullo y convicción, y no por racionalización, puede llegar a convertirse en un esfuerzo desgastante e inútil. A veces es mejor dar unos pasos atrás y hacia un costado para poder seguir adelante. Para salvar aquello que nos es imposible vencer.

    No digo que la mariposa haya razonado, o al menos no como lo que los humanos entendemos por razonar. Sólo digo que esa mariposa, ante sus fallidos esfuerzos, hizo al final lo que debía hacer.

    Y me pregunto cuántos de nosotros, cegados por el orgullo o el deseo, seguimos estrellándonos en el cristal de lo irremediable.

  • El Cielo Puede Esperar

    El accidente había sido espantoso...

    En la oscuridad de la noche, y en la soledad de aquel tramo de carretera tan peligroso, Juan y su familia se debatían entre la vida y la muerte. Sólo el resplandor de las luces del automóvil y el de algunas llamas dispersas rompían la negrura de la noche.

    Juan intentó moverse, pero no pudo. Se sentía débil, y un dolor intenso en el pecho le robaba las fuerzas. Incluso el respirar le resultaba insoportable. La sensacion de que mil alfileres aguijoneaban sus pulmones al hacerlo, provocaba que naciera en él el deseo de respirar lo menos posible. Con trabajos volvió la cabeza para buscar a su esposa y a su hijo, venciendo el dolor de su cuello... y deseó no haberlo hecho: María, su mujer, estaba inmóvil, con la frente y la nariz completamente ensangrentadas, y el brazo izquierdo horriblemente fracturado. Su húmero roto estaba expuesto, atravesando su piel y la manga de su blusa. El resto del cuerpo... no podría saberlo...se perdía en la negrura del coche, y no era difícil imaginar que no estaría mejor.

    Horrorizado, buscó con la mirada a Danielito, su hijo de 4 años.

    Nada.

    En su limitado campo visual, su hijo no aparecía...pero el cristal roto de la ventanilla del asiento donde venía sentado, le daba una cruel idea de dónde podía estar. Las oscuras manchas de lo que indudablemente era sangre lo hacían tener la casi absoluta certeza de que lo que temía era cierto: lo más seguro era que danielito hubiese salido proyectado fuera del coche, y en esos momentos se encontrara tirado en algún punto de la inclinada ladera por donde habían dado un sin fin de volteretas después de salirse de la cinta asfáltica.

    Presa del horror y la desesperación, intentó apartar de su mente esas imágenes tenebrosas y quiso gritar, pero sólo un ahogado gemido brotó de su garganta antes de ser sofocado por el dolor de su pecho; mismo dolor que le impedía moverse. Pasó trabajosamente saliva y pudo percibir el inconfundible sabor de su propia sangre. Sólo que no sabía como saliva mezclada con sangre, sino todo lo contrario... sabía como si estuviera pasando sangre con una poca de saliva. Y eso lo atemorizó aún más.

    Se sentía asustado, dolorido, cansado, triste... Su familia estaba muriendo -o había muerto, no lo sabía- justo frente a él... y no podía hacer nada. La vida se le escapaba segundo a segundo y no podía evitarlo. Ni siquiera podía luchar.

    Le llevó poco tiempo el darse cuenta que su dolor e inmovilidad se debían a que estaba prensado contra el volante del auto, que le había quebrado varias costillas. Alguna de ellas habría perforado un pulmón. Pronto se empezaría a ahogarse con su propia sangre.

    Un extraño hormigueo que invadía la parte inferior de su cuerpo le hacía temer que se hubiera roto ambas piernas. Ni siquiera sabía si podía moverlas.

    Sintió una tristeza infinita... Estaba ante el portal de la muerte... ante el fin de su vida tal como la había conocido. Su mujer y su hijo estaban muertos, y no había podido ayudarlos. Peor aún... él era el culpable de su muerte. Cerró los ojos y rememoró trabajosamente lo que había sucedido tan solo unos minutos antes: él venía junto con María y Danielito camino de una fiesta de cumpleaños en un poblado cercano, donde ella tenía unos parientes. Como siempre sucedía, esos familiares se las habian arreglado para echar a perder todo después de embriagarse con litros y litros de cerveza. Una discusión absurda que Juan había intentado evadir había degenerado en empujones, insultos y amenazas. Como resultado, Juan salió furioso de ahí, llevándose a su esposa y su hijo consigo, sin importarle la lluvia que había empezado a caer y que los empapaba rápidamente en su camino al auto.

    Ya en el vehículo, ella había intentado justificar a sus parientes, acusando veladamente a Juan de ser poco paciente con ellos. Él arremetió contra ella y su familia mientras tomaba velozmente la carretera, de camino a su casa. Unos kilómetros más adelante, al pasar un cerro e iniciar una serie de curvas bastante cerradas, perdió momentáneamente de vista la carretera para discutir con María... y la curva fué demasiado cerrada y la lluvia demasiado fuerte para la velocidad a la que conducía... Y ahora estaba aquí, agonizante, con el cuerpo semidestrozado, presenciando cómo su vida y la de sus seres amados terminaba sabiendo que él y sólo él era el culpable de todo esto.

    Él y su mal genio.

    Él y su terquedad de no saber cuándo callar.

    Él y su negligencia.

    Las lágrimas asomaron a sus ojos y resbalaron por sus mejillas. Era un llanto mudo, ante la imposibilidad de sollozar por el dolor, que, aunque era inmenso, extrañamente parecía empezar a ceder. El aire le faltaba. El sabor agridulce de su sangre inundaba su boca. La debilidad y la sensación de estar a punto de desmayarse lo invadía más y más. La tristeza se había adueñado de su mente y de su corazón. Porque él sabía que no se iba a desmayar.

    Sabía que estaba muriéndose...

    ¿Esto era todo?

    ¿Así terminaba?

    ¿Era solamente desvanecerse y no saber ni sentir nada más?

    ¿Ya no tendría oportunidad de pedir a María y Danielito que lo perdonaran?

    ¿No podría decirles por última vez cuánto los amaba?

    ¿Y después...?

    * * * * * * * * * * *

    Juan ya no pudo articular ese pensamiento.

    Porque esa noche lluviosa, en aquel paraje, al fondo de esa ladera maldita y entre los hierros retorcidos de su destrozado auto, Juan exhalaba su último aliento.

    ******************

    Una eternidad pasó como un suspiro y Juan se encontró en un lugar donde el Infinito lo era todo y era nada a un tiempo. Era como estar suspendido en algún punto del espacio. Sólo que era éste un Universo a la inversa: en lugar del conocido mar de negrura tachonado de estrellas, se veía una inmensidad blanca y resplandeciente, tapizada de millones de puntos como estrellas oscuras, pasando por toda la gama posible de grises. Del mismo modo, no pudo dejar de advertir que había algunas zonas negras, inmutables, como si fueran oscuros nubarrones de tormenta en un cielo soleado. Como agujeros en aquella inmensa cortina de claridad. Eran regiones que daban la sensación de estar fuera de lugar, y que se antojaba que no deberían estar ahí.

    De un modo extraño, Juan sentía... SABÍA que todo eso lo estaba percibiendo, pero que no lo estaba VIENDO. No, al menos, de la manera que hasta ese momento había conocido. Porque en esos instantes Juan no tenía ojos para ver, ni manos para tocar... No poseía un cuerpo en lo absoluto. Algo desconcertado, comprendió que era una especie de Idea o Pensamiento; algo ajeno al mundo material que siempre había conocido. Algo intangible.

    Observó con atención ese extraño Universo y notó que las "estrellas" grises continuamente desaparecían, dejando lugar a la blancura inmaculada de ese espacio, misma que era inmediatamente ocupada por nuevos puntos grises. Y eso sucedía en todas direcciones, todo el tiempo,en ese vasto Cosmos desconocido... excepto en las nebulosas negras. Ahí la oscuridad era constante, y sólo daba la impresión de que crecían lentamente.

    Juan, o, mejor dicho, su esencia, mientras admiraba todo eso empezaba a preguntarse qué había de seguir, qué debía hacer ahora, cuando percibió una voz que venía de todos lados y de ninguno. Una voz que no lo llamó por su nombre, pero que Juan sabía que se dirigía a él, como si sólo existiesen ellos dos. Una pequeña esfera de luz, brillante como un sol en miniatura, apareció frente a él, y Juan supo que tenía ante sí el origen de la voz que acababa de escuchar, así como que él mismo tendría aquel aspecto de esfera de luz, aunque tenía la impresión de resplandecer con muchísima menos intensidad. Aquel Ser habló nuevamente:

    - Sé que tienes preguntas. Hazlas antes de partir-. Juan dudó un instante, pero se decidió al fin.

    - ¿Dónde estoy? -preguntó.

    - Donde siempre has estado. Donde perteneces. Donde siempre estarás: el Universo.

    - Sí, pero... ¿en qué parte?

    - En todas y en ninguna. No importa en qué lugar te sitúes, siempre verás lo mismo que ves desde aquí, a izquierda y derecha, arriba y abajo, adelante y atrás.

    - ¿Dónde está la Tierra?

    - Aquí mismo, del modo que todos los mundos posibles están aquí también, pero no puedes verlos, porque nada te une a ellos por ahora. Aún no has alcanzado el nivel para poder hacerlo. Aún no.

    Juan no alcanzó a comprender eso, pero por el momento le importaba más otra cosa:

    - ¿Qué sucedió con mi esposa y mi hijo? ¿Dónde están? ¿Están bien?

    - Corrieron la misma suerte que tú. también están aquí, y lo que tú sientes y piensas ahora, lo sienten y piensan ellos también.

    - ¿Puedo verlos? ¡Déjame verlos, por favor!

    - Los estás mirando ahora mismo. Están por todas partes. Frente a tí. Arriba. Abajo. No importa hacia dónde mires, ellos están ahí.

    - No, no los veo... Sólo veo millones de puntos negros, grises y blancos, que aparecen y desaparecen.

    - Esos puntos de luz que ves son tu esposa y tu hijo. Y son tus padres, y tus amigos también. Son tus vecinos y toda aquella persona que amaste, odiaste o ignoraste. Son todo ser viviente habido y por haber.

    - Pero mi familia es especial para mí... ¿cómo pueden perderse en esta infinidad, así como así? ¿Para qué ha de amar uno en la vida, si no hemos de encontrar a los seres queridos después? ¿Acaso el Amor se acaba con la Muerte?

    - El verdadero Amor trasciende la Muerte. La prueba está en que aún te preocupan tu esposa y tu hijo, y te aseguro que ellos sienten como tú. Pero es un amor incompleto. Es un amor casi egoísta. Es un amor que tiene una buena dosis de temor al dolor propio. El verdadero Amor es el que se siente por Todo y por Todos. Y a tus seres queridos aquí los has encontrado. Soy yo. Eres tú. Son cualquiera de las escencias que aquí ves, sin importar hacia dónde dirijas tu mirada.

    - Pero... entonces, ¿por qué sentimos afecto sólo por unas cuantas personas en la vida? ¿Cuál es el objeto de eso?

    - La única diferencia entre tus seres queridos y los demás es que a los primeros los conociste mejor. Amaste sus virtudes y soportaste sus defectos. A los demás no les diste la oportunidad de conocerlos y de conocerte. En tu paso por la Tierra hubo mucho más de lo que viste o quisiste ver. ¿cuántas veces pasaste junto a un mendigo, junto a un animal hambriento, junto a una planta sedienta, junto a una roca que estorbaba en el camino, y seguiste de largo sin prestarles atención? Así como todas las luces que aquí ves forman un Todo, así era en la Tierra en que viviste este tiempo.

    - Entonces... todos esos puntos negros, grises y blancos... ¿son almas?

    - Puedes llamarlos de esa manera, si lo deseas, pero no son lo que solías entender como humano, cuando pensabas que era sólo lo que muchos llaman "Soplo Vital". Pero el alma, como tú la llamas, no es exclusiva de los seres humanos. Esos puntos negros, blancos y grises son Esencias del Ser, y son materia y son energía. Son lo que compone absolutamente todo el Universo. Lo que tú pensabas que no tenía vida, cualquier cosa u objeto, estaba tan vivo como tú mismo en cualquier momento. Pero su existencia se manifestaba de manera muy distinta a la tuya.

    - ¿Y qué suerte me espera ahora? ¿Qué sigue? ¿Pagaré por mis faltas? ¿Seré recompensado por mis buenas acciones?

    - No de la manera que crees. No se trata de que alguien te castigue por tus errores, ni de que nadie te premie por tus bondades. No existe nadie que te juzgue, sino tú mismo. Eres lo que decidiste ser.

    - No entiendo...

    - Eres una parte del Universo, y eres tan antiguo y eterno como él. Estás aquí desde siempre, y aquí siempre estarás, al igual que todos. En tu Ser Eterno tus acciones te afectan sólo a tí, y en grado infinitesimal, al Universo. Todo está en continuo cambio, y ese cambio está determinado en cada caso por las decisiones de cada uno. Tus decisiones te afectan sólo a tí y a una fracción del Universo. La fracción que representas, la que eres.

    - ¿Cómo puede ser así? En mi vida cometí errores que afectaron a los demás... De hecho, mi esposa y mi hijo murieron por mi culpa... ¿cómo es que dices que mis acciones no afectan a nadie más que a mí? ¡Perdieron la vida por mi culpa! ¡Por MI CULPA!

    - Ellos no perdieron la vida. Están tan vivos ahora como lo estuvieron antes. Tan vivos como tú, como yo, y como la estrella más lejana que puedas imaginar. Todo el Universo está vivo. Es un Ser compuesto de infinidad de Seres, cada uno tan importante como el resto y como la totalidad de ellos. Lo que tú conocías como "Vida" es tan sólo una manifestación de ella. La vida no es el latir de un corazón, ni el razonar de un cerebro. En tu existir como humano, poseías una capacidad muy limitada, casi autolimitada, para reconocer a los demás seres vivos. En tu cuerpo humano se encontraban los elementos químicos que puedes encontrar en cualquier parte del Cosmos, sólo que estaban dispuestos de una manera sumamente compleja, determinadas por el tiempo y las circunstancias del espacio en donde les tocó estar. El organismo que tenías y que tanto te asombraba, al grado de llegar a pensar que tenía que haber sido diseñado por alguien, es el resultado de billones de reacciones y eventos químicos que se fueron dando con el tiempo. El organismo más simple de la Tierra y el humano más desarrollado tienen un origen común, y ninguno es superior al otro, sino simplemente diferentes. Ambos son capaces de manifestar la Energía que poseen, pero de distinto modo.

    - ¿Cómo que ninguno es superior al otro? El hombre tiene la característica única de poder razonar, de pensar. La inteligencia debe hacer una diferencia, ¿no es verdad?

    - Lo que tú llamas "inteligencia" no es algo exclusivo del ser humano. Todo ser viviente la posee, porque la esencia es la misma. Quienes poseen cuerpo y cerebro humanos no buscan la Inteligencia en sí; lo que buscan es Inteligencia reconocible para ellos. Inteligencia similar a la humana. Es el primer paso de un camino larguísimo hacia el reconocimiento de todo lo que lo rodea. Hasta ahora todo cuanto conoce se mide en función a él. Tiempo y Espacio. Vida y Muerte. Bien y Mal. Pero hay muchísimo más de lo que pueden llegar a imaginar. Siempre la primera medida es uno mismo, y la humanidad aún no deja de hacerlo. Siguen pensando que las cosas están hechas a la medida de ellos. Que todo fué creado para ellos y que son los únicos seres vivos y conscientes del Universo. Sólo apenas unos cuantos han levantado la vista y empezado a considerar lo contrario.

    - ¿Cómo dices que la inteligencia no es exclusiva del ser humano? ¿Acaso los animales piensan? ¿Las piedras? ¿Acaso no se requiere estar vivo para poder pensar?

    - Ya te he dicho que todo el Cosmos está vivo. Hasta la cosa que te pueda parecer más inerte tiene vida. Sólo manifiestan y pasan su existencia de distintas maneras; algunas demasiado complicadas y ajenas a tí. Pero ahí están, tan vivas como tú y yo.

    - ¿Qué determina la forma de su existencia? ¿Por qué no todos somos iguales en todo?

    - En cierta manera, cada quién determina lo que es y será en su existencia. Cada uno poseemos en un principio la misma fuerza, la misma energía, la misma inteligencia que todos los demás, y de la misma manera poseemos la capacidad de decidir lo que haremos con ellas. Sin embargo, existen leyes naturales que son inmutables y a las que todos estamos sujetos. Quizá te preguntes por qué algunos existimos en forma de luz, como energía, otros como formas de vida reconocibles como tales y otros como aparente materia inerte. La respuesta es que hay niveles de existencia, que van de la negrura más absoluta hasta la luz más brillante, pasando por materia inmóvil, formas de vida más o menos complicadas, energía en diversas manifestaciones y energía pura en forma de luz, como puedes verme ahora frente a tí.

    - Yo era humano y hoy me veo como una luz muy similar a tí... ¿cómo es posible eso?

    - Tal como te ves ahora es como eres en esencia, pero no es tu estado definitivo. A pesar de ser tu esencia, es sólo un estado transitorio en tu desarrollo. Todas las Esencias del Ser que ves aquí en todas direcciones, en toda la gama posible de grises... algunas muy cercanas al negro y otras muy próximas al blanco, son Esencias que continúan su desarrollo, tal como tú mismo. El estado final de cada una sólo puede ser el Negro o el Blanco Absolutos, y cada uno decide la manera en que ha de alcanzar ese estado final. Esas manchas oscuras que puedes ver son Esencias que han llegado a su estado final, lo mismo que las regiones blancas, y que se encuentran a la espera de que el resto de Esencias completen su desarrollo. Ahora, me preguntaste si los animales y las piedras pensaban, y la respuesta es sí. Todo cuanto conociste es algo que estaba tan vivo y que pensaba tanto como tú. Pero hay algo que habrás de saber para comprender ésto: el Bien tiende hacia la energía, y el Mal tiende hacia la materia, aunque hay casos en que la energía se transforma en algo maligno, y la materia en algo sublime.

    "Cuando una Esencia decide emplear su fuerza y su inteligencia para el Bien, su desarrollo, de acuerdo a las Leyes del Cosmos, tiende a presentarse progresivamente en forma de energía; porque ésta es capaz de crear, está en constante movimiento, y contribuye al desarrollo de cuanto le rodea, y es capaz de transformarlo. Sin embargo, ésta energía es capaz de crear, aunque, cuando por alguna razón su desarrollo se ha desviado del camino originalmente tomado, también es capaz de destruir. Por el contrario, si la Esencia emplea su fuerza e inteligencia para el Mal, las Leyes del Cosmos tienden a convertir su existencia hacia un estado de materia, porque de esa manera afecta menos a lo que la rodea, si bien es cierto que no pierde jamás su conciencia ni su vida. Como humano te preguntaste muchas veces si habría vida en otros planetas, en otras estrellas, en otras galaxias, y la respuesta es sí. Todo en el Universo está vivo.

    " Ahora, has notado que entre la inmensidad de grises están las regiones oscuras y las zonas luminosas, y ya sabes que ambas son grupos de Esencias que han cumplido su ciclo y han llegado a su Estado Final, y están a la espera del resto de Esencias que aún continúan desarrollándose. Como podrás imaginar, eventualmente sólo hay dos resultados posibles: que domine el Mal o que se imponga el Bien. Desgraciadamente, hasta ahora siempre ha ocurrido lo primero y jamás lo segundo. Las distancias se han acortado entre uno y otro, pero la Oscuridad sigue existiendo.

    - ¿Qué quieres decir con "hasta ahora siempre ha ocurrido lo primero"? ¿Es que acaso esto que vemos se ha repetido otras veces? Y, si es así... ¿por qué y para qué se repite? ¿Cuál es el fin?

    - Esto que vemos es un ciclo que se ha repetido infinidad de veces, y siempre el resultado ha sido que la Oscuridad interfiere con la Luz. Siempre ha existido esa parte de Esencias que han decidido tomar el camino incorrecto. El que ésto suceda sólo lleva a un Reinicio de Todo. El que haya Esencias que tiendan al Mal y, con ello, a la Materia, conducen a una parte del Universo a un estado donde la energía está contenida, presa en la materia; un estado prácticamente estacionario donde el desarrollo es casi inexistente ante la energía inactiva. El Universo no puede permanecer de esa manera ni en su mínima parte por mucho tiempo, ya que lo natural es que tienda a mejorar. Para alcanzar la Perfección es del todo indispensable que Todo cuanto lo compone esté en armonía y contribuya al proceso; esto es, Todo debe alcanzar el estado más puro, el de Energía. Y para ello, Todos en el Universo deben haber elegido emplear su fuerza e inteligencia para el Bien, encaminándolos hacia la Luz. Hacia un estado de Energía Pura.

    - ¿Todos? ¿No es eso algo imposible? ¿Cómo se puede hacer que todos caminen en una sola dirección?

    - Hasta ahora ha sido imposible. Y no se puede obligar a nadie a tomar una decisión distinta a la que su Inteligencia le dicta. No se trata de obligar a nadie; es la misma Esencia la que debe comprender la necesidad de desarrollarse para bien del Cosmos. Con todo, la concientización en este sentido es poco a poco mayor, y son cada vez más Esencias las que han entendido que el camino correcto es el que lleva a la Armonía.

    - ¿Qué sucede cuando todos hemos alcanzado el Estado Final? Veo grandes regiones de Oscuridad hacia donde dirija la mirada, y dices que éso sólo puede conducir a un Reinicio de Todo... ¿qué significa éso?

    - Como dije antes, para que el Universo pueda alcanzar la Perfección, es necesario que todos hayamos alcanzado el estado más puro. Eso no ha sucedido jamás, y se ha hecho imperioso el volver a empezar para intentarlo de nuevo. El Cosmos no puede permanecer estacionario ni en su más mínima parte, y cuando todos hemos llegado al final de nuestro ciclo, las Esencias de Energía se unen a las Esencias de Materia para liberar la fuerza contenida en ésta y darles una nueva oportunidad de enmendar su existencia. Ambos grupos se fusionan para formar una Unidad que, imperfecta, debe eliminar todo rastro de Oscuridad. Todo rastro de Materia. El resultado es una liberación de energía colosal; una explosión apenas imaginable que nos lleva a recomenzar todo desde el principio.

    - Una explosión... ¿es éso.. el Big Bang?

    - Tú así lo conociste, con ese nombre. Otros le llaman la Creación. No importa cómo se le nombre, todos se refieren a lo mismo. Y es algo que se ha dado infinidad de veces, y que se repetirá hasta alcanzar la Perfección.

    - ¿Y qué sucederá cuando todos hayamos elegido la senda del Bien y seamos Energía Pura?

    - Eso no lo sabe nadie. Pero es lo que debemos descubrir. Es nuestro Objetivo y nuestro Destino, y hay una Eternidad que aguarda para ser testigo de ello.

    Juan enmudeció un instante. No estaba seguro de entender todo aquello, aunque reconocía que había algo de coherencia con todo lo que alguna vez se había preguntado a sí mismo. Pero había algo que aún no había cuestionado y que sabía que debía hacer. Algo que debía saber...

    - Y... ¿existe Dios?

    - Depende de lo que entiendas por "Dios". Si con eso te refieres a alguien único que sea el responsable del origen, existencia y destino de todo; que premie y castigue, que sea una especie de padre, guardián, juez, verdugo, o rey; o simplemente una Inteligencia Suprema con Voluntad Propia que tenga en sus manos el Pasado, Presente y Futuro de Todo, la respuesta es NO. Ya te he dicho que el Universo es Uno, y Uno es el Universo, y cada quién elige lo que desea ser y hacer consigo mismo. Y al final, todos, como una Unidad, nos encargamos de volver a empezar. Así que si por "Dios" entiendes la Unión de todas las Esencias, la Unión de todas las Fuerzas, Inteligencias y Voluntades de todos y cada uno de nosotros en la búsqueda de nuestro perfeccionamiento, entonces la respuesta es SÍ.

    - Entiendo. Y tú... ¿quién eres?

    - Yo soy alguien exactamente igual a tí, y que alguna vez hizo las mismas preguntas. Podría decirse que soy tú, o la voz que como humano llamabas Conciencia. Soy uno de los que esperan que llegues a tu Estado Final. Soy uno de los que están dispuestos a esperar una Eternidad a que todos seamos una Unidad armoniosa. Y soy uno de los que están dispuestos a empezar desde cero una y otra vez... y a ser pacientes con tal de llegar a descubrir qué es lo que hay más allá de la Luz Perfecta.

    Después de ésto, Juan supo que ya no tenía más preguntas por hacer. Aún no alcanzaba a comprender todo aquello cuanto le había sido revelado, pero tuvo que aceptarlo. Durante el tiempo que había estado conversando con aquella luz había empezado a notar que sus sentimientos humanos rápidamente daban paso a una sensación de paz y tranquilidad cada vez mayor. Una sensación de urgencia. De urgencia por continuar lo que había dejado inconcluso, mediante un volver a empezar.

    Sin embargo, al mismo tiempo sentía que su vida en la Tierra junto a su esposa y su hijo, aunque ya era cosa pasada y se podría decir que estaba superada, no podía terminar así. No de ese modo. No después de un accidente. No en un lugar donde podrían ser cualquiera, sin rostro y sin identidad.

    Ellos habían sido especiales para él, y esa pequeña fracción de humano que aún quedaba en él le decía que no podía terminar así.

    Juan se dirigió a la Luz:

    - ¿Sería posible...?

    - Sí -lo atajó la Luz-. Casi todos los humanos lo desean alguna vez.

    Y Juan, extrañamente, pareció percibir una variación en el tono de voz de la Luz.

    Como si estuviera sonriendo.

    ****************

    La niña abrió los ojos con pereza.

    Un rayo de luz se había colado entre las raídas cortinas de su humilde habitación y había dado directamente en sus ojos cerrados, despertándola. tardó unos segundos en aclarar su mente y diferenciar el sueño que acababa de tener, de la realidad.

    Miró a su alrededor y vio a sus padres en la cama contigua, así como a sus hermanos más pequeños; unos apretujados contra ella en su misma cama y un par más dormidos en el suelo. Habían tenido que acomodarse todos en ese cuarto porque era el único de los dos de los que se componía la casa, que no tenía goteras. La lluvia había caído toda la noche de manera torrencial, haciendo estragos en su pobre vivienda.

    Entre sueños recordaba haber escuchado las sirenas de ambulancias y patrullas de policía, a lo lejos. Quizá había ocurrido algún accidente en la carretera, allá en las curvas tras el cerro que había en las afueras del pueblo. En sus pocos años de vida se había acostumbrado a escuchar esas sirenas con cierta regularidad, especialmente en las noches de lluvia. Las curvas eran muy peligrosas ahí, y mucha gente había perdido la vida en ellas. Que diosito los proteja.

    Con mucho cuidado para no despertar a nadie, se calzó sus sandalias y se dirigió a la puerta de salida. Hacía algo de frío y quería sentir los primeros rayos del sol... respirar el aroma de la mañana... el pasto húmedo... la tierra mojada... sentir el viento en su cara. Sentir ese viento que siempre traía consigo las fragancias de la montaña, a pino, musgo y eucalipto.

    A pesar de que el sol empezaba a brillar con cada vez más intensidad, aún caía una ligera llovizna, de gotas tan finas que podría naber pasado por neblina. Caminó un poco por el rústico jardía al frente de su casa, sorteando los charcos que se habían formado. Levantó la vista al cielo y miró cómo se mezclaban las nubes blancas y negras; cúmulos cargados de una lluvia que seguramente ya no caería, mezclados con otros de una blancura tan inmaculada como el algodón. Sobre éstas últimas se podía ver el reflejo de los matinales rayos del sol.

    Una suave brisa sopló en ese momento, y la niña cerró los ojos, sonriendo, sintiendo cómo las finas gotas de llovizna cubrían su rostro.

    Sí, era una hermosa mañana. Una gloriosa mañana.

    Siguió caminando y rodeó la casa, rumbo a las rocas del pie del cerro que estaban cerca de ahí. Le encantaba pasar horas en ese lugar tan tranquilo como hermoso. Millares de tréboles cubrían sus alrededores a manera de pasto, extendiendo un manto verde en todas direcciones y perdiéndose entre las piedras y matorrales. Su vista viajaba de un lugar a otro, disfrutando ese Edén en miniatura que tenía tan cerca de casa. Y mientras caminaba, poco a poco podía escuchar el sonido de aquello que deseaba ver; algo que siempre aparecía después de una lluvia como la de la noche anterior: una pequeña cascada, que venía desde lo más alto del cerro y bajaba caprichosamente entre las salientes rocosas, serpenteando por ellas y salpicando todo a su paso, formando una pequeña laguna de apenas unos cuantos metros de extensión y que desembocaba inmediatamente cerro abajo, para perderse entre la maleza y los árboles de la ladera.

    Se acercó y se sentó en una roca cerca de la laguna, deleitándose con la vista y el sonido del agua que corría. Era algo que disfrutaba siempre. Observó que ahí, justo junto donde la cascada golpeaba la laguna, había muchas flores silvestres que habían abierto sus pétalos multicolores a la brisa y las gotas de llovizna y rocío matutinos. Eran bellísimas. La niña se recostó plácidamente sin apartar la mirada de ellas. Un colibrí apareció de la nada y revoloteó juguetonamente en las flores. La niña sonrió, emocionada y complacida.

    En eso, el cielo pareció abrirse en un punto exacto, dejando pasar entre las nubes un rayo de luz de sol que resaltaba en el horizonte, y bañó de claridad la cascada, la laguna, las flores y el colibrí... y el resultado fué una especie de Epifanía celestial: un pequeño arcoiris nació en las aguas de la cascada y pintó de maravillosos colores al colibrí y las flores, aumentando su belleza a un nivel supremo, convirtiendo aquel momento en un instante mágico y único. Y fué como si durante unos de segundos el tiempo mismo se detuviera para contemplar la magnificencia de aquel cuadro.

    La niña lo miró, extasiada, y la sonrisa se amplió aún más en su rostro. Era maravilloso ver las flores, el colibrí y el arcoiris. Por un fugaz instante, pensó en ellos como si fueran una familia. Tres almas que, unidas, hacían un cuadro hermoso para hacer feliz a quien lo contemplara.

    Le gustaba pensar eso, porque su madre alguna vez le había contado que las almas de quienes mueren regresan a la Tierra en muchas formas a despedirse haciendo feliz a alguien que lo necesitara, antes de partir al cielo junto a diosito.

    No sabía si eso era cierto o no, pero tampoco le daba mucha importancia; lo que sí era cierto es que siempre, después de una noche de tormenta como la anterior, podía presenciar un espectáculo tan hermosamente similar a éste. Recordó las sirenas que había escuchado entre sueños horas antes, y la tristeza tomó posesión de un pequeño rincón de su corazón al pensar que tal vez alguien habría resultado lastimado, o quizá alguien había muerto. Ojalá y no.

    Una nube cerró el pequeño resquicio por donde el rayo de sol se había filtrado, y el arcoiris desapareció. El colibrí revoloteó un par de segundos más y luego se alejó en busca de otro lugar donde continuar su labor. Las flores quedaron como al principio, solitarias, aunque innegablemente bellas. La niña, con la vista fija aún en ellas, pero con la imagen de lo que acababa de contemplar un momento antes, sin dejar de sonreír emitió una risa corta y alegre.

    Y es que le gustaba pensar en lo que su madre le había dicho. Quizá eran las almas de una familia que había perdido la vida, y que habían regresado a regalarle un instante mágico antes de partir junto a Dios, al cielo. No creía que Diosito se molestara por que se retrasaran unos segundos.

