
Tengo miedo...
La verdad, tengo miedo...
Llevo más de tres horas aquí, atrapado dentro de mi automóvil, y escribo ésto sólo para apartar un poco mi atención de lo que sucede ahí afuera, que es horrible... pero, sobre todo, de lo que sucede aquí adentro...
Llueve. Es un verdadero diluvio el que cae en estos momentos. El viento sopla furiosamente, y la lluvia tal pareciera que cae casi horizontalmente; el auto se agita ante los embates de las rachas que lo azotan. El sonido de las ramas de los árboles al chocar entre sí es sobrecogedor... atemorizante.
Como si no fuera suficiente la casi absoluta oscuridad de la noche, lo cerrado de la lluvia no me permite ver nada en ninguna dirección, a pesar de que los limpiabrisas funcionan al máximo. Ocasionalmente los relámpagos iluminan todo por fracciones de segundo, y se alcanzan a distinguir las formas de los árboles cercanos, y de las montañas allá a lo lejos. Y eso me ha permitido darme cuenta que estoy en un grave problema.
Estoy atascado en un océano de lodo, en un camino de terracería que desconozco por completo y por el que parecería que nadie ha pasado en mucho tiempo.
Sí... estoy en un grave problema.
Pero lo que sucede afuera es sólo el terrible marco de mi principal preocupación... porque en el asiento trasero de mi automóvil llevo el cadáver de un desconocido. Hace un par de horas, herido gravemente, aún se quejaba, pero hace ya mucho que dejó de hacerlo, y no lo he visto moverse desde entonces. Está ahí, sentado, inmóvil, con la frente apoyada en el vidrio cerrado de la ventanilla, con la boca abierta y las manos tomándose el abdomen, de donde se quejaba débilmente de fuertes dolores antes de quedar en silencio. Los hilillos de sangre que bajaban de su nariz, boca, ojos y oídos se han coagulado ya. Sus ojos están cerrados. No me atrevo a tocarlo. Apenas si me atrevo a mirarlo de reojo por el espejo retrovisor.
Tal vez debí dejarlo tirado en la carretera, donde lo encontré. Ya bastante tenía con lo tarde que se me había hecho en el trabajo, teniendo que manejar solo, sin compañía, por la solitaria carretera estatal de regreso a la ciudad, como para echarme otro problema a la espalda, sin necesitarlo. Nunca debí quedarme a trabajar tan tarde en ese pueblucho incomunicado y tan alejado de todo. Debí esperar hasta mañana para terminar lo que hacía.
Debí esperar.
...Esto me pasa por hacerle al Buen Samaritano.
* * * * * * * * * * * * * * *
Había empezado a llover apenas cuando salí del pueblo rumbo a la ciudad, rumbo a mi casa. Debido a la lluvia, la noche llegó mucho más temprano. Había conducido tres o cuatro kilómetros cuando, salido de la nada, un camión de carga me rebasó velozmente, sobresaltándome por lo cerca que pasó de mi coche. Lo perdí de vista cuando tomó la curva que había adelante.
Un par de segundos más tarde escuché apenas el chirriar de unos neumáticos al frenar violentamente, y el pelo se me erizó del susto. Cuando salí de la curva miré las luces traseras del camión, que se alejaba a toda velocidad. Y fué entonces cuando ví a este hombre tirado sobre el mojado asfalto. El camión lo había atropellado, dejándolo ahí, abandonado a su suerte. Apenas tuve tiempo de reaccionar y de maniobrar para evitar el pasarle por encima yo también.
Honestamente, dudé en detenerme a auxiliarlo o seguir mi camino... pero finalmente me quedé a ver si podía ayudarlo. El hombre apenas se movía y se quejaba débilmente. La lluvia hacía correr por el pavimento la abundante sangre que derramaba. Ví que tenía fracturas, pero era arriesgarme a levantarlo o dejarlo morir decidiendo. El tiempo era muy valioso, y no podía perderlo pensando.
Un enorme perro, seguramente su mascota, se movía desesperado a su alrededor, olisqueándolo. Tal vez lo acompañaba al momento del accidente. Me gruñó y ladró mientras examinaba al infortunado sujeto, como si deseara que no me acercase a su amo. Incluso me mordió fuertemente una pantorrilla mientras a duras penas lo cargaba y lo acomodaba en el asiento trasero. Me dolió muchísimo, y apenas pude evitar el soltar mi carga. Luego lo aparté y lo pateé con violencia, pero aún así continuó gruñéndome y ladrando sin cesar. Mi pierna derecha sangraba.
Subí a mi coche y arranqué en seguida. Ya estaba metido en ese lío y no quería que aquel hombre se muriera en mi vehículo y me metiera en un problema aún mayor. Estaba yo arrepentido y desesperado.
El perro corrió tras de nosotros unos instantes, hasta que lo dejé atrás y se perdió en la oscuridad.
