Búsqueda blog.com.es

Memorias de un Amnésico II... (O La Mala Suerte y los Idiotas...)

por moreno71 @ Domingo, 20. Jul, 2008 - 19:51:25

Mi paciencia llegó a su límite.

Mi Inspiración aún sigue miserablemente dormida. No importa cuánto le grite que ya se deje de hacer la occisa, ni cuánto la zarandee salvajemente, ella continúa derramando generosamente litros y litros de baba sobre su almohada, mientras responde a mis llamados con un sonoro ronquido de altísimos decibeles que parecería que desgarra su garganta, y cambia de posición en su cama, dándome la espalda... OTRA VEZ.

Pues bien, al diablo con ella. Por mí puede quedarse dormida hasta que San Juan baje el dedo. Puedo arreglármelas perfectamente sin sus palabras, que, a final de cuentas, tampoco son la octava maravilla. Así que aquí voy con mi hacha ( a ver qué sale ).

san-juan

(...)

Soy un desastre, la verdad. Apenas empiezo una cosa, y me distraigo con cualquier tontería. Quizá soy demasiado severo conmigo mismo a la hora de escribir; pero, tal y como me dijo mi voz interior en la entrada "Un Nuevo Post": "para las babosadas que escribes, no hace falta pensar mucho".

Desgraciada...

Quizá sea como me dice un amigo y compañero de trabajo: "la mala suerte te persigue". Y como dicen por ahí que la mala suerte y los idiotas van por la vida bien agarrados de la manita, pues como que no me quedo muy satisfecho. Sin embrago, he de reconocer que, viéndolo bien, quizá no esté tan equivocado mi compañero...

En mi repertorio tengo decenas de anécdotas que serían la delicia de los redactores de las Leyes de Murphy. Hace un par de meses relaté de cuando dejé las llaves dentro del auto dos veces en la misma mañana. Pero eso es nada a comparación de otras que tengo en mi haber. Episodios donde no sólo cometí burradas megamayúsculas, sino que aparte me hicieron desear que me tragara la Tierra, enterito y con todo y calcetines.

Y para muestra basta un botón: no sé si sepan (o siquiera les interese) que soy cinéfilo. Cuando recién lo descubrí me asusté muchísimo porque pensé que me tendrían que inyectar penicilina a lo bestia, pero luego me tranquilicé al enterarme de que eso es para los sifilíticos, no para los cinéfilos. ¡Ufff, menos mal!

Pues bien, resulta que hubo un tiempo en que yo iba al cine un día sí y otro también. Si no encontraba quién me acompañara, sencillamente me iba yo solo; al fin y al cabo, yo iba exclusivamente a ver la película, no a platicar. Bueno... también aprovechaba para comer como cerdo palomitas de maíz y agua de piña con muchos hielitos (en el cine al que me voy a referir vendían agua de piña con muchos hielitos en lugar de refrescos...raro, ¿no?), pero eso es harina de otro costal.

El caso es que yo tenía muy bien medido el tiempo que hacía de mi casa (que es la de todos ustedes...nomás no se lo tomen muy al pie de la letra y me envíen parientes) al cine, y por ello siempre llegaba puntual. No obstante, un día en que me tocó ir solo, el camión -o autobús, o colectivo, o guagua, o como le llamen ustedes al transporte público en sus países- en el que me dirigía al cine se fué a paso de tortuga, y llegué exactamente a la hora en que se suponía que empezarían a proyectar la película ("Calles de Fuego", por cierto). Estaba yo algo desesperado, la verdad. Compré mi entrada y subí las escaleras como si trajera un cohete en el cu...ello. Nunca me gustó llegar tarde a ningún lado.


Hoy pienso que si me hubiese limitado a llegar y entrar a la sala de cine a buscar un asiento, me habría ahorrado muchas vergüenzas... ¡pero NO! Con todo lo apurado que iba, no podía permitirme el entrar a ver la película sin mis palomitas y mi vasote de agua de piña con muchos hielitos... ¡¡Cómo!! Así que hice una escala rápida en la dulcería y los compré, apresurado. Mientras pagaba, alcanzaba a escuchar que iniciaban los avances de los próximos estrenos. ¡Apúrese, señorita, por favor! ¡Ese pinche niño gordo llegó después que yo, a la cola con él! ¡Ande, déme mi cambio ya!

Una vez con mis preciosos trofeos en la mano, me dirigí a la ya oscura sala de proyección. La película estaba empezando, y, obviamente, las luces se habían apagado. Si de por sí estoy más cegato que una almeja con estrabismo, en esa oscuridad no veía ni lo que imaginaba. Sólo alcanzaba a percibir las siluetas de la gente contra la pantalla. Pero una cosa era cierta: el maldito cine estaba lleno. Había gente en los pasillos y las siluetas a contraluz decían que no había un solo asiento disponible. No obstante, caminé un tramo por uno de los pasillos laterales, pisando los callos y dedos gordos de los desgraciados que se atravesaban en mi camino.

Palomitas de maíz en una mano y vasote de agua de piña con muchos hielitos en la otra, avancé casi a tientas unos segundos cuando, de pronto, mis ojos se fijaron en una de las filas de asientos: en ella, se veían las formas de las cabezas de las personas que los ocupaban. Y en un punto cercano al centro de la fila, se apreciaba que había un asiento desocupado. ¡Lotería! A final de cuentas, parecería que no tendría que ver la película parado. Y me dirigí hacia ese asiento.

Nuevamente pisando callos y dedos gordos, con palomitas de maíz en una mano y vasote de agua de piña con muchos hielitos en la otra, llegué a donde mi poca visibilidad me indicaba que era el lugar indicado. Adivinando al sujeto que estaba junto a esa especie de Tierra Prometida, me paré enfrente de él y le pregunté si nadie estaba ocupando ese lugar.
El sujeto, quizá molesto porque enfrente de él como yo me encontraba no lo dejaba ver ni madre, me contestó un seco "No" y me pareció percibir en la oscuridad que se encogía de hombros. No le dí importancia y me acerqué a mi nuevo lugar, dispuesto a, por fin, disfrutar de la película.

Me situé, di media vuelta y me dejé caer al asiento...

... Sólo para descubrir que en ese pinche sitio NO HABÍA ASIENTO.

Mis nalgas sintieron la caricia de la dala de cemento al dejar caer todo mi peso en ella. Y allá voy, cayendo grácilmente de espaldas, con la gracia de un cerdo de 500 kg, sobre los pies del infortunado que estaba en el asiento de atrás... y allá van las palomitas, volando por los cielos del cine... y allá va mi vasote de agua de piña con muchos hielitos, mojando a quién sabe cuántos... y allá va mi dignidad al caer de nalgas ante varios desconocidos, como si estuviera borracho o loco...

Bien dice que lo que chinga es la risita... y vaya que fué eso lo que más me dolió. Porque alcancé a escuchar, mientras me levantaba, heroico, glorioso y majestuoso, que varias personas se reían de mí. No dije ya nada y salí del cine como perro con la cola entre las patas, avergonzado.

Y sintiendo un rencor asesino contra el desgraciado que no me dijo que no había ningún puto asiento en ese lugar.

En fin...tan sólo de recordarlo hace que me sonroje. Aunque eso no fué impedimento para que regresara a ver la película al día siguiente.

Con mis palomitas de maíz en una mano y vasote de agua de piña con muchos hielitos en el otro, claro.

¡¡¡¡Porque la función debe continuar!!!!


 
 

Duerme...

por moreno71 @ Domingo, 06. Jul, 2008 - 18:38:36

sleeping-helen


Otro día, otra noche... ...Y mi Inspiración duerme. Aunque no sé si duerma el sueño del Cansancio, o es el sueño de quien postrado languidece agonizante.

Las ideas nacen, pero se niegan a crecer. En mi mente se crean imágenes y situaciones que mis manos son incapaces de reproducir. Se pierden y mueren en algún punto indefinido en su viaje entre el Querer y el Poder.

La Musa dormida hace caso omiso de mis súplicas. Simplemente duerme. Se niega a despertar. Me ha dado la espalda abiertamente. Temo que el Trabajo, amo y señor del Tiempo, le haya robado las ganas de vivir.

Son tantas las cosas que deseo contar... tantas las que quiero decir... Tomo asiento frente a la hoja en blanco y no consigo decidirme a comenzar. La cuartilla me dirige una muda mirada de reproche. Me desconoce. No soy lo que solía ser. la pluma se revuelve, inquieta, deseosa de iniciar su danza de nuevo. Esa danza que a veces nace de la Alegría, y otras de la Tristeza. Ese danzar que tiene su origen en la Reflexión, y otras veces en el simple deseo de Compartir.

Mi mano permanece inmóvil... mi mente vuela a otros horizontes, y mis ojos ansiosos buscan en el cielo a la añorada Inspiración. Pero ella, ajena e indiferente a todo, sólo duerme.

Sí, duerme... y el Olvido se apodera de manera lenta y segura del lugar que alguna vez ella ocupó.

Duerme... y en su sueño revive las cosas y anécdotas que alguna vez contó.

Sí, duerme... mientras yo, con la vista fija en el papel, pluma en mano, espero resignado su despertar...

...O, quizá, su Renacer...