    Permaneció inmóvil un momento, y luego se levantó para emprender el viaje de regreso a su humilde casa. Y, mientras lo hacía, el mismo pensamiento rondaba su mente: Diosito no se enoja porque las almas se tarden un poco. Diosito es bueno y es paciente.

    Sí...

    El Cielo puede esperar...

  • Memorias de un Amnésico II... (O La Mala Suerte y los Idiotas...)

    Mi paciencia llegó a su límite.

    Mi Inspiración aún sigue miserablemente dormida. No importa cuánto le grite que ya se deje de hacer la occisa, ni cuánto la zarandee salvajemente, ella continúa derramando generosamente litros y litros de baba sobre su almohada, mientras responde a mis llamados con un sonoro ronquido de altísimos decibeles que parecería que desgarra su garganta, y cambia de posición en su cama, dándome la espalda... OTRA VEZ.

    Pues bien, al diablo con ella. Por mí puede quedarse dormida hasta que San Juan baje el dedo. Puedo arreglármelas perfectamente sin sus palabras, que, a final de cuentas, tampoco son la octava maravilla. Así que aquí voy con mi hacha ( a ver qué sale ).

    san-juan

    (...)

    Soy un desastre, la verdad. Apenas empiezo una cosa, y me distraigo con cualquier tontería. Quizá soy demasiado severo conmigo mismo a la hora de escribir; pero, tal y como me dijo mi voz interior en la entrada "Un Nuevo Post": "para las babosadas que escribes, no hace falta pensar mucho".

    Desgraciada...

    Quizá sea como me dice un amigo y compañero de trabajo: "la mala suerte te persigue". Y como dicen por ahí que la mala suerte y los idiotas van por la vida bien agarrados de la manita, pues como que no me quedo muy satisfecho. Sin embrago, he de reconocer que, viéndolo bien, quizá no esté tan equivocado mi compañero...

    En mi repertorio tengo decenas de anécdotas que serían la delicia de los redactores de las Leyes de Murphy. Hace un par de meses relaté de cuando dejé las llaves dentro del auto dos veces en la misma mañana. Pero eso es nada a comparación de otras que tengo en mi haber. Episodios donde no sólo cometí burradas megamayúsculas, sino que aparte me hicieron desear que me tragara la Tierra, enterito y con todo y calcetines.

    Y para muestra basta un botón: no sé si sepan (o siquiera les interese) que soy cinéfilo. Cuando recién lo descubrí me asusté muchísimo porque pensé que me tendrían que inyectar penicilina a lo bestia, pero luego me tranquilicé al enterarme de que eso es para los sifilíticos, no para los cinéfilos. ¡Ufff, menos mal!

    Pues bien, resulta que hubo un tiempo en que yo iba al cine un día sí y otro también. Si no encontraba quién me acompañara, sencillamente me iba yo solo; al fin y al cabo, yo iba exclusivamente a ver la película, no a platicar. Bueno... también aprovechaba para comer como cerdo palomitas de maíz y agua de piña con muchos hielitos (en el cine al que me voy a referir vendían agua de piña con muchos hielitos en lugar de refrescos...raro, ¿no?), pero eso es harina de otro costal.

    El caso es que yo tenía muy bien medido el tiempo que hacía de mi casa (que es la de todos ustedes...nomás no se lo tomen muy al pie de la letra y me envíen parientes) al cine, y por ello siempre llegaba puntual. No obstante, un día en que me tocó ir solo, el camión -o autobús, o colectivo, o guagua, o como le llamen ustedes al transporte público en sus países- en el que me dirigía al cine se fué a paso de tortuga, y llegué exactamente a la hora en que se suponía que empezarían a proyectar la película ("Calles de Fuego", por cierto). Estaba yo algo desesperado, la verdad. Compré mi entrada y subí las escaleras como si trajera un cohete en el cu...ello. Nunca me gustó llegar tarde a ningún lado.

    Hoy pienso que si me hubiese limitado a llegar y entrar a la sala de cine a buscar un asiento, me habría ahorrado muchas vergüenzas... ¡pero NO! Con todo lo apurado que iba, no podía permitirme el entrar a ver la película sin mis palomitas y mi vasote de agua de piña con muchos hielitos... ¡¡Cómo!! Así que hice una escala rápida en la dulcería y los compré, apresurado. Mientras pagaba, alcanzaba a escuchar que iniciaban los avances de los próximos estrenos. ¡Apúrese, señorita, por favor! ¡Ese pinche niño gordo llegó después que yo, a la cola con él! ¡Ande, déme mi cambio ya!

    Una vez con mis preciosos trofeos en la mano, me dirigí a la ya oscura sala de proyección. La película estaba empezando, y, obviamente, las luces se habían apagado. Si de por sí estoy más cegato que una almeja con estrabismo, en esa oscuridad no veía ni lo que imaginaba. Sólo alcanzaba a percibir las siluetas de la gente contra la pantalla. Pero una cosa era cierta: el maldito cine estaba lleno. Había gente en los pasillos y las siluetas a contraluz decían que no había un solo asiento disponible. No obstante, caminé un tramo por uno de los pasillos laterales, pisando los callos y dedos gordos de los desgraciados que se atravesaban en mi camino.

    Palomitas de maíz en una mano y vasote de agua de piña con muchos hielitos en la otra, avancé casi a tientas unos segundos cuando, de pronto, mis ojos se fijaron en una de las filas de asientos: en ella, se veían las formas de las cabezas de las personas que los ocupaban. Y en un punto cercano al centro de la fila, se apreciaba que había un asiento desocupado. ¡Lotería! A final de cuentas, parecería que no tendría que ver la película parado. Y me dirigí hacia ese asiento.

    Nuevamente pisando callos y dedos gordos, con palomitas de maíz en una mano y vasote de agua de piña con muchos hielitos en la otra, llegué a donde mi poca visibilidad me indicaba que era el lugar indicado. Adivinando al sujeto que estaba junto a esa especie de Tierra Prometida, me paré enfrente de él y le pregunté si nadie estaba ocupando ese lugar.
    El sujeto, quizá molesto porque enfrente de él como yo me encontraba no lo dejaba ver ni madre, me contestó un seco "No" y me pareció percibir en la oscuridad que se encogía de hombros. No le dí importancia y me acerqué a mi nuevo lugar, dispuesto a, por fin, disfrutar de la película.

    Me situé, di media vuelta y me dejé caer al asiento...

    ... Sólo para descubrir que en ese pinche sitio NO HABÍA ASIENTO.

    Mis nalgas sintieron la caricia de la dala de cemento al dejar caer todo mi peso en ella. Y allá voy, cayendo grácilmente de espaldas, con la gracia de un cerdo de 500 kg, sobre los pies del infortunado que estaba en el asiento de atrás... y allá van las palomitas, volando por los cielos del cine... y allá va mi vasote de agua de piña con muchos hielitos, mojando a quién sabe cuántos... y allá va mi dignidad al caer de nalgas ante varios desconocidos, como si estuviera borracho o loco...

    Bien dice que lo que chinga es la risita... y vaya que fué eso lo que más me dolió. Porque alcancé a escuchar, mientras me levantaba, heroico, glorioso y majestuoso, que varias personas se reían de mí. No dije ya nada y salí del cine como perro con la cola entre las patas, avergonzado.

    Y sintiendo un rencor asesino contra el desgraciado que no me dijo que no había ningún puto asiento en ese lugar.

    En fin...tan sólo de recordarlo hace que me sonroje. Aunque eso no fué impedimento para que regresara a ver la película al día siguiente.

    Con mis palomitas de maíz en una mano y vasote de agua de piña con muchos hielitos en el otro, claro.

    ¡¡¡¡Porque la función debe continuar!!!!

  • Duerme...

    sleeping-helen

    Otro día, otra noche... ...Y mi Inspiración duerme. Aunque no sé si duerma el sueño del Cansancio, o es el sueño de quien postrado languidece agonizante.

    Las ideas nacen, pero se niegan a crecer. En mi mente se crean imágenes y situaciones que mis manos son incapaces de reproducir. Se pierden y mueren en algún punto indefinido en su viaje entre el Querer y el Poder.

    La Musa dormida hace caso omiso de mis súplicas. Simplemente duerme. Se niega a despertar. Me ha dado la espalda abiertamente. Temo que el Trabajo, amo y señor del Tiempo, le haya robado las ganas de vivir.

    Son tantas las cosas que deseo contar... tantas las que quiero decir... Tomo asiento frente a la hoja en blanco y no consigo decidirme a comenzar. La cuartilla me dirige una muda mirada de reproche. Me desconoce. No soy lo que solía ser. la pluma se revuelve, inquieta, deseosa de iniciar su danza de nuevo. Esa danza que a veces nace de la Alegría, y otras de la Tristeza. Ese danzar que tiene su origen en la Reflexión, y otras veces en el simple deseo de Compartir.

    Mi mano permanece inmóvil... mi mente vuela a otros horizontes, y mis ojos ansiosos buscan en el cielo a la añorada Inspiración. Pero ella, ajena e indiferente a todo, sólo duerme.

    Sí, duerme... y el Olvido se apodera de manera lenta y segura del lugar que alguna vez ella ocupó.

    Duerme... y en su sueño revive las cosas y anécdotas que alguna vez contó.

    Sí, duerme... mientras yo, con la vista fija en el papel, pluma en mano, espero resignado su despertar...

    ...O, quizá, su Renacer...

  • Y aún así, sonreímos... (para AmadaSoledad y Clemies)

    Desgraciadamente, un par de amigas mías -Clemies y AmadaSoledad- atraviesan momentos difíciles. Este año no se ha presentado como el mejor, y, a cambio, se ha revelado como uno especialmente duro. Uno que ha significado como el que ha marcado profundos cambios en sus vidas; cambios a los que ha sido y es difícil adaptarse. Ha sido y es difícil aceptarlo.

    Me disculpo por publicar algo que quizá les incomode, pero que lo hago por la alta estima en que las tengo. Pueden estar seguras que lo último que deseo es molestarlas en modo alguno.

    Debido a las circunstancias de la vida, la única manera que tengo de demostrarles mi apoyo es a través de las letras.

    Van mis palabras con todo mi respeto y con mi deseo de que pronto se recuperen.

    Cualquier cosa que yo diga, no cambiará en nada la realidad de las cosas. Decir palabras que suenen bonito es fácil cuando no se está en la situación de aquel a quien se pretende animar. Sólo quien vive las circunstancias puede saber cuánto cuesta el sobrellevarlas. Los toros se ven mansos desde la barrera.

    Sin embargo, considero que el solo hecho de que puedas leer este post es bastante bueno por sí mismo. Es difícil el tener que renunciar a todo aquello que antes nos proporcionaba algún tipo de placer y sosiego, y que era parte de nuestra vida cotidiana. Te lo dice alguien a quien hace menos de un año le diagnosticaron diabetes, y que hasta antes de eso su único gran vicio era el comer cuanto se le antojase; y hoy tiene que abstenerse de ello, y comer y beber de manera insípida, al punto de que aquello que hasta hace poco le proporcionaba un inmenso placer se ha convertido en un calvario en muchas ocasiones. Mi esposa puede dar fe de cuánto han cambiado mis costumbres a la hora de consumir azúcar.

    Mal de muchos, consuelo de tontos, lo sé. Mi realidad no cambia la tuya. Pero sólo quiero que sepas que comprendo perfectamente cómo te sientes. Y sé que dentro de tí sabes que la vida es un constante cambio; nada permanece para siempre.

    Desde el doloroso momento de dejar el vientre materno y venir al mundo empezamos a dejar aquello que nos daba seguridad y confort. Aquello a lo que estábamos acostumbrados. Aquello que nos protegía de un mundo desconocido y duro. Y aún así sonreímos siendo bebés.

    Luego fué el tener que caminar por uno mismo, dejando los brazos de los seres queridos que hasta hacía poco nos cargaban y nos prodigaban caricias. Ese andar autónomo viene acompañado de caídas, golpes y raspones mientras nos acostumbramos a ello. ¿Cuántas veces no lloramos por haber tropezado y caído? ¿Cuántas veces no nos lastimaron, tanto moral como físicamente, esas caídas ante los ojos divertidos y condescendientes de los demás, al punto de las lágrimas?

    Y aún así sonreímos siendo niños.

    Después, tuvimos que dejar los juegos infantiles que ocupaban todo nuestro horario diario. Tuvimos que ir a la escuela, a empezar un largo camino que duraría años. ¿Quién no lloró en sus primeros días de clase, al tener que separarse de su madre, al soltar su mano, al enfrentarse a gente desconocida? ¿A quién no se le hicieron eternas aquellas mañanas de escuela, deseando sólo la hora de regresar a casa, a la seguridad del hogar y de los juegos que tanto deseábamos? ¿Quién no derramó lágrimas alguna vez sólo porque no deseaba ir a la escuela?

    Y aún así sonreímos en nuestra infancia y adolescencia.

    Y llegó el momento de trabajar, de contribuir al gasto familiar, de adquirir una seria responsabilidad. Adiós a los días feriados de escuela. Adiós a los sábados de dormir hasta tarde. Adiós a las vacaciones de verano, y, a cambio, a esperar las vacaciones anuales de unos cuantos días en el trabajo. Adiós a muchas de las cosas que hacíamos siendo estudiantes. ¿Quién no llegó a estresarse tanto por el trabajo y no derramó lágrimas de impotencia ante el cansancio o las injusticias de los jefes? ¿Quién no añoró esos días de escuela, donde la mayor preocupación era aprobar y pasar de grado?

    Y aún así, sonreímos en nuestra adultez.

    Y hoy, siendo adultos, extrañamente pensamos que nada ha de cambiar. La vida nos ha mostrado que nunca las cosas han permanecido como a nosotros nos hubiese gustado en su momento... que nos ha dolido cuando ha sucedido... y que, a pesar de ello, hemos encontrado nuevos motivos para sonreír y seguir adelante. Por eso es extraño que no lo asimilemos con la facilidad que se esperaría de nuestra experiencia. No es nada que no hayamos vivido antes de una forma u otra.

    Yo antes, hace unos años, solía salir a trotar por el puro placer de hacerlo. Era algo que hacía por gusto; lo disfrutaba. Luego el trabajo me lo impidió poco a poco, hasta que llegué a un punto en que no hice sino esporádicamente y nunca con la constancia de antaño. Prefería llegar y disfrutar de la paz hogareña, descansando tras un arduo y duro día de trabajo.

    Hoy, obligado por mi enfermedad y por la necesidad de hacer ejercicio y alejarme de esta vida semisedentaria, he empezado a hacerlo de nuevo. Y he empezado a redescubrir el placer de sentir cansancio físico por encima del mental. El cambio forzado en mi rutina me ha reabierto las puertas a un placer que antes era cosa de todos los días, y que prácticamente había olvidado.

    Tal vez pueda darse el mismo caso contigo. Eso espero de todo corazón. Quizá no puedas hacer cosas que hasta hace poco te reportaban sosiego o placer, como el desempeñar cierta actividad o mirar un rostro amado, pero tal vez descubras -o redescubras- algunas otras que las compensen.

    Quizá, tal como dices en tu post, AmadaSoledad, ningún dinero te devolverá la vida que tenías hasta hace unos meses. Pero espero que sirva para que obtengas una en la que encuentres nuevas satisfacciones, nuevos retos. No sé si alguna vez volverás a hacer tus tortillas, pero estoy seguro que hay muchas más cosas que puedes hacer y por las que serán tan reconocida como por tu habilidad de cocinar o tejer.

    Desgraciadamente, Clemies, la vida se encarga de cortarnos ilusiones y de alejarnos de quienes amamos... muchas de esas veces sin posibilidad de dar marcha atrás. Pero la misma vida nos empuja a darnos cuenta que hay más gente que nos ama. Que hay gente que le duele tanto como a nosotros mismos el adiós definitivo. Y que encima del dolor del adiós está el dolor de mirarnos sufrir por él. Que no estamos solos. Que tenemos un hombro en el cual apoyarnos y llorar abiertamente. Que ante ellos podemos bajar la guardia y mostrarnos frágiles. Porque nos aman.

    Tal vez ese día haya marcado el final de una vida que tú AmadaSoledad, y tú Clemies, conocías muy bien, pero también es posible que sea el inicio de una nueva donde quizá un relato tuyo tenga oportunidad de ver la luz y por el que seas reconocida por gente que tal vez hoy ni sepas que existe. No podría decirlo con seguridad. Sólo tú puedes saber eso. Tu vida está enteramente en tus manos. Y está esperando tu decisión.

    No soy nadie para sermonearte ni para pretender dar una lección de vida barata y callejera. Sólo quiero pedirte que, aún con todo lo sucedido, no pierdas de vista jamás una cosa: hasta hoy, el cambio ha sido una constante en tu vida como en la de todos. Y cada cambio ha sido difícil, incluso tanto como para hacernos llorar amargamente en muchas ocasiones. Y siempre, después de eso, ha habido aceptación de la nueva realidad... ha habido adaptación a la misma... y ha habido invariablemente ocasión y momentos de felicidad. Ocasión y momentos de sonreir.

    Hoy quizá enfrentes una nueva realidad.

    Abre tu mente y tu corazón. Permite que haya ocasión y momentos para sonreir.

    Los habrá, ya lo verás.

    Un abrazo, Clemies.

    Un abrazo, AmadaSoledad.

    Con todo respeto:

    Gerardo.

  • Libertad, Convicción e Inmadurez

    Gozamos de cierta libertad.

    Libertad de creer en aquello que nos conforte, nos complazca, nos
    convenga, nos llene o nos consuele. Libertad de hacer o decir lo que
    queramos, siempre y cuando nuestras palabras y/o acciones no atenten
    contra la libertad de los demás. Y nadie tiene el derecho de imponernos
    una forma de pensar, de vestir, de actuar o de ser, si las nuestras no
    afectan a nadie.

    Pero... ¿hasta dónde estamos dispuestos a hacer valer y respetar
    nuestra libertad? ¿Cuáles son nuestras prioridades en la vida? ¿Son
    nuestras convicciones, por mínimas o intrascendentes que sean, lo más
    importante? ¿Valen más que nuestra felicidad y la de nuestros seres
    queridos? ¿Valen más que nuestra propia integridad?

    ClubAmericaLogo

    Yo soy fanático de un equipo de futbol de mi país: el América. Lo soy desde hace más de 25 años. Quienes me conocen de cerca pueden dar fe
    que he llorado de tristeza y saltado de felicidad por él. Tengo camisetas
    con su escudo y colores que luzco con orgullo por la calle, soportando
    burlas, comentarios mordaces e insultos, así como escuchando palabras
    de apoyo de incógnitos correligionarios a mi paso. No por nada el América
    es el equipo más popular y el más querido y odiado de México.

    Con frecuencia aquellos que no comparten mi pasión por tal equipo me
    preguntan: "¿no te da vergüenza ponerte esa camiseta?". E invariablemente mi respuesta es un rotundo "no", seguida de mi reafirmación de mi pasión por esos colores y por ese escudo, y lo orgulloso que me siento de portarlos.

    Sí, soy un fanático del América. Y nadie puede prohibirme el que use
    una camiseta, gorra, bandera, llavero o cualquier cosa que me identifique
    como fiel seguidor. Tengo ese derecho. Tengo esa libertad.

    Pero aún con todo mi fanatismo, sé que hay cosas más importantes en
    esta vida que ese equipo de futbol que tanto me apasiona. Cosas más
    importantes como el amor de mi esposa, su preocupación por mi bienestar
    y la mía por el suyo. Mi propia integridad es más importante que mi
    amado América...pero... ¿a qué viene todo ésto?

    Vivo en una ciudad tranquila, donde el portar los colores de mi equipo por la calle no implica mayor riesgo, como ya he dicho, que el recibir insultos, burlas y comentarios maliciosos de parte de quienes son
    seguidores de otros equipos. Sin embargo, en la capital del país -en donde he estado una decena de veces en mi vida-, la historia puede ser muy distinta en determinadas circunstancias y lugares. Hay fanáticos radicales de todos los equipos que pueden agredirlo a uno por el simple hecho de simpatizar con tal o cual equipo diferente al suyo. Y... ¿me arriesgaría a ser agredido físicamente por hacer uso de mi derecho de usar la camiseta del América en un lugar donde sé que no sería bien recibido?

    ¿Valdría la pena poner en riesgo mi integridad física sólo por darme el
    gusto de hacer algo que quiero, aunque sepa que me puede costar algo
    más que palabras , por injusto, absurdo y estúpido que esto sea?

    No.

    Para mí no valdría la pena.

    No soy menos americanista por no usar la camiseta de mi equipo. No
    traiciono sus colores por proteger mi integridad y la de mi esposa al no
    portarlos en ciertos lugares y con cierta gente. No me traiciono a mí
    mismo al dejar en casa aquello que me identifica con mi equipo, pero que
    en determinadas circunstancias pondría en riesgo mi vida o la de mi
    esposa. Eso lo sé bien y lo tengo muy claro. Por mucho que ame esos
    colores, tengo mis prioridades muy bien definidas.

    Y todo esto viene a colación por acontecimientos que se han dado a
    últimas fechas con una de tantas "tribus urbanas", como se ha dado en
    llamar: los Emos.

    haymos

    No sé en otros países, pero aquí en México se ha dado por agredir a los
    jóvenes -particularmente varones- pertenecientes a este grupo, que según
    ellos mismos y la definición que de "emo" existe, son personas muy
    influenciadas por sus emociones. Agresiones provenientes principalmente
    de otros grupos o tribus, como los punketos, darkettos, góticos o skatos, que los consideran una mala copia de ellos. Los tachan de "plagiadores", "delicados", "ridículos", y demás calificativos despectivos que se les ocurran.

    Respeto la forma de pensar de cada quien, aunque tampoco voy a ser tan
    hipócrita como para decir que esas "tribus" me simpatizan, y en lo
    particular me resultan desagradables los "Emos". Independientemente de
    la moda al vestir que emplean (que me repele sobremanera), me parece
    casi un insulto que estos jóvenes, a falta de problemas reales, se los
    inventen, cuando hay tantas dificultades reales en el mundo. Habrá quien
    realmente los tenga, claro, pero el lamentarse por ellos sin hacer nada por remediarlos, exhibiendo públicamente su dolor, no ayuda en nada a
    solucionarlos. La autoflagelación, las amenazas de suicido (que sólo son
    eso, porque nunca las cumplen), el sólo poder ser felices sintiéndose
    desgraciados, son indicativos de una necesidad de atención espantosa.

    Tal vez sea ese exhibicionismo emocional lo que resulte tan desagradable
    a quienes así lo sentimos. Una cosa es ser muy emocional, y otra muy
    diferente es ir por la vida pregonando lo desgraciados que son, todo bajo
    un estereotipo bastante simplón: en el peinado, en la ropa, en los colores y en general en el aspecto físico. Todos tenemos problemas, pero eso no hace que los andemos exhibiendo para que nos compadezcan los demás.

    ¿No se puede ser "emocional" y pertenecer a ese grupo sin vestirse de esa
    manera, tendiendo a la androginia? ¿El maquillarse, autoflagelarse,
    deprimirse, reunirse con iguales, tener pensamientos suicidas, es requisito indispensable para ser "Emo"?

    emos

    Cada cabeza es un mundo, claro. No porque yo no vea las cosas de
    distinta manera significa que todo el mundo deba hacerlo así. Pero esa
    falta de personalidad propia, en aras de pertenecer a un grupo regido por
    el estereotipo en el que la autocompasión es una constante, me resulta casi insultante. Jóvenes sin verdaderos problemas, que se inventan crisis
    existenciales para dar un poco de sentido a sus vidas. No conozco un solo
    Emo que pertenezca a las comunidades más miserables. Quizá sea porque
    ellos sí tienen verdaderos problemas en sus vidas como para preocuparse
    por peinarse o vestirse de tal o cual manera.

    Me desagradan los Emos, lo confieso.

    Pero eso no me da derecho a perseguirlos, golpearlos y discriminarlos, ni
    tengo la más mínima intención de hacerlo. Son libres de vestirse y actuar
    como mejor les guste o convenga, mientras no me afecte en lo particular.
    Y por más que me desagraden, no puedo decir que me afecten. Por lo
    tanto, puedo verlos por la calle sin agredirlos.

    Pero ese soy yo. Y no todos piensan como yo.

    Es absurdo e injusto, lo sé, pero es un hecho que hay gente -especialmente jóvenes pertenecientes a otras tribus urbanas- que no se tientan el corazón para despreciar, insultar o incluso agredir físicamente a los Emos. Incluso ya se están organizando en varias partes del país para hacerlo... y ya lo han hecho.

    La cuestión realmente importante es la siguiente: ¿vale la pena arriesgarse a ser golpeado por vestirse de determinada manera? ¿Es tan trascendental, tan importante el taparse medio rostro con el pelo, vestirse con colores negros y rosas, usar pantalones entubados y maquillarse de colores obscuros, como para exponerse a ser agredido físicamente?

    Si tú supieras que si utilizas tu ropa favorita por la calle es muy probable que te encontraras con idiotas inadaptados que no dudarían un segundo en golpearte salvajemente... ¿te arriesgarías a ello? ...Yo no, tal como dije al inicio del post.

    ¿Vale más el vestirte como deseas, que tu integridad física y la
    tranquilidad de tu familia? ... Para mí no, tal como ya señalé antes.
    Entonces... ¿por qué se consideran mártires los Emos? Es más que
    sencillo el evitar las agresiones de las que están siendo objeto. Cierto, es injusto que el simple hecho de ser Emo sea motivo para algunos salvajes para golperarlos; pero este mundo y esta vida son injustos. Es necesario poner en la balanza nuestras prioridades.

    ¿O acaso el vestir de acuerdo a esa moda es un buen motivo por el cual
    sacrificarse? ¿El exhibirse como perteneciente a un grupo es una buena
    razón para exponerse a la ira irracional de algunos? ¿El defender esa
    libertad de ser Emo se equipara a las luchas por los derechos de las
    minorías o los grupos oprimidos a lo largo de la historia de la sociedad,
    como lo muestran tantas revoluciones en tantos países?

    Para mí, no. Ser mártir por algo como vestirme a la moda me parece de lo más absurdo.

    Condeno enérgicamente las agresiones a los Emos. Pero no me explico qué cosas hay en su mente para que se arriesguen a que atenten contra ellos. Quizá necesiten tener verdaderos problemas para que esos por los que sufren, más producto de su mente que otra cosa, adquieran su real dimensión. O al menos tal vez sea necesario dejar de reunirse para exhibir y compartir sus emociones, y poner manos a la obra en búsqueda de una solución.

    Son jóvenes, y la mayoría de ellos aún no saben lo que es sufrir de verdad. Ya madurarán algún día, y se darán cuenta de que eso por lo que se regocijaban en su dolor, son nada comparado con la crudeza de la vida real.

    Nada mejor para poner los pies en la tierra, que colocar el peso de una responsabilidad sobre sus hombros.

    Ya madurarán algún día...

    ...Espero...

  • Retro - El Buen Samaritano

    Storm

    bMuze.com
    b> Buen Samaritano

    Tengo miedo...

    La verdad, tengo miedo...

    Llevo más de tres horas aquí, atrapado dentro de mi automóvil, y escribo ésto sólo para apartar un poco mi atención de lo que sucede ahí afuera, que es horrible... pero, sobre todo, de lo que sucede aquí adentro...

    Llueve. Es un verdadero diluvio el que cae en estos momentos. El viento sopla furiosamente, y la lluvia tal pareciera que cae casi horizontalmente; el auto se agita ante los embates de las rachas que lo azotan. El sonido de las ramas de los árboles al chocar entre sí es sobrecogedor... atemorizante.

    Como si no fuera suficiente la casi absoluta oscuridad de la noche, lo cerrado de la lluvia no me permite ver nada en ninguna dirección, a pesar de que los limpiabrisas funcionan al máximo. Ocasionalmente los relámpagos iluminan todo por fracciones de segundo, y se alcanzan a distinguir las formas de los árboles cercanos, y de las montañas allá a lo lejos. Y eso me ha permitido darme cuenta que estoy en un grave problema.

    Estoy atascado en un océano de lodo, en un camino de terracería que desconozco por completo y por el que parecería que nadie ha pasado en mucho tiempo.

    Sí... estoy en un grave problema.

    Pero lo que sucede afuera es sólo el terrible marco de mi principal preocupación... porque en el asiento trasero de mi automóvil llevo el cadáver de un desconocido. Hace un par de horas, herido gravemente, aún se quejaba, pero hace ya mucho que dejó de hacerlo, y no lo he visto moverse desde entonces. Está ahí, sentado, inmóvil, con la frente apoyada en el vidrio cerrado de la ventanilla, con la boca abierta y las manos tomándose el abdomen, de donde se quejaba débilmente de fuertes dolores antes de quedar en silencio. Los hilillos de sangre que bajaban de su nariz, boca, ojos y oídos se han coagulado ya. Sus ojos están cerrados. No me atrevo a tocarlo. Apenas si me atrevo a mirarlo de reojo por el espejo retrovisor.

    Tal vez debí dejarlo tirado en la carretera, donde lo encontré. Ya bastante tenía con lo tarde que se me había hecho en el trabajo, teniendo que manejar solo, sin compañía, por la solitaria carretera estatal de regreso a la ciudad, como para echarme otro problema a la espalda, sin necesitarlo. Nunca debí quedarme a trabajar tan tarde en ese pueblucho incomunicado y tan alejado de todo. Debí esperar hasta mañana para terminar lo que hacía.

    Debí esperar.

    ...Esto me pasa por hacerle al Buen Samaritano.

    * * * * * * * * * * * * * * *

    Había empezado a llover apenas cuando salí del pueblo rumbo a la ciudad, rumbo a mi casa. Debido a la lluvia, la noche llegó mucho más temprano. Había conducido tres o cuatro kilómetros cuando, salido de la nada, un camión de carga me rebasó velozmente, sobresaltándome por lo cerca que pasó de mi coche. Lo perdí de vista cuando tomó la curva que había adelante.

    Un par de segundos más tarde escuché apenas el chirriar de unos neumáticos al frenar violentamente, y el pelo se me erizó del susto. Cuando salí de la curva miré las luces traseras del camión, que se alejaba a toda velocidad. Y fué entonces cuando ví a este hombre tirado sobre el mojado asfalto. El camión lo había atropellado, dejándolo ahí, abandonado a su suerte. Apenas tuve tiempo de reaccionar y de maniobrar para evitar el pasarle por encima yo también.

    Honestamente, dudé en detenerme a auxiliarlo o seguir mi camino... pero finalmente me quedé a ver si podía ayudarlo. El hombre apenas se movía y se quejaba débilmente. La lluvia hacía correr por el pavimento la abundante sangre que derramaba. Ví que tenía fracturas, pero era arriesgarme a levantarlo o dejarlo morir decidiendo. El tiempo era muy valioso, y no podía perderlo pensando.

    Un enorme perro, seguramente su mascota, se movía desesperado a su alrededor, olisqueándolo. Tal vez lo acompañaba al momento del accidente. Me gruñó y ladró mientras examinaba al infortunado sujeto, como si deseara que no me acercase a su amo. Incluso me mordió fuertemente una pantorrilla mientras a duras penas lo cargaba y lo acomodaba en el asiento trasero. Me dolió muchísimo, y apenas pude evitar el soltar mi carga. Luego lo aparté y lo pateé con violencia, pero aún así continuó gruñéndome y ladrando sin cesar. Mi pierna derecha sangraba.

    Subí a mi coche y arranqué en seguida. Ya estaba metido en ese lío y no quería que aquel hombre se muriera en mi vehículo y me metiera en un problema aún mayor. Estaba yo arrepentido y desesperado.

    El perro corrió tras de nosotros unos instantes, hasta que lo dejé atrás y se perdió en la oscuridad.