* * * * * * * * * * * * * * *
Acabo de escribir el párrafo anterior y un trueno ensordecedor me sobresaltó. La lluvia ha arreciado aún más. El relámpago previo me permitió ver fugazmente que el nivel del agua (o del lodo, mejor dicho) del inmenso charco donde mi auto está atascado está subiendo rápidamente. Pronto empezará a meterse por la portezuela. Estoy muy asustado.
Afuera, entre el sonido del aguacero y el viento entre los árboles, escucho otro ruido... una especie de chapoteo... luego como si algo arañara los costados de mi coche... y algo parecido a un gruñido. Por más que, venciendo mi temor, intento ver algo, no puedo distinguir nada. Le temo a las ventanas de noche, e irónicamente ahora estoy atrapado, rodeado de muchas. Ahora sólo oigo el viento y la lluvia.
Mejor no pienso en eso y sigo escribiendo.
* * * * * * * * * * * * * * *
Unos kilómetros más adelante me encontré con que la carretera estaba bloqueada debido al deslave de un cerro. Imposible pasar. Toneladas de tierra, lodo y rocas lo impedían. El hombre se quejaba dolorosamente del abdomen, y entre sus lamentos me insultaba débilmente, pero con rencor, y me decía que se las iba a pagar... que me iba yo a arrepentir.
Este sujeto seguramente creía que yo lo había atropellado. Ni siquiera me cruzó por la mente el intentar sacarlo de su error, de explicarle. El tiempo apremiaba, y yo tenía problemas mucho mayores que ese. Era de noche, llovía a cántaros, estaba lejos de todas partes, ante un camino bloqueado, con un desconocido moribundo en el asiento trasero y sin saber qué maldita cosa hacer. La desesperación y el miedo ya me habían invadido por completo a esas alturas.
Con la mente trabajando febrilmente, recordé de pronto que unos cientos de metros atrás había visto un camino de terracería con un letrero que indicaba que llevaba a un pueblo distante dos kilómetros. Tras pensarlo unos breves momentos, me decidí a tomarlo. No ganaba nada quedándome ahí, y ese poblado estaba mucho más cerca que el pueblo donde hasta hacía unos minutos estaba trabajando. Ignoraba cómo sería ese poblado, pero por miserable que fuera no se diferenciaría mucho del otro. Y tal vez consiguiera ayuda.
Ahora sé que debí volver al lugar de donde salí. Pero tomé la peor decisión de mi vida, y regresé para enfilar por este maldito camino donde estoy atascado. Había avanzado un kilómetro, más o menos, cuando repentinamente caí en este mar de lodo.
Y sigo aquí. La señal del teléfono celular es prácticamente inexistente. Ocasionalmente pesco una poca, pero sólo durante unos instantes. En una de esas veces pude llamar a mi hermano en la ciudad, pero sólo alcancé a decirle "tengo un problema, ayúdame" antes de que se cortara la señal. He intentado mucho comunicarme de nuevo, pero ha sido inútil. Ahora mi hermano sabe que estoy en problemas, pero no tiene ni idea de dónde estoy, ni la clase de dificultad que tengo.
Estará muy preocupado, sin saber qué hacer o a dónde ir... pienso que quizá habría sido mejor no haberle llamado.
El hombre hace rato que parece que murió ya. Hace un par de horas, creo. Ya no sangra. No se queja. No parece respirar. No se mueve. Y está tremendamente pálido.
* * * * * * * * * * * * * * *
Nuevamente ese chapoteo.
El lodo ya ha empezado a penetrar el interior del coche y me moja los pies. La lluvia y el viento no cesan.
Tengo miedo... mucho miedo...
Cuánto quisiera estar en casa... en la seguridad y comodidad de mi recámara. Quisiera estar revisando los mensajes de mis amigos y escribiéndoles cartas para saludarlos. Y daría cualquier cosa por estar conversando contigo, Mariana... quisiera estar muy lejos de todo esto y poder sentir la paz que tu sonrisa siempre me proporciona. Sentir la seguridad del abrazo con el que siempre dormimos. Te necesito... Las lágrimas nublan mi visión ante tu recuerdo, y desearía, en lugar de estar aquí escribiendo esto, estar redactando una carta más romántica para tí, mi nena... decirte una y mil veces cuánto te quiero, cuánto te adoro. Cuánto te amo.
Desearía estar contigo, abrazándote, y dejar que la noche transcurriera estando tú y yo juntos, fundidos en un beso interminable... ¡te necesito tanto, mi niña!
Ese ruido de nuevo... sólo que ahora es más claro. Es definitivamente un gruñido. Oigo que unas patas, o garras, de algún animal arañan la portezuela de mi lado, como queriendo abrirla, como queriendo entrar...
Un nuevo relámpago ha iluminado todo otra vez, y ahora he visto algo ahí afuera... un animal. Parece un perro, pero con esta luz me ha parecido mucho más grande. Mostraba sus colmillos cuando lo miré esa fracción de segundo. Y ahora aúlla fuertemente... ¡tengo mucho miedo! ¡No quiero mirar más!
¡Quiero irme de aquí! ¡Dios mío, ayúdame, por favor! ¡Dame fuerza! ¡Dame valor!
La lluvia y el viento han arreciado terriblemente. El auto se estremece ante los embates. Sin querer he mirado por el espejo retrovisor, y creo que estoy enloqueciendo... el cuerpo de ese hombre sigue inmóvil... pero juraría que hace un rato tenía la frente apoyada contra el vidrio de la ventanilla... y ahora... tiene los ojos entreabiertos, y la
cabeza vuelta al frente. Sé que es imposible... pero parece mirarme a mí...
¡¡No quiero ver nada más!! ¡¡No puede ser posible, me estoy volviendo loco, me quiero ir YA!! ¡¡Ni siquiera debería estar aquí, yo no tengo nada que ver en ésto!! ¡¡Nada!!
Ahora los relámpagos y los truenos se suceden uno detrás del otro. Una pesada rama cayó con gran estrépito a pocos metros de mí, salpicando de lodo el auto. La batería del auto se agota con rapidez, y los limpiabrisas se han detenido, la luz interior es mortecina... próxima a apagarse. Estoy prácticamente a oscuras, pero no
puedo dejar de escribir. No quiero levantar la mirada... no quiero ver más.
No puede ser... con el rabillo del ojo, a la luz de un relámpago, he visto al animal de afuera... ahora está sobre el cofre del motor del auto. Está frente a mí. No quiero verlo, pero lo escucho gruñir, rabioso... siento su mirada clavada en mí.
Sin quererlo, he levantado la vista y la posé en el retrovisor... y en medio de la casi absoluta oscuridad no ví el cuerpo de ese hombre... no sé si se ha movido o caído, pero ya no lo veo... parece que se desplomó sobre el asiento... pero... no sé... creo sentir que se mueve...
Tiemblo incontrolablemente. El corazón me golpea fuertemente en el pecho. Siento que el aire me falta... apenas puedo respirar. Un trueno más, ensordecedor... cae otra rama, ahora más cerca. La bestia de afuera intenta morder el parabrisas... lo golpea... lo araña con las garras que ahora puedo ver apenas, lo embiste con la cabeza... lo ha astillado ya...¡¡Tengo miedo!! El lodo ya me cubre muy por arriba de los tobillos... y siento que algo se mueve tras de mí... siento que algo, que no quiero ni pensar qué es, toca el respaldo de mi asiento...
En medio de mi desesperación, he intentado salir de aquí... pero apenas al abrir la portezuela el lodo se ha precipitado al interior del auto, y ahora, sentado como estoy por necesidad, ya empieza a cubrirme los muslos. El monstruo de afuera se abalanzó a la portezuela abierta, abriéndose paso entre el lodo, queriendo entrar y gruñendo horriblemente. Metiendo su cabeza al interior, me mordió la mano izquierda con fuerza, pero en mi pánico he sacado fuerzas de no sé donde y lo he golpeado y he cerrado a duras penas la portezuela otra vez. No puedo mover los dedos de mi mano mordida... me duele horriblemente y sangro muchísimo. La bestia se pasea entre el fango alrededor del auto, buscando por dónde entrar... puedo oírlo golpear con sus patas y cabeza los costados del coche... puedo oírlo aullar ...
El viento sopla furiosamente, estremeciendo el frágil ataúd en que se ha convertido mi coche. Necesito salir de aquí. Necesito aire. Siento que algo palpa la parte trasera del respaldo de mi asiento... creo ver con el rabillo del ojo una forma, como una mano, que se deliza en la oscuridad junto a mí... ¡No quiero ver nada! ¡Que alguien me ayude! ¡Que alguien pase y me ayude!
¡No quiero mirar! ¡Quiero que esto termine ya! ¡Quiero irme de aquí! ¡Quiero que la bestia de afuera se largue! ¡No quiero estar aquí! ¡¡Tengo miedo, Dios, tengo mucho mucho mucho miedo!! ¡¡Quiero largarme de aquí! ¡Juro que cuando esto termine nunca volveré a este inmundo pueblo! ¡Juro que jamás te haré sufrir de nuevo, Mariana mi amor! ¡Juro que seré mejor de lo que soy!
¡¡DIOS POR FAVOR, AYÚDAME!!
¡¡AYÚDAME, POR FAVOR!!
¡¡SÁCAME DE AQUÍ!! ¡¡SÁCAME DE AQUÍ!! ¡¡SÁCAME DE AQUÍ!! ¡¡SÁCAME DE AQ
CONSTELACION
Nooo!!!, como nos puedes dejar así, muriéndonos de miedo, en medio de esa nada, donde solo vive el terror???, no resisto esperar por el final!!...noooo!!!
El muerto no ha muerto, esta agonizando infinitamente y molesto contigo, que lo sacaste de una muerte, que el pensó sería mucho mas rápida, que la que le esperaba con el cáncer de estómago que está padeciendo.
El perro tenia la misión, el compromiso prometido a su amo, de enterrarlo rápidamente cuando muriera, para evitar que alguien lo pudiera salvar......ja.ja.ja.
Amigo, genial post!!!
Un beso y un gran abrazo!!