Y aún así, sonreímos... (para AmadaSoledad y Clemies)

por moreno71 @ Martes, 06. Mayo, 2008 - 21:35:57

Desgraciadamente, un par de amigas mías -Clemies y AmadaSoledad- atraviesan momentos difíciles. Este año no se ha presentado como el mejor, y, a cambio, se ha revelado como uno especialmente duro. Uno que ha significado como el que ha marcado profundos cambios en sus vidas; cambios a los que ha sido y es difícil adaptarse. Ha sido y es difícil aceptarlo.

Me disculpo por publicar algo que quizá les incomode, pero que lo hago por la alta estima en que las tengo. Pueden estar seguras que lo último que deseo es molestarlas en modo alguno.

Debido a las circunstancias de la vida, la única manera que tengo de demostrarles mi apoyo es a través de las letras.

Van mis palabras con todo mi respeto y con mi deseo de que pronto se recuperen.


Cualquier cosa que yo diga, no cambiará en nada la realidad de las cosas. Decir palabras que suenen bonito es fácil cuando no se está en la situación de aquel a quien se pretende animar. Sólo quien vive las circunstancias puede saber cuánto cuesta el sobrellevarlas. Los toros se ven mansos desde la barrera.

Sin embargo, considero que el solo hecho de que puedas leer este post es bastante bueno por sí mismo. Es difícil el tener que renunciar a todo aquello que antes nos proporcionaba algún tipo de placer y sosiego, y que era parte de nuestra vida cotidiana. Te lo dice alguien a quien hace menos de un año le diagnosticaron diabetes, y que hasta antes de eso su único gran vicio era el comer cuanto se le antojase; y hoy tiene que abstenerse de ello, y comer y beber de manera insípida, al punto de que aquello que hasta hace poco le proporcionaba un inmenso placer se ha convertido en un calvario en muchas ocasiones. Mi esposa puede dar fe de cuánto han cambiado mis costumbres a la hora de consumir azúcar.

Mal de muchos, consuelo de tontos, lo sé. Mi realidad no cambia la tuya. Pero sólo quiero que sepas que comprendo perfectamente cómo te sientes. Y sé que dentro de tí sabes que la vida es un constante cambio; nada permanece para siempre.

Desde el doloroso momento de dejar el vientre materno y venir al mundo empezamos a dejar aquello que nos daba seguridad y confort. Aquello a lo que estábamos acostumbrados. Aquello que nos protegía de un mundo desconocido y duro. Y aún así sonreímos siendo bebés.

Luego fué el tener que caminar por uno mismo, dejando los brazos de los seres queridos que hasta hacía poco nos cargaban y nos prodigaban caricias. Ese andar autónomo viene acompañado de caídas, golpes y raspones mientras nos acostumbramos a ello. ¿Cuántas veces no lloramos por haber tropezado y caído? ¿Cuántas veces no nos lastimaron, tanto moral como físicamente, esas caídas ante los ojos divertidos y condescendientes de los demás, al punto de las lágrimas?

Y aún así sonreímos siendo niños.

Después, tuvimos que dejar los juegos infantiles que ocupaban todo nuestro horario diario. Tuvimos que ir a la escuela, a empezar un largo camino que duraría años. ¿Quién no lloró en sus primeros días de clase, al tener que separarse de su madre, al soltar su mano, al enfrentarse a gente desconocida? ¿A quién no se le hicieron eternas aquellas mañanas de escuela, deseando sólo la hora de regresar a casa, a la seguridad del hogar y de los juegos que tanto deseábamos? ¿Quién no derramó lágrimas alguna vez sólo porque no deseaba ir a la escuela?

Y aún así sonreímos en nuestra infancia y adolescencia.

Y llegó el momento de trabajar, de contribuir al gasto familiar, de adquirir una seria responsabilidad. Adiós a los días feriados de escuela. Adiós a los sábados de dormir hasta tarde. Adiós a las vacaciones de verano, y, a cambio, a esperar las vacaciones anuales de unos cuantos días en el trabajo. Adiós a muchas de las cosas que hacíamos siendo estudiantes. ¿Quién no llegó a estresarse tanto por el trabajo y no derramó lágrimas de impotencia ante el cansancio o las injusticias de los jefes? ¿Quién no añoró esos días de escuela, donde la mayor preocupación era aprobar y pasar de grado?

Y aún así, sonreímos en nuestra adultez.

Y hoy, siendo adultos, extrañamente pensamos que nada ha de cambiar. La vida nos ha mostrado que nunca las cosas han permanecido como a nosotros nos hubiese gustado en su momento... que nos ha dolido cuando ha sucedido... y que, a pesar de ello, hemos encontrado nuevos motivos para sonreír y seguir adelante. Por eso es extraño que no lo asimilemos con la facilidad que se esperaría de nuestra experiencia. No es nada que no hayamos vivido antes de una forma u otra.

Yo antes, hace unos años, solía salir a trotar por el puro placer de hacerlo. Era algo que hacía por gusto; lo disfrutaba. Luego el trabajo me lo impidió poco a poco, hasta que llegué a un punto en que no hice sino esporádicamente y nunca con la constancia de antaño. Prefería llegar y disfrutar de la paz hogareña, descansando tras un arduo y duro día de trabajo.

Hoy, obligado por mi enfermedad y por la necesidad de hacer ejercicio y alejarme de esta vida semisedentaria, he empezado a hacerlo de nuevo. Y he empezado a redescubrir el placer de sentir cansancio físico por encima del mental. El cambio forzado en mi rutina me ha reabierto las puertas a un placer que antes era cosa de todos los días, y que prácticamente había olvidado.

Tal vez pueda darse el mismo caso contigo. Eso espero de todo corazón. Quizá no puedas hacer cosas que hasta hace poco te reportaban sosiego o placer, como el desempeñar cierta actividad o mirar un rostro amado, pero tal vez descubras -o redescubras- algunas otras que las compensen.

Quizá, tal como dices en tu post, AmadaSoledad, ningún dinero te devolverá la vida que tenías hasta hace unos meses. Pero espero que sirva para que obtengas una en la que encuentres nuevas satisfacciones, nuevos retos. No sé si alguna vez volverás a hacer tus tortillas, pero estoy seguro que hay muchas más cosas que puedes hacer y por las que serán tan reconocida como por tu habilidad de cocinar o tejer.

Desgraciadamente, Clemies, la vida se encarga de cortarnos ilusiones y de alejarnos de quienes amamos... muchas de esas veces sin posibilidad de dar marcha atrás. Pero la misma vida nos empuja a darnos cuenta que hay más gente que nos ama. Que hay gente que le duele tanto como a nosotros mismos el adiós definitivo. Y que encima del dolor del adiós está el dolor de mirarnos sufrir por él. Que no estamos solos. Que tenemos un hombro en el cual apoyarnos y llorar abiertamente. Que ante ellos podemos bajar la guardia y mostrarnos frágiles. Porque nos aman.

Tal vez ese día haya marcado el final de una vida que tú AmadaSoledad, y tú Clemies, conocías muy bien, pero también es posible que sea el inicio de una nueva donde quizá un relato tuyo tenga oportunidad de ver la luz y por el que seas reconocida por gente que tal vez hoy ni sepas que existe. No podría decirlo con seguridad. Sólo tú puedes saber eso. Tu vida está enteramente en tus manos. Y está esperando tu decisión.

No soy nadie para sermonearte ni para pretender dar una lección de vida barata y callejera. Sólo quiero pedirte que, aún con todo lo sucedido, no pierdas de vista jamás una cosa: hasta hoy, el cambio ha sido una constante en tu vida como en la de todos. Y cada cambio ha sido difícil, incluso tanto como para hacernos llorar amargamente en muchas ocasiones. Y siempre, después de eso, ha habido aceptación de la nueva realidad... ha habido adaptación a la misma... y ha habido invariablemente ocasión y momentos de felicidad. Ocasión y momentos de sonreir.

Hoy quizá enfrentes una nueva realidad.

Abre tu mente y tu corazón. Permite que haya ocasión y momentos para sonreir.

Los habrá, ya lo verás.

Un abrazo, Clemies.

Un abrazo, AmadaSoledad.

Con todo respeto:

Gerardo.

Libertad, Convicción e Inmadurez

por moreno71 @ Miércoles, 09. Abr, 2008 - 22:05:19

Gozamos de cierta libertad.

Libertad de creer en aquello que nos conforte, nos complazca, nos
convenga, nos llene o nos consuele. Libertad de hacer o decir lo que
queramos, siempre y cuando nuestras palabras y/o acciones no atenten
contra la libertad de los demás. Y nadie tiene el derecho de imponernos
una forma de pensar, de vestir, de actuar o de ser, si las nuestras no
afectan a nadie.

Pero... ¿hasta dónde estamos dispuestos a hacer valer y respetar
nuestra libertad? ¿Cuáles son nuestras prioridades en la vida? ¿Son
nuestras convicciones, por mínimas o intrascendentes que sean, lo más
importante? ¿Valen más que nuestra felicidad y la de nuestros seres
queridos? ¿Valen más que nuestra propia integridad?

ClubAmericaLogo

Yo soy fanático de un equipo de futbol de mi país: el América. Lo soy desde hace más de 25 años. Quienes me conocen de cerca pueden dar fe
que he llorado de tristeza y saltado de felicidad por él. Tengo camisetas
con su escudo y colores que luzco con orgullo por la calle, soportando
burlas, comentarios mordaces e insultos, así como escuchando palabras
de apoyo de incógnitos correligionarios a mi paso. No por nada el América
es el equipo más popular y el más querido y odiado de México.

Con frecuencia aquellos que no comparten mi pasión por tal equipo me
preguntan: "¿no te da vergüenza ponerte esa camiseta?". E invariablemente mi respuesta es un rotundo "no", seguida de mi reafirmación de mi pasión por esos colores y por ese escudo, y lo orgulloso que me siento de portarlos.

Sí, soy un fanático del América. Y nadie puede prohibirme el que use
una camiseta, gorra, bandera, llavero o cualquier cosa que me identifique
como fiel seguidor. Tengo ese derecho. Tengo esa libertad.

Pero aún con todo mi fanatismo, sé que hay cosas más importantes en
esta vida que ese equipo de futbol que tanto me apasiona. Cosas más
importantes como el amor de mi esposa, su preocupación por mi bienestar
y la mía por el suyo. Mi propia integridad es más importante que mi
amado América...pero... ¿a qué viene todo ésto?

Vivo en una ciudad tranquila, donde el portar los colores de mi equipo por la calle no implica mayor riesgo, como ya he dicho, que el recibir insultos, burlas y comentarios maliciosos de parte de quienes son
seguidores de otros equipos. Sin embargo, en la capital del país -en donde he estado una decena de veces en mi vida-, la historia puede ser muy distinta en determinadas circunstancias y lugares. Hay fanáticos radicales de todos los equipos que pueden agredirlo a uno por el simple hecho de simpatizar con tal o cual equipo diferente al suyo. Y... ¿me arriesgaría a ser agredido físicamente por hacer uso de mi derecho de usar la camiseta del América en un lugar donde sé que no sería bien recibido?

¿Valdría la pena poner en riesgo mi integridad física sólo por darme el
gusto de hacer algo que quiero, aunque sepa que me puede costar algo
más que palabras , por injusto, absurdo y estúpido que esto sea?

No.

Para mí no valdría la pena.

No soy menos americanista por no usar la camiseta de mi equipo. No
traiciono sus colores por proteger mi integridad y la de mi esposa al no
portarlos en ciertos lugares y con cierta gente. No me traiciono a mí
mismo al dejar en casa aquello que me identifica con mi equipo, pero que
en determinadas circunstancias pondría en riesgo mi vida o la de mi
esposa. Eso lo sé bien y lo tengo muy claro. Por mucho que ame esos
colores, tengo mis prioridades muy bien definidas.

Y todo esto viene a colación por acontecimientos que se han dado a
últimas fechas con una de tantas "tribus urbanas", como se ha dado en
llamar: los Emos.

haymos

No sé en otros países, pero aquí en México se ha dado por agredir a los
jóvenes -particularmente varones- pertenecientes a este grupo, que según
ellos mismos y la definición que de "emo" existe, son personas muy
influenciadas por sus emociones. Agresiones provenientes principalmente
de otros grupos o tribus, como los punketos, darkettos, góticos o skatos, que los consideran una mala copia de ellos. Los tachan de "plagiadores", "delicados", "ridículos", y demás calificativos despectivos que se les ocurran.

Respeto la forma de pensar de cada quien, aunque tampoco voy a ser tan
hipócrita como para decir que esas "tribus" me simpatizan, y en lo
particular me resultan desagradables los "Emos". Independientemente de
la moda al vestir que emplean (que me repele sobremanera), me parece
casi un insulto que estos jóvenes, a falta de problemas reales, se los
inventen, cuando hay tantas dificultades reales en el mundo. Habrá quien
realmente los tenga, claro, pero el lamentarse por ellos sin hacer nada por remediarlos, exhibiendo públicamente su dolor, no ayuda en nada a
solucionarlos. La autoflagelación, las amenazas de suicido (que sólo son
eso, porque nunca las cumplen), el sólo poder ser felices sintiéndose
desgraciados, son indicativos de una necesidad de atención espantosa.

Tal vez sea ese exhibicionismo emocional lo que resulte tan desagradable
a quienes así lo sentimos. Una cosa es ser muy emocional, y otra muy
diferente es ir por la vida pregonando lo desgraciados que son, todo bajo
un estereotipo bastante simplón: en el peinado, en la ropa, en los colores y en general en el aspecto físico. Todos tenemos problemas, pero eso no hace que los andemos exhibiendo para que nos compadezcan los demás.

¿No se puede ser "emocional" y pertenecer a ese grupo sin vestirse de esa
manera, tendiendo a la androginia? ¿El maquillarse, autoflagelarse,
deprimirse, reunirse con iguales, tener pensamientos suicidas, es requisito indispensable para ser "Emo"?

emos

Cada cabeza es un mundo, claro. No porque yo no vea las cosas de
distinta manera significa que todo el mundo deba hacerlo así. Pero esa
falta de personalidad propia, en aras de pertenecer a un grupo regido por
el estereotipo en el que la autocompasión es una constante, me resulta casi insultante. Jóvenes sin verdaderos problemas, que se inventan crisis
existenciales para dar un poco de sentido a sus vidas. No conozco un solo
Emo que pertenezca a las comunidades más miserables. Quizá sea porque
ellos sí tienen verdaderos problemas en sus vidas como para preocuparse
por peinarse o vestirse de tal o cual manera.

Me desagradan los Emos, lo confieso.

Pero eso no me da derecho a perseguirlos, golpearlos y discriminarlos, ni
tengo la más mínima intención de hacerlo. Son libres de vestirse y actuar
como mejor les guste o convenga, mientras no me afecte en lo particular.
Y por más que me desagraden, no puedo decir que me afecten. Por lo
tanto, puedo verlos por la calle sin agredirlos.

Pero ese soy yo. Y no todos piensan como yo.

Es absurdo e injusto, lo sé, pero es un hecho que hay gente -especialmente jóvenes pertenecientes a otras tribus urbanas- que no se tientan el corazón para despreciar, insultar o incluso agredir físicamente a los Emos. Incluso ya se están organizando en varias partes del país para hacerlo... y ya lo han hecho.

La cuestión realmente importante es la siguiente: ¿vale la pena arriesgarse a ser golpeado por vestirse de determinada manera? ¿Es tan trascendental, tan importante el taparse medio rostro con el pelo, vestirse con colores negros y rosas, usar pantalones entubados y maquillarse de colores obscuros, como para exponerse a ser agredido físicamente?

Si tú supieras que si utilizas tu ropa favorita por la calle es muy probable que te encontraras con idiotas inadaptados que no dudarían un segundo en golpearte salvajemente... ¿te arriesgarías a ello? ...Yo no, tal como dije al inicio del post.

¿Vale más el vestirte como deseas, que tu integridad física y la
tranquilidad de tu familia? ... Para mí no, tal como ya señalé antes.
Entonces... ¿por qué se consideran mártires los Emos? Es más que
sencillo el evitar las agresiones de las que están siendo objeto. Cierto, es injusto que el simple hecho de ser Emo sea motivo para algunos salvajes para golperarlos; pero este mundo y esta vida son injustos. Es necesario poner en la balanza nuestras prioridades.

¿O acaso el vestir de acuerdo a esa moda es un buen motivo por el cual
sacrificarse? ¿El exhibirse como perteneciente a un grupo es una buena
razón para exponerse a la ira irracional de algunos? ¿El defender esa
libertad de ser Emo se equipara a las luchas por los derechos de las
minorías o los grupos oprimidos a lo largo de la historia de la sociedad,
como lo muestran tantas revoluciones en tantos países?


Para mí, no. Ser mártir por algo como vestirme a la moda me parece de lo más absurdo.

Condeno enérgicamente las agresiones a los Emos. Pero no me explico qué cosas hay en su mente para que se arriesguen a que atenten contra ellos. Quizá necesiten tener verdaderos problemas para que esos por los que sufren, más producto de su mente que otra cosa, adquieran su real dimensión. O al menos tal vez sea necesario dejar de reunirse para exhibir y compartir sus emociones, y poner manos a la obra en búsqueda de una solución.

Son jóvenes, y la mayoría de ellos aún no saben lo que es sufrir de verdad. Ya madurarán algún día, y se darán cuenta de que eso por lo que se regocijaban en su dolor, son nada comparado con la crudeza de la vida real.

Nada mejor para poner los pies en la tierra, que colocar el peso de una responsabilidad sobre sus hombros.

Ya madurarán algún día...

...Espero...

Retro - El Buen Samaritano

por moreno71 @ Domingo, 30. Mar, 2008 - 19:02:42

Storm

bMuze.com
b> Buen Samaritano

Tengo miedo...

La verdad, tengo miedo...

Llevo más de tres horas aquí, atrapado dentro de mi automóvil, y escribo ésto sólo para apartar un poco mi atención de lo que sucede ahí afuera, que es horrible... pero, sobre todo, de lo que sucede aquí adentro...

Llueve. Es un verdadero diluvio el que cae en estos momentos. El viento sopla furiosamente, y la lluvia tal pareciera que cae casi horizontalmente; el auto se agita ante los embates de las rachas que lo azotan. El sonido de las ramas de los árboles al chocar entre sí es sobrecogedor... atemorizante.

Como si no fuera suficiente la casi absoluta oscuridad de la noche, lo cerrado de la lluvia no me permite ver nada en ninguna dirección, a pesar de que los limpiabrisas funcionan al máximo. Ocasionalmente los relámpagos iluminan todo por fracciones de segundo, y se alcanzan a distinguir las formas de los árboles cercanos, y de las montañas allá a lo lejos. Y eso me ha permitido darme cuenta que estoy en un grave problema.

Estoy atascado en un océano de lodo, en un camino de terracería que desconozco por completo y por el que parecería que nadie ha pasado en mucho tiempo.

Sí... estoy en un grave problema.

Pero lo que sucede afuera es sólo el terrible marco de mi principal preocupación... porque en el asiento trasero de mi automóvil llevo el cadáver de un desconocido. Hace un par de horas, herido gravemente, aún se quejaba, pero hace ya mucho que dejó de hacerlo, y no lo he visto moverse desde entonces. Está ahí, sentado, inmóvil, con la frente apoyada en el vidrio cerrado de la ventanilla, con la boca abierta y las manos tomándose el abdomen, de donde se quejaba débilmente de fuertes dolores antes de quedar en silencio. Los hilillos de sangre que bajaban de su nariz, boca, ojos y oídos se han coagulado ya. Sus ojos están cerrados. No me atrevo a tocarlo. Apenas si me atrevo a mirarlo de reojo por el espejo retrovisor.

Tal vez debí dejarlo tirado en la carretera, donde lo encontré. Ya bastante tenía con lo tarde que se me había hecho en el trabajo, teniendo que manejar solo, sin compañía, por la solitaria carretera estatal de regreso a la ciudad, como para echarme otro problema a la espalda, sin necesitarlo. Nunca debí quedarme a trabajar tan tarde en ese pueblucho incomunicado y tan alejado de todo. Debí esperar hasta mañana para terminar lo que hacía.

Debí esperar.

...Esto me pasa por hacerle al Buen Samaritano.

* * * * * * * * * * * * * * *

Había empezado a llover apenas cuando salí del pueblo rumbo a la ciudad, rumbo a mi casa. Debido a la lluvia, la noche llegó mucho más temprano. Había conducido tres o cuatro kilómetros cuando, salido de la nada, un camión de carga me rebasó velozmente, sobresaltándome por lo cerca que pasó de mi coche. Lo perdí de vista cuando tomó la curva que había adelante.

Un par de segundos más tarde escuché apenas el chirriar de unos neumáticos al frenar violentamente, y el pelo se me erizó del susto. Cuando salí de la curva miré las luces traseras del camión, que se alejaba a toda velocidad. Y fué entonces cuando ví a este hombre tirado sobre el mojado asfalto. El camión lo había atropellado, dejándolo ahí, abandonado a su suerte. Apenas tuve tiempo de reaccionar y de maniobrar para evitar el pasarle por encima yo también.

Honestamente, dudé en detenerme a auxiliarlo o seguir mi camino... pero finalmente me quedé a ver si podía ayudarlo. El hombre apenas se movía y se quejaba débilmente. La lluvia hacía correr por el pavimento la abundante sangre que derramaba. Ví que tenía fracturas, pero era arriesgarme a levantarlo o dejarlo morir decidiendo. El tiempo era muy valioso, y no podía perderlo pensando.

Un enorme perro, seguramente su mascota, se movía desesperado a su alrededor, olisqueándolo. Tal vez lo acompañaba al momento del accidente. Me gruñó y ladró mientras examinaba al infortunado sujeto, como si deseara que no me acercase a su amo. Incluso me mordió fuertemente una pantorrilla mientras a duras penas lo cargaba y lo acomodaba en el asiento trasero. Me dolió muchísimo, y apenas pude evitar el soltar mi carga. Luego lo aparté y lo pateé con violencia, pero aún así continuó gruñéndome y ladrando sin cesar. Mi pierna derecha sangraba.

Subí a mi coche y arranqué en seguida. Ya estaba metido en ese lío y no quería que aquel hombre se muriera en mi vehículo y me metiera en un problema aún mayor. Estaba yo arrepentido y desesperado.

El perro corrió tras de nosotros unos instantes, hasta que lo dejé atrás y se perdió en la oscuridad.

* * * * * * * * * * * * * * *

Acabo de escribir el párrafo anterior y un trueno ensordecedor me sobresaltó. La lluvia ha arreciado aún más. El relámpago previo me permitió ver fugazmente que el nivel del agua (o del lodo, mejor dicho) del inmenso charco donde mi auto está atascado está subiendo rápidamente. Pronto empezará a meterse por la portezuela. Estoy muy asustado.

Afuera, entre el sonido del aguacero y el viento entre los árboles, escucho otro ruido... una especie de chapoteo... luego como si algo arañara los costados de mi coche... y algo parecido a un gruñido. Por más que, venciendo mi temor, intento ver algo, no puedo distinguir nada. Le temo a las ventanas de noche, e irónicamente ahora estoy atrapado, rodeado de muchas. Ahora sólo oigo el viento y la lluvia.

Mejor no pienso en eso y sigo escribiendo.

* * * * * * * * * * * * * * *

Unos kilómetros más adelante me encontré con que la carretera estaba bloqueada debido al deslave de un cerro. Imposible pasar. Toneladas de tierra, lodo y rocas lo impedían. El hombre se quejaba dolorosamente del abdomen, y entre sus lamentos me insultaba débilmente, pero con rencor, y me decía que se las iba a pagar... que me iba yo a arrepentir.

Este sujeto seguramente creía que yo lo había atropellado. Ni siquiera me cruzó por la mente el intentar sacarlo de su error, de explicarle. El tiempo apremiaba, y yo tenía problemas mucho mayores que ese. Era de noche, llovía a cántaros, estaba lejos de todas partes, ante un camino bloqueado, con un desconocido moribundo en el asiento trasero y sin saber qué maldita cosa hacer. La desesperación y el miedo ya me habían invadido por completo a esas alturas.

Con la mente trabajando febrilmente, recordé de pronto que unos cientos de metros atrás había visto un camino de terracería con un letrero que indicaba que llevaba a un pueblo distante dos kilómetros. Tras pensarlo unos breves momentos, me decidí a tomarlo. No ganaba nada quedándome ahí, y ese poblado estaba mucho más cerca que el pueblo donde hasta hacía unos minutos estaba trabajando. Ignoraba cómo sería ese poblado, pero por miserable que fuera no se diferenciaría mucho del otro. Y tal vez consiguiera ayuda.

Ahora sé que debí volver al lugar de donde salí. Pero tomé la peor decisión de mi vida, y regresé para enfilar por este maldito camino donde estoy atascado. Había avanzado un kilómetro, más o menos, cuando repentinamente caí en este mar de lodo.

Y sigo aquí. La señal del teléfono celular es prácticamente inexistente. Ocasionalmente pesco una poca, pero sólo durante unos instantes. En una de esas veces pude llamar a mi hermano en la ciudad, pero sólo alcancé a decirle "tengo un problema, ayúdame" antes de que se cortara la señal. He intentado mucho comunicarme de nuevo, pero ha sido inútil. Ahora mi hermano sabe que estoy en problemas, pero no tiene ni idea de dónde estoy, ni la clase de dificultad que tengo.

Estará muy preocupado, sin saber qué hacer o a dónde ir... pienso que quizá habría sido mejor no haberle llamado.

El hombre hace rato que parece que murió ya. Hace un par de horas, creo. Ya no sangra. No se queja. No parece respirar. No se mueve. Y está tremendamente pálido.

* * * * * * * * * * * * * * *

Nuevamente ese chapoteo.

El lodo ya ha empezado a penetrar el interior del coche y me moja los pies. La lluvia y el viento no cesan.

Tengo miedo... mucho miedo...

Cuánto quisiera estar en casa... en la seguridad y comodidad de mi recámara. Quisiera estar revisando los mensajes de mis amigos y escribiéndoles cartas para saludarlos. Y daría cualquier cosa por estar conversando contigo, Mariana... quisiera estar muy lejos de todo esto y poder sentir la paz que tu sonrisa siempre me proporciona. Sentir la seguridad del abrazo con el que siempre dormimos. Te necesito... Las lágrimas nublan mi visión ante tu recuerdo, y desearía, en lugar de estar aquí escribiendo esto, estar redactando una carta más romántica para tí, mi nena... decirte una y mil veces cuánto te quiero, cuánto te adoro. Cuánto te amo.

Desearía estar contigo, abrazándote, y dejar que la noche transcurriera estando tú y yo juntos, fundidos en un beso interminable... ¡te necesito tanto, mi niña!

Ese ruido de nuevo... sólo que ahora es más claro. Es definitivamente un gruñido. Oigo que unas patas, o garras, de algún animal arañan la portezuela de mi lado, como queriendo abrirla, como queriendo entrar...

Un nuevo relámpago ha iluminado todo otra vez, y ahora he visto algo ahí afuera... un animal. Parece un perro, pero con esta luz me ha parecido mucho más grande. Mostraba sus colmillos cuando lo miré esa fracción de segundo. Y ahora aúlla fuertemente... ¡tengo mucho miedo! ¡No quiero mirar más!

¡Quiero irme de aquí! ¡Dios mío, ayúdame, por favor! ¡Dame fuerza! ¡Dame valor!

La lluvia y el viento han arreciado terriblemente. El auto se estremece ante los embates. Sin querer he mirado por el espejo retrovisor, y creo que estoy enloqueciendo... el cuerpo de ese hombre sigue inmóvil... pero juraría que hace un rato tenía la frente apoyada contra el vidrio de la ventanilla... y ahora... tiene los ojos entreabiertos, y la
cabeza vuelta al frente. Sé que es imposible... pero parece mirarme a mí...

¡¡No quiero ver nada más!! ¡¡No puede ser posible, me estoy volviendo loco, me quiero ir YA!! ¡¡Ni siquiera debería estar aquí, yo no tengo nada que ver en ésto!! ¡¡Nada!!

Ahora los relámpagos y los truenos se suceden uno detrás del otro. Una pesada rama cayó con gran estrépito a pocos metros de mí, salpicando de lodo el auto. La batería del auto se agota con rapidez, y los limpiabrisas se han detenido, la luz interior es mortecina... próxima a apagarse. Estoy prácticamente a oscuras, pero no
puedo dejar de escribir. No quiero levantar la mirada... no quiero ver más.

No puede ser... con el rabillo del ojo, a la luz de un relámpago, he visto al animal de afuera... ahora está sobre el cofre del motor del auto. Está frente a mí. No quiero verlo, pero lo escucho gruñir, rabioso... siento su mirada clavada en mí.

Sin quererlo, he levantado la vista y la posé en el retrovisor... y en medio de la casi absoluta oscuridad no ví el cuerpo de ese hombre... no sé si se ha movido o caído, pero ya no lo veo... parece que se desplomó sobre el asiento... pero... no sé... creo sentir que se mueve...

Tiemblo incontrolablemente. El corazón me golpea fuertemente en el pecho. Siento que el aire me falta... apenas puedo respirar. Un trueno más, ensordecedor... cae otra rama, ahora más cerca. La bestia de afuera intenta morder el parabrisas... lo golpea... lo araña con las garras que ahora puedo ver apenas, lo embiste con la cabeza... lo ha astillado ya...¡¡Tengo miedo!! El lodo ya me cubre muy por arriba de los tobillos... y siento que algo se mueve tras de mí... siento que algo, que no quiero ni pensar qué es, toca el respaldo de mi asiento...

En medio de mi desesperación, he intentado salir de aquí... pero apenas al abrir la portezuela el lodo se ha precipitado al interior del auto, y ahora, sentado como estoy por necesidad, ya empieza a cubrirme los muslos. El monstruo de afuera se abalanzó a la portezuela abierta, abriéndose paso entre el lodo, queriendo entrar y gruñendo horriblemente. Metiendo su cabeza al interior, me mordió la mano izquierda con fuerza, pero en mi pánico he sacado fuerzas de no sé donde y lo he golpeado y he cerrado a duras penas la portezuela otra vez. No puedo mover los dedos de mi mano mordida... me duele horriblemente y sangro muchísimo. La bestia se pasea entre el fango alrededor del auto, buscando por dónde entrar... puedo oírlo golpear con sus patas y cabeza los costados del coche... puedo oírlo aullar ...

El viento sopla furiosamente, estremeciendo el frágil ataúd en que se ha convertido mi coche. Necesito salir de aquí. Necesito aire. Siento que algo palpa la parte trasera del respaldo de mi asiento... creo ver con el rabillo del ojo una forma, como una mano, que se deliza en la oscuridad junto a mí... ¡No quiero ver nada! ¡Que alguien me ayude! ¡Que alguien pase y me ayude!

¡No quiero mirar! ¡Quiero que esto termine ya! ¡Quiero irme de aquí! ¡Quiero que la bestia de afuera se largue! ¡No quiero estar aquí! ¡¡Tengo miedo, Dios, tengo mucho mucho mucho miedo!! ¡¡Quiero largarme de aquí! ¡Juro que cuando esto termine nunca volveré a este inmundo pueblo! ¡Juro que jamás te haré sufrir de nuevo, Mariana mi amor! ¡Juro que seré mejor de lo que soy!

¡¡DIOS POR FAVOR, AYÚDAME!!

¡¡AYÚDAME, POR FAVOR!!

¡¡SÁCAME DE AQUÍ!! ¡¡SÁCAME DE AQUÍ!! ¡¡SÁCAME DE AQUÍ!! ¡¡SÁCAME DE AQ

Inocencia Perdida

por moreno71 @ Viernes, 28. Mar, 2008 - 22:57:43


Hoy, como todas las mañanas, salí a recoger el diario, más dormido que despierto. Es un ritual de todos los días. Como lo es también el que empiece a hojearlo de atrás hacia adelante, en busca de la sección deportiva y pasando antes que nada por la sección policiaca o de nota roja, como se le conoce en algunas partes.

Por lo regular es lo mismo todos los días: asaltos menores, ajustes de cuentas en la capital del Estado entre bandas de aprendices de narcotraficantes, pandilleros que hacen de las suyas... Sin embargo, hoy hubo una nota que llamó mi atención, de una manera sorprendida, indignante, triste: relataba el arresto de un joven de 14 años que había sido sorprendido en flagrancia violando a otro menor... a un niño de solamente tres años de edad. Lo sorprendió la madre de éste último.

Un niño de 14 años violando a uno de 3... ¿qué demonios pasaba por la cabeza de ese mozalbete? ¿Qué rayos tiene que haber en la mente de este inadaptado para sacar el nervio de atacar a un indefenso niño?

Cierto, a esa edad uno está a merced de las hormonas. La exploración y descubrimiento del sexo es parte de la curiosidad natural. La masturbación es un hábito frecuente en esa ápoca de la vida. Pero una cosa es pensar en sexo casi todo el día, y otra muy diferente y abominable es el buscar satisfacer los deseos carnales a cualquier precio... El perder de vista la línea que separa la cordura de la locura... el no distinguir la frontera que hay entre un ser humano y una bestia dominada por los instintos.

¿Qué tipo de pensamientos le hicieron pensar a ese joven que hacer lo que hizo estaba bien, mientras no lo descubrieran? ¿En qué punto ese joven decidió que no, que él no se masturbaría como los demás, sino que buscaría saciar sus instintos "como gente grande"? ¿Qué "razonamientos", si se les puede así llamar, le hicieron despreciar la voluntad e inocencia de un pobre niño de 3 años, todo por apaciguar una malsana excitación?

Intento imaginármelo, y no consigo encontrar una línea de pensamientos que haga que pueda medio comprender el oscuro laberinto que seguramente se enseñorea de la mente de un niño de 14 años y que haga que se desemboque en un acto tan deleznable como éste. Y no me queda más que preguntarme... ¿qué es necesario que pase para que se pierdan así los valores? ¿Qué se necesita para tener una imagen tan distorsionada de la sexualidad, de lo moral y lo inmoral, de lo correcto y de lo incorrecto?

Pueden ser tantas cosas. Como una evidente y obvia falta de educación sexual; quizá amistades no aptas para la edad, problemas psicológicos, adicciones, e influencia del medio en que se desenvuelve. Y es a ésto último que me gustaría referirme como algo alarmentemente pernicioso en la actualidad para muchos niños y jóvenes, que viven expuestos a un continuo bombardeo en diferentes medios de mensajes que, sin la educación necesaria, pueden llevarlos a formarse una imagen errada de sí mismos y del mundo.

Hoy en día las revistas y programas de TV para jóvenes les dicen que "mientras más tienes, más eres". Los sentimientos no importan. Sólo vale el consumir, el tener, el sentir, el experimentar, el ganar y el comprar. Hay que crecer de prisa, o, mejor aún, no ser un niño. Ser niño está bien, pero no pierdas demasiado tiempo en eso: crece e intégrate pronto a la sociedad consumistamente activa. NECESITAS este videojuego nuevo... NECESITAS éste moderno teléfono celular... NECESITAS aparentar ser más grande de lo que en realidad eres. Compra. Consume. Gasta. Aparenta.

Este bombardeo subliminal llega a un chocante extremo en el terreno sexual. El sexo está presente en todos lados, y, lo peor, de una manera descontrolada y alejada de la realidad. Hoy los niños y jóvenes tienen un acceso a la pornografía escalofriante, que, en revistas, películas y páginas de Internet, están ahí 24 horas al día.

Es triste y preocupante cómo basta el caminar por las calles para darse cuenta que en cualquier puesto de revistas (donde hace unos años uno podía comprar verdaderas revistas divertidas e interesantes, como historietas tipo Archie, Superman, La Pequeña Lulú, y revistas de divulgación científica popular como el Muy Interesante, Omni, entre muchas otras) lo que abunda es el género para adultos en historietas tipo Manga o vulgares e insulsas revistillas semipornográficas. Antes el conseguir una de éstas revistas -que se convertía en una especie de "travesura" o "hazaña" juvenil para "presumirle" a los amigos- era algo no muy fácil de lograr. Hoy lo difícil es exactamente lo contrario. Lo difícil es NO encontrarlas.

Están ahí, a la vista de todos. Antes siquiera se tenía la delicadeza de colocarlas semiocultas, en lo más alto del kiosco o disimuladas con colores oscuros, y sólo quienes las buscaban expresamente sabían que ahí estaban. Hoy no. Hoy cualquiera puede verlas, sin importar que sean niños, niñas, mujeres u hombres de todas las edades. Y dominan el surtido de que dispone cualquier puesto de revistas. Adiós a las revistas para niños o de humor blanco. El sexo es un mejor negocio.

¿Cómo controlar lo que los niños ven? ¿Cuántos de nosotros nos sentimos capaces de explicarle a un niño que la pornografía es una imagen distorsionada del sexo, procediendo a explicarle la diferencia?

Sin embargo, y con todo lo anteriormente expuesto, para mí el problema más grave está al interior de las puertas del hogar de esos niños. Y no me refiero al asunto Internet y sus millones de páginas pornográficas, ya que éste medio no es aún algo que esté al alcance de todos de manera particular. Me refiero a la imagen que los mismos padres dan e inculcan a sus hijos con respecto al sexo y a los valores en general.

¿Qué imagen se forja un niño al que se le enseña que las canciones donde se presenta a la mujer como mero objeto sexual, o melodías que son apología de la violencia y la estupidez, son lo más normal del mundo?

¿Qué imagen se forja un niño para el que ver, en cualquier fiesta o reunión, niñas de unos cuantos años de edad bailando casi como bailarinas de centro nocturno o teiboleras es lo más normal del mundo?

¿Qué piensan algunas madres que se empeñan a vestir a sus hijas de las más tiernas edades como muchachas mayores, con ropa ajustada y maquilladas? ¿Para qué quieren que se vean así? ¿Por qué no vestirlas de acuerdo a su edad?

¿Qué tiene que hacer una niña de tres o cuatro años escuchando canciones donde se denigra a la mujer, bailando de manera impropia para su edad, y vistiendo como mujer mayor? ¿Qué persiguen los padres al permitir semejante cosa? ¿Creerán que se ven muy bien?

Yo nunca he entendido eso, y la verdad me indigna cuando lo veo. A esos niños se les está robando su infancia; y todo con la complascencia de sus padres. Apenas lo puedo creer. Y luego nos sorprendemos y nos rasgamos las vestiduras cuando suceden cosas tan repugnantes como la de la noticia de hoy.

Los niños deben ser niños. Y los padres deben ser verdaderos padres. Y cuando aparece un titular como el del diario de este día, debería procederse con todo el rigor de la ley, incluyendo a todos los involucrados.

Porque para mí lo más grave es ese niño de tres años que ninguna culpa tenía de nada.

¿Qué habrá en su cabecita en este mismo momento?

Pobre... pobre niño. Ojalá pudiéramos regresarle su inocencia, que le fué robada de manera tan repugnante.

Ojalá esto nunca hubiese pasado.

Memorias de un Amnésico

por moreno71 @ Miércoles, 26. Mar, 2008 - 21:35:40

Seguramente a alguien allá arriba no le gustó mucho mi último post, porque me pasé los "días santos" en cama, ardiendo con 40.

Y no es que haya tenido una mega orgía con 40 participantes, ¡no!, sino que tuve una maldita fiebre de casi 40ºC que me echó a perder todos los días de descanso que se suponía iba a tener (jueves, viernes, sábado y domingo), y me mantuvo encamado y alejado de cualquier escritura que no fuera el comentario a algunos posts y el responder a los comentarios del mío. Curiosamente, esa fiebre me asaltó el miércoles por la noche y, como apuntan las Leyes de Murphy, se me quitó justo la tarde del domingo, dejándome más que listo para presentarme a trabajar el lunes...

Sí... alguien tiene un sentido del humor muy particular y se divirtió de lo lindo echándome a perder mis días de asueto con semejante calentura. La fiebre llegó a ser tan, pero tan endiabladamente elevada, que cuando iba al baño para orinar, me salía puro vapor. Así que imagínense mi drama.

El caso es que los posts que quería terminar en esos días se quedaron esperando una mejor ocasión, aunque tuve oportunidad de pensar en algunos nuevos y, sobre todo, de recordar varias anécdotas que a primera vista no se relacionan entre sí, pero que la verdad es que tienen algo en común: mi asombrosa e increíble capacidad para cometer estupideces y/o hacer el ridículo. Y es por eso que decidí empezar esta serie de anécdotas nada maravillosas, pero que me encanta platicar cuando no tengo nada mejor qué hacer... que es mucho más seguido de lo que yo msimo quisiera.

Tal pareciera que las mencionadas Leyes de Murphy se escribieron especialmente para un cierto grupo de personas, al cual tengo la dudosa honra de pertenecer. Un grupo selecto con un superpoder muy especial para decir o hacer cosas en el peor momento o en el peor lugar. Como cuando uno va a la tienda a comprar huevos y, con toda la inocencia del mundo y nuestra mejor sonrisa le preguntamos al dependiente: "disculpe... ¿tiene usted huevos?". Y tiene uno suerte de que no le digan que sí, pero que le pase a lo oscurito para mostrárnoslos.

O como cuando fuí a ver un partido de futbol a la capital y durante el juego me dieron ganas de ir al baño, y, una vez dentro, jamás me percaté de que no había urinarios. Sólo me dí cuenta que había entrado al baño de mujeres cuando entró una mientras me terminaba de lavar las manos y me miró como si yo fuera un depravado. Y confieso que al principio pensé: "jejeje... pobre vieja... la sorpresa que se va a llevar cuando sepa a cuál baño entró". Y, al darme cuenta de mi error, salí huyendo como flecha de ahí.

Pero si de despistes se trata, mejor los dejo con este episodio que me sucedió hace unos cuantos años...

Iba muy apurado en mi automóvil (bueno, el de la compañía), rumbo a un edificio algo retirado donde habría una junta muy importante, y tenía que llevar unos documentos para firmar. Con las prisas, al bajar del coche subí los cristales de las ventanillas, le puse los seguros a las puertas y las cerré... dejando las llaves dentro, aún pegadas al cilindro.

Me maldije mil veces por mi torpeza, porque en cuanto terminara la reunión tenía que regresar rápidamente a la compañía donde trabajo. Consulté mi reloj y vi que aún me quedaba algo de tiempo para buscar un cerrajero que me abriera la portezuela. Busqué en los alrededores, pero todo para nada. Ni uno solo. Desesperado, tomé un taxi y me dirigí en su búsqueda. El paseo me salió en un ojo de la cara, pero finalmente encontré un cerrajero disponible y, tras explicarle atropelladamente mi problema, le dije que le pagaría el taxi de regreso, pero que por favor me acompañara; aceptó de mala gana, pero allá fuimos.

Una vez junto a mi auto, y con el taxista esperando, le tomó unos cuantos minutos el abrir la puerta. Aliviado, le pagué el otro ojo de la cara que me cobró el muy infeliz, y en cuanto tuvo el dinero en sus manos se subió al taxi y se largó de ahí como si estuviera yo apestado.

Lo ví alejarse, ya más tranquilo por haber resuelto mi problema. Consulté nuevamente mi reloj, y vi sobresaltado que ya estaba algo retrasado para la reunión. Tenía que correr. Así que le puse el seguro a la portezuela y la azoté, cerrándola...

... con las putas llaves aún dentro.

Un Hombre en la Soledad

por moreno71 @ Miércoles, 19. Mar, 2008 - 21:38:01

jesus-christ-superstar-last


Por fin... un momento de relativa tranquilidad.

Después de horas interminables de un ir y venir constante, sin tregua... después de días de sufrimiento psicológico y horas de sufrimento físico, de insultos, de humillaciones, al fin hay un instante en que el tiempo parece haberse detenido. Los rayos de un sol inclemente bañan su demacrado rostro, perlado de gotas sudor y cubierto por ríos de sangre que surcan unas arrugas que en cuestión de días se han acentuado mucho más que en años. Una multitud enardecida a la distancia se arremolina, intentando acercarse, mientras gritan, hacen ademanes agresivos, ríen y algunos... sólo algunos, lloran.

Sí, gritan, pero él apenas puede escucharlos. En medio de su borrosa visión apenas puede distinguirlos a la distancia. Un dolor inmenso es el dueño absoluto de su cuerpo... un dolor que es tan grande que casi no le permite pensar en otra cosa que no sea su sufrimiento. La cruz acaba de ser fijada al suelo, y una relativa calma por fin se ha hecho presente, aunque sólo sirve para permitirle darse cuenta de su triste y dramática situación. Hay un mar de gente apiñada a sus pies, pero él está solo.

Con manos y pies clavadas al madero, apenas puede girar la cabeza en busca de un rostro que lo haga olvidar un poco su dolor, aunque la corona de espinas que han ceñido a ella le torture inmisericordemente con cada movimiento. Busca con la mirada solamente, girando unos ojos que desearían más estar cerrados. Por fin, ahí, semioculta entre la multitud, puede verla... su madre, que llora silenciosamente... sufriendo tanto como él mismo al verlo así, a su hijo, víctima de todo y de todos. Ella lo mira a los ojos, diciéndole con la mirada que le duele tanto como a él, sino es que más. Que daría su vida por ocupar su lugar con tal de no verlo en esa situación. Él intenta sonreír, pero sencillamente no puede. El brillo del sol, que parece ser mucho más intenso de lo normal, lacera sus ojos. Todo su cuerpo es una masa sanguinolenta, y es increíble cómo puede seguir vivo después de tanto castigo.

Hace unos días él temía este momento, y ahora se da cuenta que aquello que lo había atemorizado es mucho más de lo que nunca imaginó. Y quizá lo peor es esta sensación de soledad... de profunda, inmensa y completa soledad... y, sobre todo, el estar a solas con sus pensamientos, que le gritan que las cosas quizá no son como él pensaba... ¿Dónde estaban aquellos que hace poco lo aclamaron?... ¿Por qué nadie lo ayudó?... Y, ¿por qué el no dejó que lo ayudaran?... ¿Qué estaba pensando para no permitirlo?

A su derecha e izquierda han crucificado a otros dos hombres... nadie parece prestarles atención... pero uno de ellos le grita incansablemente, iracundo, dolido, desesperado... Oh, Dios... que se calle, por favor... el dolor es demasiado grande, la luz demasiado intensa y los sonidos demasiado estridentes para soportarlos... lo mira, y puede ver un rostro tan golpeado como el suyo, pero con odio en los ojos, gesticulando amenazante... apenas si entiende lo que dice. Cierra los ojos, resignado a resistir ese nuevo tormento, cuando escucha otra voz a su otro costado... es el otro hombre...

Dios, no... por favor, basta... que se calle... que se callen los dos...

El segundo hombre reprende al primero, y éste guarda silencio... pero ahora se dirige a él.... le pide que se acuerde de él cuando reine, o algo así... Oh, no... ya basta... ya no quiere saber de nada más... sólo quiere que todo esto termine de una vez.... Como siempre supo hacer, le dice trabajosamente al hombre lo que él sabe que desea escuchar, con tal de que guarde silencio. Estará con él en el Paraíso, sí... Pero que ya no le hable... que ya no le pida cosas... que ya lo deje en paz... que lo deje a solas con su inmenso sufrimiento...

No. Nunca imaginó que ésto sería así. Es demasiado. Es demasiado para cualquier hombre. Incluso para él, el Hijo de Dios... el Hijo de Dios... el Mesías...

El Hijo de Dios...

Esa frase se queda dando vueltas en su mente. Él es el Hijo de Dios... así lo ha pensado siempre... también así lo dicen todos... sólo que hoy, en este día infernal, tiene muchas preguntas...

¿Por qué duele tanto?

¿Por qué se siente tan humano...tan poco divino?

¿Por qué tiene tanto miedo, desde el Jardín de los Olivos?

¿De qué manera ayuda el que sufra de esta manera tan horrenda? Otros han sido sacrificados de la misma manera antes, y ciertamente muchos correrán la misma suerte después... ¿qué hace lo suyo diferente de lo de los demás? ¿Acaso el que es el Hijo de Dios?

Y si es el Hijo de Dios... entonces, otra vez, ¿por qué tiene tanto miedo? ¿Por qué la pretendida certeza de que ésto es sólo una fase pasajera y que resucitará pronto no lo consuela?

Piensa en eso y la respuesta lo hace temer aún más... y es porque ya no está tan seguro de lo que él mismo creía... ya no está seguro de estar haciendo lo correcto...

Oh, Dios... duele tanto... el respirar le cuesta tanto trabajo... Cada inspiración hace que sienta mil punzadas de dolor en su pecho... cada exhalación hace que sienta ahogarse.El calor es inhumano... los rayos del sol castigan sus ojos, su piel, sus heridas... su propio sudor lo quema. El más mínio movimiento de su cabeza es una tortura con esa corona de espinas, que siente cómo penetran su piel y tocan su cráneo, en un martirio delirante... La debilidad lo va derrotando poco a poco; su cuerpo lo siente más pesado. Sus manos y sus pies resienten ya la fatiga y el dolor provocado por esos clavos... brazos y muslos se han empezado a adormecer... la multitud aún grita, al igual que el hombre a su lado, pero sus voces se escuchan cada vez más lejanas...

Ya no puede más.

¿Cómo es que el Hijo de Dios sufre tanto? ¿Y por qué sufre? ¿Cuál es el plan de su Padre? ¿Por qué no se lo dijo?

¿Será, acaso, que todo era una farsa? ¿Será que ha estado engañándose a sí mismo? Porque... ¿por qué Dios nunca le respondió a sus plegarias? ¿Por qué guardó siempre silencio? Ahora, en este día tan terrible, no puede recordar una sola ocasión en que le haya respondido, de la misma manera que guardó silencio en el jardín de los Olivos ante su súplica de alejarlo de este trance tan doloroso.

¿Y dónde está ahora? ¿Observando? ¿Por qué no se apiada de él?

Con las pocas fuerzas que le quedan, cierra los ojos y respira agitada y trabajosamente, mientras siente la frustración, la impotencia, el dolor y la desesperación llenar su pecho... dos lágrimas escapan de sus ojos...

- ¡¡DIOS MÍO, DIOS MÍO!! ¿¿POR QUÉ ME HAS ABANDONADO??

Nada. Sólo el apagado murmullo de la gente y el viento.

No hay respuesta a su súplica.

Quiere gritar de nuevo, pero ya no puede. Y aún si pudiera... ¿serviría de algo?


No. Él lo sabe. No hay remedio. Su suerte está echada... y él mismo lanzó la moneda sin que nadie se lo pidiera. Ahora no sabe si es más fuerte el dolor físico... o el dolor de sospechar que siempre vivió una fantasía, un sueño del cual sólo está despertando ante la muerte que poco a poco lo toma entre sus brazos. Quizá, después de todo, él no es el Hijo de Dios... tal vez no sea el hijo de ningún dios... quizá no haya Dios alguno... al menos, no lo hay en este momento, cuando más lo necesita... Quizá sólo quiso creer y se convenció a sí mismo, y a otros, de que lo había.

Quizá él sólo es tan sólo otro hombre que soñó que un día sería un dios.

Abre los ojos, abatido, derrotado... y mira con vista borrosa el horizonte de la tierra que lo vió ser un ídolo, y que ahora lo ve morir como un criminal para unos, y como un ser divino para otros...

Pero él sabe que es tan sólo un hombre. Y es uno que en esos momentos es el hombre más solitario del mundo. Si tan sólo tuviera una segunda oportunidad...

Resignado a su destino, se encomienda al dios que lo abandonó, con la esperanza de que lo reciba en el reino que hace poco le prometió al hombre a su derecha, y que hoy más que nunca duda que exista...pero es todo lo que le queda. La esperanza de que sea real y no un sueño.

Cierra los ojos... y espera la llegada piadosa de la muerte. Sólo ella puede librarlo de este sufrimiento. Dios, su pretendido padre, no lo hizo.

Porque Dios...

...Dios al parecer no existe.

Lo siento... yo no puedo...

por moreno71 @ Sábado, 15. Mar, 2008 - 19:53:48


El sol empezaba a descender en el cielo vespertino aquella tarde cuando, desde la planta alta del edificio de la compañía para la que trabajo, lo ví pasar al otro lado de la avenida. Con pasos cortos y rápidos, enfundado en ropas que distan mucho de ser deportivas y que dejan ver par de piernas muy delgadas, evidenciando años de falta de ejercicio, va mi padre caminando.

Lo contemplo en silencio, y no puedo evitar sentir algo que se acerca mucho a la compasión al observar su cada vez más escasa blanca cabellera, su postura progresivamente más encorvada y su andar apresurado al mismo tiempo que errático, cumpliendo el ritual de su caminata, que realiza dos veces al día, todos los días, desde hace unos 15 años, un par después de la muerte de mi madre. No lo hace por convicción propia o por deporte... al menos no lo era en un principio, ya que empezó esa rutina por recomendación médica. Aún en los años en que trabajaba, mi padre llevó una vida sedentaria que se refleja ahora en buena medida en su físico. Sin embargo, y merced a esa costumbre forzozamente adquirida, es un hombre fuerte para sus 73 años.

Algo dentro de mí, quizá esa parte de mi persona que aún es un joven, me dice que baje y vaya a saludarlo... pero no lo hago. El hacerlo será casi como comprometerme a visitarlo, o al menos a darle la esperanza que lo haré pronto o que tengo ganas de conversar con él. Será como demostrarle que soy alguien que en realidad no soy la mayor parte del tiempo. No me apetece visitarlo y siento algo de culpa por ello, porque su casa está a tan sólo dos cuadras de mi trabajo, pero voy a verlo muy de vez en cuando y siempre con prisa por retirarme.

Son tantas cosas las que me hacen sentir esa urgencia... Es incómodo el visitarlo y recibir reproches por las veces en que no lo he hecho... Es incómodo el ver que intenta hacerme sentir culpable por todo lo que le pasa... es incómodo el escucharlo pedir algo que él nunca supo dar.

Lo miro de nuevo al otro lado de la avenida, y me pregunto si alguna vez imaginó que las cosas llegarían al punto en que hoy están. Me pregunto si imaginará siquiera lo que puede estar pensando de él el menor de sus 9 hijos... que soy yo.

Y es que lo quiero, claro. Es mi papá...Pero tengo que confesar que dentro de mí le guardo algo de rencor...

Mi padre hoy puede parecer frágil, e inspirarme este sentimiento de compasión, pero en realidad él fué un hombre que en sus tiempos fué duro y hasta cierto punto insensible. Alguien que pedía una disciplina y un comportamiento que él estaba lejos de poder dar, y que, como jefe de la casa, se encargaba de exigir sin admitir réplica alguna. Y cuando de aplicar su idea de "correctivos" se trataba, no le temblaba la mano para hacerlo.

He de aclarar que él jamás nos puso una mano encima a ninguno de nosotros; nunca nos pegó. Pero siempre he pensado que hubiera preferido mil veces una buena paliza de su parte que aquellos regaños tan traumatizantes que todos en casa aprendimos a temer. El escuchar su voz enojada, implacable, pero, sobre todo... el ver su expresión... esos ojos que echaban lumbre... esa mirada que parecía penetrar nuestras mentes... eso era aterrador. Eso es lo que no podíamos soportar.

Sólo hasta después de la muerte de mi madre pude comprender el inmenso amor que ella nos tenía al protegernos hasta donde le fué posible. Le hizo frente sin armar escenas frente a nosotros, sus hijos. Pero aún así mi padre imponía a base de obstinación y cerrazón la mayor parte de las veces su voluntad.

Mi papá nunca nos inculcó el gusto por practicar un deporte, en parte porque a él no le gustaba ninguno, pero básicamente porque no le interesaba. No pasaba tiempo con nosotros. Su idea de convivir con sus hijos era el llevarnos de paseo sin prestarnos atención, el ver televisión juntos o, cuando bien nos iba, llevarnos muy de vez en cuando un domingo a un río o a la playa. Lo único de provecho que podría habernos enseñado era el conducir un automóvil (algo que por su trabajo hacía diariamente), pero nunca lo hizo. Jamás le preocupó. Para eso no le tuvo paciencia ni a mi madre, quien después de dos o tres clases prefirió mejor dejar ese asunto por la paz con tal de no tener que escuchar sus regaños. Los hijos que aprendimos finalmente a manejar tuvimos que hacerlo por otro lado y todos siendo ya adultos de casi 30 años.

Mi papá sabe escribir muy bien, y muchas veces he pensado que heredé su gusto, que no su talento, por la escritura, pero él no hizo por fomentar ésto ni en mí ni en nadie. Fué mi madre quien me enseñó a leer y a adquirir el gusto por la lectura. Fué ella quien, con su ejemplo, me hizo encontrarle el gusto a hacer ejercicio físico. Y fué ella quien me protegió a mí, el menor de sus hijos, de sufrir lo que algunos de mis hermanos sufrieron y que ella, por una razón u otra no pudo impedir.

Con algunas excepciones, ninguno de nosotros, sus hijos, fué lo suficientemente bueno para mi padre. Todo le molestaba. Todo le parecía mal. Me tocó ver cómo regañaba fuertemente a un hermano mío, Alfredo, por cambiar de posición al dormir mientras mi papá veía televisión en el mismo cuarto. Lo interpretó como una señal de molestia de mi hermano ante el sonido y la luz del televisor y eso le valió una severa e injusta reprimenda. Con el paso de los años, Alfredo prefirió dejar el hogar y hacer vida por su cuenta.

Otros hermanos míos me han contado la manera en que mi papá les ordenaba subir a la camioneta y los llevaba lo más lejos posible a donde mi madre no podía escucharlo, y los regañaba por cualquier tontería que a él le disgustaba. Esas experiencias son cosas que jamás van a olvidar. Ellos comparten mi idea de que habría sido preferible que los castigara con un buen manotazo que doliera, que con aquellas reprimendas tan espantosas.

Sí, le guardo rencor por todo ésto que les acabo de contar, no puedo negarlo a estas alturas. Pero aún así todo eso podría yo pasarlo por alto... podría olvidarlo...incluso podría perdonarlo por no haber sido el padre que todos hubiéramos deseado. Pero hay algo que definitivamente jamás voy a poder perdonarle... algo que por más que quiera olvidar no puedo hacerlo... y sé que, pase lo que pase, no podré olvidar mientras viva...

Y eso es que haya sido tan cruel con mi madre. Y no hablo de infidelidades, que las hubo. No hablo de dinero malgastado cuando tanta falta hacía en casa, que sucedió muchas veces. Hablo de que, cuando mi madre... mi pobre madre sufría en silencio los dolores del cáncer que la consumía, y que finalmente fué la maldita enfermedad que terminó tan injustamente con su vida... cuando más necesitaba el amor y el apoyo de todos nosotros... mi padre, haciendo gala de insensibilidad, cinismo y un absoluto desconocimineto de lo que mi mamá sufría en esos días... andaba de enamorado con otra mujer. Nunca voy a olvidar un día en que mi mamá, sensible como su padecimiento la hacía ser con frecuencia, le hizo un reclamo con ojos llorosos... y él sólo se limitó a hacerse el ofendido, salirse de la casa y largarse a buscar a esa mujer...

Aún se me llenan los ojos de lágrimas al recordarlo... aún siento esa rabia y esa impotencia que me envenenaron el alma en esos momentos... aún siento ese odio contra él... aún siento ese rencor tan vivo como ese mismo día en que cerró la puerta tras de sí y se largó con quién sabe quién. Porque una cosa es que no la quisiera... a ella... a la mujer más sagrada para mí... pero otra muy distinta es que la humillara y despreciara de esa forma.

No.

Nunca se lo voy a perdonar.

No soy nadie para juzgarlo, lo sé. No soy perfecto, y también le he fallado a mi esposa...pero yo al menos he reconocido mis estupideces y le he pedido perdón.

Mi madre finalmente murió, y creo que sólo entonces él tuvo plena conciencia de lo que había sucedido. A veces creo que en el funeral sus lágrimas eran más de arrepentimiento que de dolor.

Hoy con frecuencia dice que tiene momentos de ansiedad y nos llama a un hermano mío o a mí en mitad de la noche para que estemos con él. Yo sé que es su conciencia la que lo atormenta. En más de una ocasión me ha dicho que antes de morir quiere pedirnos perdón a todos por muchas cosas; como si él supiera cuándo va a morir, o tuviera el control sobre eso. Yo sólo lo escucho y guardo silencio.

Y es que, aunque he dicho que jamás voy a perdonarle lo que hizo, en realidad no tengo nada qué perdonarle. Como dije antes, puedo pasar por alto lo que por causa suya vivimos o dejamos de vivir mis hermanos y yo. Puedo ignorar las veces que nos levantamos la voz. Pero no puedo olvidar lo que le hizo a mi madre. Y yo no puedo perdonarle eso... ni ninguno de mis hermanos.

La única persona indicada para perdonarlo era mi madre... y ya no está. Así que tendrá que esperar a que llegue su hora para saber si aún puede disculparse con ella.

Mientras tanto, tendrá que vivir con eso en su conciencia.

Lo miro alejarse allá a lo lejos, al otro lado de la avenida. Se aleja con los últimos rayos del sol, y el sentimiento de compasión es aún más fuerte en mi interior. No puedo decir que lo amo, pero sí lo quiero. Aún con todo este rencor que le guardo.

Y mientras desaparece allá a lo lejos, guiado por sus pasos cortos, rápidos y erráticos, pienso que, si con todo eso que siento por él, aún lo quiero... ¿qué habría sido si hubiese sido el padre y el esposo que debió ser?

Enjugo una lágrima, y me dispongo a seguir trabajando mientras mentalmente le digo a mi padre que, a pesar de todo, lo quiero.

A tí te amo, mamá.

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *


-Perfect.-
Simple Plan

Hey, papá, mírame,
Piensa en el pasado y háblame,
¿Crecí de acuerdo a lo planeado?
¿Y crees que estoy desperdiciando mi tiempo
Haciendo las cosas que quiero hacer?
Me duele cuando desapruebas todo en mí.

Y hoy me esfuerzo por salir adelante
Yo sólo quiero hacerte sentir orgulloso
Pero nunca voy a ser
Lo suficientemente bueno para tí.
No puedo fingir que estoy bien
Y no puedes cambiarme.

Porque lo perdimos todo,
Nada dura para siempre...
Lo siento,
No puedo ser perfecto.
Ahora es demasiado tarde,
Y no podemos volver atrás...
Lo siento,
No puedo ser perfecto.

Trato de no pensar
En el dolor que siento en mi interior...
¿Sabías que tú solías ser mi héroe?
Todos esos días que pasaste conmigo
Se ven hoy muy, muy lejanos,
Y siento como que ya no te importa más.

Y hoy me esfuerzo por salir adelante
Yo sólo quiero hacerte sentir orgulloso
Pero nunca voy a ser
Lo suficientemente bueno para tí.
No puedo soportar otra pelea
Y nada está bien.

Porque lo perdimos todo,
Nada dura para siempre...
Lo siento,
No puedo ser perfecto.
Ahora es demasiado tarde,
Y no podemos volver atrás...
Lo siento,
No puedo ser perfecto.

Nada cambiará las cosas que dijiste
Nada hará que esto esté bien de nuevo...
Por favor no me des la espalda
No puedo creer que sea tan difícil
El sólo hablar contigo
Pero no comprendes...

Porque lo perdimos todo,
Nada dura para siempre...
Lo siento,
No puedo ser perfecto.
Ahora es demasiado tarde,
Y no podemos volver atrás...
Lo siento,
No puedo ser perfecto.

Porque lo perdimos todo,
Nada dura para siempre...
Lo siento,
No puedo ser perfecto.
Ahora es demasiado tarde,
Y no podemos volver atrás...
Lo siento,
No puedo ser perfecto.