    * * * * * * * * * * * * * * *

    Acabo de escribir el párrafo anterior y un trueno ensordecedor me sobresaltó. La lluvia ha arreciado aún más. El relámpago previo me permitió ver fugazmente que el nivel del agua (o del lodo, mejor dicho) del inmenso charco donde mi auto está atascado está subiendo rápidamente. Pronto empezará a meterse por la portezuela. Estoy muy asustado.

    Afuera, entre el sonido del aguacero y el viento entre los árboles, escucho otro ruido... una especie de chapoteo... luego como si algo arañara los costados de mi coche... y algo parecido a un gruñido. Por más que, venciendo mi temor, intento ver algo, no puedo distinguir nada. Le temo a las ventanas de noche, e irónicamente ahora estoy atrapado, rodeado de muchas. Ahora sólo oigo el viento y la lluvia.

    Mejor no pienso en eso y sigo escribiendo.

    * * * * * * * * * * * * * * *

    Unos kilómetros más adelante me encontré con que la carretera estaba bloqueada debido al deslave de un cerro. Imposible pasar. Toneladas de tierra, lodo y rocas lo impedían. El hombre se quejaba dolorosamente del abdomen, y entre sus lamentos me insultaba débilmente, pero con rencor, y me decía que se las iba a pagar... que me iba yo a arrepentir.

    Este sujeto seguramente creía que yo lo había atropellado. Ni siquiera me cruzó por la mente el intentar sacarlo de su error, de explicarle. El tiempo apremiaba, y yo tenía problemas mucho mayores que ese. Era de noche, llovía a cántaros, estaba lejos de todas partes, ante un camino bloqueado, con un desconocido moribundo en el asiento trasero y sin saber qué maldita cosa hacer. La desesperación y el miedo ya me habían invadido por completo a esas alturas.

    Con la mente trabajando febrilmente, recordé de pronto que unos cientos de metros atrás había visto un camino de terracería con un letrero que indicaba que llevaba a un pueblo distante dos kilómetros. Tras pensarlo unos breves momentos, me decidí a tomarlo. No ganaba nada quedándome ahí, y ese poblado estaba mucho más cerca que el pueblo donde hasta hacía unos minutos estaba trabajando. Ignoraba cómo sería ese poblado, pero por miserable que fuera no se diferenciaría mucho del otro. Y tal vez consiguiera ayuda.

    Ahora sé que debí volver al lugar de donde salí. Pero tomé la peor decisión de mi vida, y regresé para enfilar por este maldito camino donde estoy atascado. Había avanzado un kilómetro, más o menos, cuando repentinamente caí en este mar de lodo.

    Y sigo aquí. La señal del teléfono celular es prácticamente inexistente. Ocasionalmente pesco una poca, pero sólo durante unos instantes. En una de esas veces pude llamar a mi hermano en la ciudad, pero sólo alcancé a decirle "tengo un problema, ayúdame" antes de que se cortara la señal. He intentado mucho comunicarme de nuevo, pero ha sido inútil. Ahora mi hermano sabe que estoy en problemas, pero no tiene ni idea de dónde estoy, ni la clase de dificultad que tengo.

    Estará muy preocupado, sin saber qué hacer o a dónde ir... pienso que quizá habría sido mejor no haberle llamado.

    El hombre hace rato que parece que murió ya. Hace un par de horas, creo. Ya no sangra. No se queja. No parece respirar. No se mueve. Y está tremendamente pálido.

    * * * * * * * * * * * * * * *

    Nuevamente ese chapoteo.

    El lodo ya ha empezado a penetrar el interior del coche y me moja los pies. La lluvia y el viento no cesan.

    Tengo miedo... mucho miedo...

    Cuánto quisiera estar en casa... en la seguridad y comodidad de mi recámara. Quisiera estar revisando los mensajes de mis amigos y escribiéndoles cartas para saludarlos. Y daría cualquier cosa por estar conversando contigo, Mariana... quisiera estar muy lejos de todo esto y poder sentir la paz que tu sonrisa siempre me proporciona. Sentir la seguridad del abrazo con el que siempre dormimos. Te necesito... Las lágrimas nublan mi visión ante tu recuerdo, y desearía, en lugar de estar aquí escribiendo esto, estar redactando una carta más romántica para tí, mi nena... decirte una y mil veces cuánto te quiero, cuánto te adoro. Cuánto te amo.

    Desearía estar contigo, abrazándote, y dejar que la noche transcurriera estando tú y yo juntos, fundidos en un beso interminable... ¡te necesito tanto, mi niña!

    Ese ruido de nuevo... sólo que ahora es más claro. Es definitivamente un gruñido. Oigo que unas patas, o garras, de algún animal arañan la portezuela de mi lado, como queriendo abrirla, como queriendo entrar...

    Un nuevo relámpago ha iluminado todo otra vez, y ahora he visto algo ahí afuera... un animal. Parece un perro, pero con esta luz me ha parecido mucho más grande. Mostraba sus colmillos cuando lo miré esa fracción de segundo. Y ahora aúlla fuertemente... ¡tengo mucho miedo! ¡No quiero mirar más!

    ¡Quiero irme de aquí! ¡Dios mío, ayúdame, por favor! ¡Dame fuerza! ¡Dame valor!

    La lluvia y el viento han arreciado terriblemente. El auto se estremece ante los embates. Sin querer he mirado por el espejo retrovisor, y creo que estoy enloqueciendo... el cuerpo de ese hombre sigue inmóvil... pero juraría que hace un rato tenía la frente apoyada contra el vidrio de la ventanilla... y ahora... tiene los ojos entreabiertos, y la
    cabeza vuelta al frente. Sé que es imposible... pero parece mirarme a mí...

    ¡¡No quiero ver nada más!! ¡¡No puede ser posible, me estoy volviendo loco, me quiero ir YA!! ¡¡Ni siquiera debería estar aquí, yo no tengo nada que ver en ésto!! ¡¡Nada!!

    Ahora los relámpagos y los truenos se suceden uno detrás del otro. Una pesada rama cayó con gran estrépito a pocos metros de mí, salpicando de lodo el auto. La batería del auto se agota con rapidez, y los limpiabrisas se han detenido, la luz interior es mortecina... próxima a apagarse. Estoy prácticamente a oscuras, pero no
    puedo dejar de escribir. No quiero levantar la mirada... no quiero ver más.

    No puede ser... con el rabillo del ojo, a la luz de un relámpago, he visto al animal de afuera... ahora está sobre el cofre del motor del auto. Está frente a mí. No quiero verlo, pero lo escucho gruñir, rabioso... siento su mirada clavada en mí.

    Sin quererlo, he levantado la vista y la posé en el retrovisor... y en medio de la casi absoluta oscuridad no ví el cuerpo de ese hombre... no sé si se ha movido o caído, pero ya no lo veo... parece que se desplomó sobre el asiento... pero... no sé... creo sentir que se mueve...

    Tiemblo incontrolablemente. El corazón me golpea fuertemente en el pecho. Siento que el aire me falta... apenas puedo respirar. Un trueno más, ensordecedor... cae otra rama, ahora más cerca. La bestia de afuera intenta morder el parabrisas... lo golpea... lo araña con las garras que ahora puedo ver apenas, lo embiste con la cabeza... lo ha astillado ya...¡¡Tengo miedo!! El lodo ya me cubre muy por arriba de los tobillos... y siento que algo se mueve tras de mí... siento que algo, que no quiero ni pensar qué es, toca el respaldo de mi asiento...

    En medio de mi desesperación, he intentado salir de aquí... pero apenas al abrir la portezuela el lodo se ha precipitado al interior del auto, y ahora, sentado como estoy por necesidad, ya empieza a cubrirme los muslos. El monstruo de afuera se abalanzó a la portezuela abierta, abriéndose paso entre el lodo, queriendo entrar y gruñendo horriblemente. Metiendo su cabeza al interior, me mordió la mano izquierda con fuerza, pero en mi pánico he sacado fuerzas de no sé donde y lo he golpeado y he cerrado a duras penas la portezuela otra vez. No puedo mover los dedos de mi mano mordida... me duele horriblemente y sangro muchísimo. La bestia se pasea entre el fango alrededor del auto, buscando por dónde entrar... puedo oírlo golpear con sus patas y cabeza los costados del coche... puedo oírlo aullar ...

    El viento sopla furiosamente, estremeciendo el frágil ataúd en que se ha convertido mi coche. Necesito salir de aquí. Necesito aire. Siento que algo palpa la parte trasera del respaldo de mi asiento... creo ver con el rabillo del ojo una forma, como una mano, que se deliza en la oscuridad junto a mí... ¡No quiero ver nada! ¡Que alguien me ayude! ¡Que alguien pase y me ayude!

    ¡No quiero mirar! ¡Quiero que esto termine ya! ¡Quiero irme de aquí! ¡Quiero que la bestia de afuera se largue! ¡No quiero estar aquí! ¡¡Tengo miedo, Dios, tengo mucho mucho mucho miedo!! ¡¡Quiero largarme de aquí! ¡Juro que cuando esto termine nunca volveré a este inmundo pueblo! ¡Juro que jamás te haré sufrir de nuevo, Mariana mi amor! ¡Juro que seré mejor de lo que soy!

    ¡¡DIOS POR FAVOR, AYÚDAME!!

    ¡¡AYÚDAME, POR FAVOR!!

    ¡¡SÁCAME DE AQUÍ!! ¡¡SÁCAME DE AQUÍ!! ¡¡SÁCAME DE AQUÍ!! ¡¡SÁCAME DE AQ

  • Inocencia Perdida

    Hoy, como todas las mañanas, salí a recoger el diario, más dormido que despierto. Es un ritual de todos los días. Como lo es también el que empiece a hojearlo de atrás hacia adelante, en busca de la sección deportiva y pasando antes que nada por la sección policiaca o de nota roja, como se le conoce en algunas partes.

    Por lo regular es lo mismo todos los días: asaltos menores, ajustes de cuentas en la capital del Estado entre bandas de aprendices de narcotraficantes, pandilleros que hacen de las suyas... Sin embargo, hoy hubo una nota que llamó mi atención, de una manera sorprendida, indignante, triste: relataba el arresto de un joven de 14 años que había sido sorprendido en flagrancia violando a otro menor... a un niño de solamente tres años de edad. Lo sorprendió la madre de éste último.

    Un niño de 14 años violando a uno de 3... ¿qué demonios pasaba por la cabeza de ese mozalbete? ¿Qué rayos tiene que haber en la mente de este inadaptado para sacar el nervio de atacar a un indefenso niño?

