Desgraciadamente, un par de amigas mías -Clemies y AmadaSoledad- atraviesan momentos difíciles. Este año no se ha presentado como el mejor, y, a cambio, se ha revelado como uno especialmente duro. Uno que ha significado como el que ha marcado profundos cambios en sus vidas; cambios a los que ha sido y es difícil adaptarse. Ha sido y es difícil aceptarlo.
Me disculpo por publicar algo que quizá les incomode, pero que lo hago por la alta estima en que las tengo. Pueden estar seguras que lo último que deseo es molestarlas en modo alguno.
Debido a las circunstancias de la vida, la única manera que tengo de demostrarles mi apoyo es a través de las letras.
Van mis palabras con todo mi respeto y con mi deseo de que pronto se recuperen.
Cualquier cosa que yo diga, no cambiará en nada la realidad de las cosas. Decir palabras que suenen bonito es fácil cuando no se está en la situación de aquel a quien se pretende animar. Sólo quien vive las circunstancias puede saber cuánto cuesta el sobrellevarlas. Los toros se ven mansos desde la barrera.
Sin embargo, considero que el solo hecho de que puedas leer este post es bastante bueno por sí mismo. Es difícil el tener que renunciar a todo aquello que antes nos proporcionaba algún tipo de placer y sosiego, y que era parte de nuestra vida cotidiana. Te lo dice alguien a quien hace menos de un año le diagnosticaron diabetes, y que hasta antes de eso su único gran vicio era el comer cuanto se le antojase; y hoy tiene que abstenerse de ello, y comer y beber de manera insípida, al punto de que aquello que hasta hace poco le proporcionaba un inmenso placer se ha convertido en un calvario en muchas ocasiones. Mi esposa puede dar fe de cuánto han cambiado mis costumbres a la hora de consumir azúcar.
Mal de muchos, consuelo de tontos, lo sé. Mi realidad no cambia la tuya. Pero sólo quiero que sepas que comprendo perfectamente cómo te sientes. