
La Diabetes es, según su definición, "un grupo de enfermedades que se caracteriza por los altos niveles de glucosa en la sangre causados por defectos en la producción de insulina, en la acción de la insulina, o en ambas". Y sigue una larga explicación de síntomas, factores, causas y consecuencias de la enfermedad, así como los riesgos.
Sin embargo, para mí la diabetes es, aparte de lo anteriormente expuesto, mucho más que una enfermedad. Para mí es lo que vino a pegarme en la torre en mi vida normal (o lo que hasta antes de saber que la padecía era mi vida normal). Porque a pesar de que ya soy un hombre que se acerca como flecha a los temidos 40 años de vida, tengo gustos que serían la envidia de cualquier chamaco de 4 años.
Me gustan los cereales saborizados (concretamente el Froot Loops, el Trix y las hojuelas de maíz escarchadas con azúcar), la leche con chocolate -que aquí coloquialmente llamamos "chocomilk"-, el pan dulce, los refrescos de naranja y cosas así. Obviamente, el que me guste todo eso no significa que los coma juntos, o todos los días, no. Si lo intentara siquiera, mi esposa se encargaría de impedírmelo amorosamente, inmovilizándome de tal manera que terminara pareciéndome al doctor Hannibal Lecter. Así que mejor ni le muevo a ese asunto.
Y ya se imaginarán el trabajo endemoniado que me ha costado el adaptarme al nuevo estilo de vida. Se acabaron los cereales de sabores, y ahora sólo puedo comer Corn Flakes sin nada de azúcar. Ya no más leche con chocolate, ya que ahora sólo es leche descremada pura la que debo tomar. Adiós a los refrescos embotellados normales para dejarles su lugar a las ocasionales versiones "light" de los mismos. Amén de una serie de cosas que me encantaba comer alegremente y que hoy sólo puedo oler, mirar o recordar con cariño y gula. Al principio sentía que el privarme de todo aquello que me gustaba equivalía a llevar una dieta que ni el mismísimo Gandhi soportaría.
No obstante, existen en el mercado infinidad de productos especiales para los diabéticos como yo. Sólo que hay dos cosas que no entiendo. Una: los fabricantes han de pensar que junto con el azúcar en la sangre a los diabéticos nos aumenta el dinero en los bolsillos, porque cada cosa de esas cuestan como si uno estuviera comprando acciones de la compañía o un páncreas nuevo. Y dos: no me explico cómo rayos esos productos que no tienen azúcar son endiabladamente más dulces que los que sí la tienen. Y si a eso le sumamos que no se distinguen por su delicioso sabor precisamente, hacen que uno extrañe los viejos días.
Aún recuerdo unas galletas especiales que compré al inicio de mi dieta forzada: literalmente no pude comer una sola de ellas. Me ví tentado a mejor tragarme la caja de cartón en la que venían, o la comida de mi gata, porque sin importar a qué supiera, era seguro que sabría mucho mejor que esas porquerías que vendían como galletas. Y ni qué decir de la sal para diabéticos... un hueso pulverizado de momia de Guanajuato ha de saber mejor que eso.
Ignoro por qué el progreso ha llevado a la sociedad a esta especie de culto al azúcar e incluso a la dependencia a la misma, pero es casi imposible ir por la calle o mirar televisión sin toparse con algún anuncio de refrescos, pastelitos, galletas, dulces, jugos, panes y demás porquerías cargadas de azúcares. Y uno los mira mientras le hinca el diente a una suculenta, exquisita y jugosa vara de apio. Muéranse de envida.
A pesar de todo, y aunque me las he arreglado bastante bien (más que nada porque mi esposa no me deja caer en demasiadas tentaciones), hay algo que aún definitivamente me ha costado trabajo asimilar, y eso es el abstenerme del pan dulce. Si tengo algún vicio en mi vida, es ése, precisamente. Y creo que me resultaría más fácil aprender a hablar chino mandarín con los ojos vendados recibiendo clases de un mudo, que dejar de comer pan. Y dudo muchísimo que algún día me acostumbre. En ese sentido, prefiero adoptar el slogan de mi hermano -diabético también-: "prefiero morirme de la diabetes, que de hambre". La carne es débil, sin duda, y la imagen que utilizo en mi blog no es producto de la casualidad. Es ni más ni menos que el Monstruo Comegalletas de Plaza Sésamo. Y me pregunto, y me roba el sueño, y me consume la vida la duda de si esa galleta que sostiene en su mano será libre de azúcar.
Mientras tanto pasa la vida con mis dos pastillas diarias, con la mirada de gula ante las dulces tentaciones que acechan en cada esquina, con productos intragables para diabéticos y con mi mirada de envidia cuando veo a alguien tomando helado de pistache o chocolate mientras yo le doy un trago a mi vaso de agua.
Pero aprovecharé que mi esposa no está en estos momentos, para atragantarme con todo aquello que se supone no debo comer... poco veneno no mata, dicen por ahí. Y cuando el gato no está en casa, los ratones juegan.
Si no posteo nada esta semana, seguramente será porque me atraparon con las manos en la masa (dulce) y me dejaron como la fotografía que encabeza este post.
Saludos!
Momias
Siempre leo tus post primero y luego pincho la música. Cuando llevaba la mitad de la lectura de éste, ya sabía la canción que iba a escuchar. Te lo juro. No sé porqué se me vino a la mente. Es una canción del año 1969, (cuando yo tenía 13 años y andaba medio enamorada de El Sori)que he bailado infinidad de veces en el patio
Y algunas más española que tu no conocerás, más que todo por la edad. Fíjate si soy una verdadera Momia.
Volviendo al post te digo que he sentido cada palabra y cada situación que cuentas. Ya sabes que es un tema al que he estado muy cercana, por lo tanto la similitud es casi idéntica, aunque contradictoriamente hay una gran diferencia: Tu gran sentido del humor ante la situación y la habilidad que tienes para manejarla.
Te admiro por ello. La aceptas y además la dominas, y éso no todos son capaces de llevar a cabo.
Un abrazo