    Cierto, a esa edad uno está a merced de las hormonas. La exploración y descubrimiento del sexo es parte de la curiosidad natural. La masturbación es un hábito frecuente en esa ápoca de la vida. Pero una cosa es pensar en sexo casi todo el día, y otra muy diferente y abominable es el buscar satisfacer los deseos carnales a cualquier precio... El perder de vista la línea que separa la cordura de la locura... el no distinguir la frontera que hay entre un ser humano y una bestia dominada por los instintos.

    ¿Qué tipo de pensamientos le hicieron pensar a ese joven que hacer lo que hizo estaba bien, mientras no lo descubrieran? ¿En qué punto ese joven decidió que no, que él no se masturbaría como los demás, sino que buscaría saciar sus instintos "como gente grande"? ¿Qué "razonamientos", si se les puede así llamar, le hicieron despreciar la voluntad e inocencia de un pobre niño de 3 años, todo por apaciguar una malsana excitación?

    Intento imaginármelo, y no consigo encontrar una línea de pensamientos que haga que pueda medio comprender el oscuro laberinto que seguramente se enseñorea de la mente de un niño de 14 años y que haga que se desemboque en un acto tan deleznable como éste. Y no me queda más que preguntarme... ¿qué es necesario que pase para que se pierdan así los valores? ¿Qué se necesita para tener una imagen tan distorsionada de la sexualidad, de lo moral y lo inmoral, de lo correcto y de lo incorrecto?

    Pueden ser tantas cosas. Como una evidente y obvia falta de educación sexual; quizá amistades no aptas para la edad, problemas psicológicos, adicciones, e influencia del medio en que se desenvuelve. Y es a ésto último que me gustaría referirme como algo alarmentemente pernicioso en la actualidad para muchos niños y jóvenes, que viven expuestos a un continuo bombardeo en diferentes medios de mensajes que, sin la educación necesaria, pueden llevarlos a formarse una imagen errada de sí mismos y del mundo.

    Hoy en día las revistas y programas de TV para jóvenes les dicen que "mientras más tienes, más eres". Los sentimientos no importan. Sólo vale el consumir, el tener, el sentir, el experimentar, el ganar y el comprar. Hay que crecer de prisa, o, mejor aún, no ser un niño. Ser niño está bien, pero no pierdas demasiado tiempo en eso: crece e intégrate pronto a la sociedad consumistamente activa. NECESITAS este videojuego nuevo... NECESITAS éste moderno teléfono celular... NECESITAS aparentar ser más grande de lo que en realidad eres. Compra. Consume. Gasta. Aparenta.

    Este bombardeo subliminal llega a un chocante extremo en el terreno sexual. El sexo está presente en todos lados, y, lo peor, de una manera descontrolada y alejada de la realidad. Hoy los niños y jóvenes tienen un acceso a la pornografía escalofriante, que, en revistas, películas y páginas de Internet, están ahí 24 horas al día.

    Es triste y preocupante cómo basta el caminar por las calles para darse cuenta que en cualquier puesto de revistas (donde hace unos años uno podía comprar verdaderas revistas divertidas e interesantes, como historietas tipo Archie, Superman, La Pequeña Lulú, y revistas de divulgación científica popular como el Muy Interesante, Omni, entre muchas otras) lo que abunda es el género para adultos en historietas tipo Manga o vulgares e insulsas revistillas semipornográficas. Antes el conseguir una de éstas revistas -que se convertía en una especie de "travesura" o "hazaña" juvenil para "presumirle" a los amigos- era algo no muy fácil de lograr. Hoy lo difícil es exactamente lo contrario. Lo difícil es NO encontrarlas.

    Están ahí, a la vista de todos. Antes siquiera se tenía la delicadeza de colocarlas semiocultas, en lo más alto del kiosco o disimuladas con colores oscuros, y sólo quienes las buscaban expresamente sabían que ahí estaban. Hoy no. Hoy cualquiera puede verlas, sin importar que sean niños, niñas, mujeres u hombres de todas las edades. Y dominan el surtido de que dispone cualquier puesto de revistas. Adiós a las revistas para niños o de humor blanco. El sexo es un mejor negocio.

    ¿Cómo controlar lo que los niños ven? ¿Cuántos de nosotros nos sentimos capaces de explicarle a un niño que la pornografía es una imagen distorsionada del sexo, procediendo a explicarle la diferencia?

    Sin embargo, y con todo lo anteriormente expuesto, para mí el problema más grave está al interior de las puertas del hogar de esos niños. Y no me refiero al asunto Internet y sus millones de páginas pornográficas, ya que éste medio no es aún algo que esté al alcance de todos de manera particular. Me refiero a la imagen que los mismos padres dan e inculcan a sus hijos con respecto al sexo y a los valores en general.

    ¿Qué imagen se forja un niño al que se le enseña que las canciones donde se presenta a la mujer como mero objeto sexual, o melodías que son apología de la violencia y la estupidez, son lo más normal del mundo?

    ¿Qué imagen se forja un niño para el que ver, en cualquier fiesta o reunión, niñas de unos cuantos años de edad bailando casi como bailarinas de centro nocturno o teiboleras es lo más normal del mundo?

    ¿Qué piensan algunas madres que se empeñan a vestir a sus hijas de las más tiernas edades como muchachas mayores, con ropa ajustada y maquilladas? ¿Para qué quieren que se vean así? ¿Por qué no vestirlas de acuerdo a su edad?

    ¿Qué tiene que hacer una niña de tres o cuatro años escuchando canciones donde se denigra a la mujer, bailando de manera impropia para su edad, y vistiendo como mujer mayor? ¿Qué persiguen los padres al permitir semejante cosa? ¿Creerán que se ven muy bien?

    Yo nunca he entendido eso, y la verdad me indigna cuando lo veo. A esos niños se les está robando su infancia; y todo con la complascencia de sus padres. Apenas lo puedo creer. Y luego nos sorprendemos y nos rasgamos las vestiduras cuando suceden cosas tan repugnantes como la de la noticia de hoy.

    Los niños deben ser niños. Y los padres deben ser verdaderos padres. Y cuando aparece un titular como el del diario de este día, debería procederse con todo el rigor de la ley, incluyendo a todos los involucrados.

    Porque para mí lo más grave es ese niño de tres años que ninguna culpa tenía de nada.

    ¿Qué habrá en su cabecita en este mismo momento?

    Pobre... pobre niño. Ojalá pudiéramos regresarle su inocencia, que le fué robada de manera tan repugnante.

    Ojalá esto nunca hubiese pasado.

  • Memorias de un Amnésico

    Seguramente a alguien allá arriba no le gustó mucho mi último post, porque me pasé los "días santos" en cama, ardiendo con 40.

    Y no es que haya tenido una mega orgía con 40 participantes, ¡no!, sino que tuve una maldita fiebre de casi 40ºC que me echó a perder todos los días de descanso que se suponía iba a tener (jueves, viernes, sábado y domingo), y me mantuvo encamado y alejado de cualquier escritura que no fuera el comentario a algunos posts y el responder a los comentarios del mío. Curiosamente, esa fiebre me asaltó el miércoles por la noche y, como apuntan las Leyes de Murphy, se me quitó justo la tarde del domingo, dejándome más que listo para presentarme a trabajar el lunes...

    Sí... alguien tiene un sentido del humor muy particular y se divirtió de lo lindo echándome a perder mis días de asueto con semejante calentura. La fiebre llegó a ser tan, pero tan endiabladamente elevada, que cuando iba al baño para orinar, me salía puro vapor. Así que imagínense mi drama.

    El caso es que los posts que quería terminar en esos días se quedaron esperando una mejor ocasión, aunque tuve oportunidad de pensar en algunos nuevos y, sobre todo, de recordar varias anécdotas que a primera vista no se relacionan entre sí, pero que la verdad es que tienen algo en común: mi asombrosa e increíble capacidad para cometer estupideces y/o hacer el ridículo. Y es por eso que decidí empezar esta serie de anécdotas nada maravillosas, pero que me encanta platicar cuando no tengo nada mejor qué hacer... que es mucho más seguido de lo que yo msimo quisiera.

    Tal pareciera que las mencionadas Leyes de Murphy se escribieron especialmente para un cierto grupo de personas, al cual tengo la dudosa honra de pertenecer. Un grupo selecto con un superpoder muy especial para decir o hacer cosas en el peor momento o en el peor lugar. Como cuando uno va a la tienda a comprar huevos y, con toda la inocencia del mundo y nuestra mejor sonrisa le preguntamos al dependiente: "disculpe... ¿tiene usted huevos?". Y tiene uno suerte de que no le digan que sí, pero que le pase a lo oscurito para mostrárnoslos.

    O como cuando fuí a ver un partido de futbol a la capital y durante el juego me dieron ganas de ir al baño, y, una vez dentro, jamás me percaté de que no había urinarios. Sólo me dí cuenta que había entrado al baño de mujeres cuando entró una mientras me terminaba de lavar las manos y me miró como si yo fuera un depravado. Y confieso que al principio pensé: "jejeje... pobre vieja... la sorpresa que se va a llevar cuando sepa a cuál baño entró". Y, al darme cuenta de mi error, salí huyendo como flecha de ahí.

    Pero si de despistes se trata, mejor los dejo con este episodio que me sucedió hace unos cuantos años...

    Iba muy apurado en mi automóvil (bueno, el de la compañía), rumbo a un edificio algo retirado donde habría una junta muy importante, y tenía que llevar unos documentos para firmar. Con las prisas, al bajar del coche subí los cristales de las ventanillas, le puse los seguros a las puertas y las cerré... dejando las llaves dentro, aún pegadas al cilindro.

    Me maldije mil veces por mi torpeza, porque en cuanto terminara la reunión tenía que regresar rápidamente a la compañía donde trabajo. Consulté mi reloj y vi que aún me quedaba algo de tiempo para buscar un cerrajero que me abriera la portezuela. Busqué en los alrededores, pero todo para nada. Ni uno solo. Desesperado, tomé un taxi y me dirigí en su búsqueda. El paseo me salió en un ojo de la cara, pero finalmente encontré un cerrajero disponible y, tras explicarle atropelladamente mi problema, le dije que le pagaría el taxi de regreso, pero que por favor me acompañara; aceptó de mala gana, pero allá fuimos.

    Una vez junto a mi auto, y con el taxista esperando, le tomó unos cuantos minutos el abrir la puerta. Aliviado, le pagué el otro ojo de la cara que me cobró el muy infeliz, y en cuanto tuvo el dinero en sus manos se subió al taxi y se largó de ahí como si estuviera yo apestado.

    Lo ví alejarse, ya más tranquilo por haber resuelto mi problema. Consulté nuevamente mi reloj, y vi sobresaltado que ya estaba algo retrasado para la reunión. Tenía que correr. Así que le puse el seguro a la portezuela y la azoté, cerrándola...

    ... con las putas llaves aún dentro.

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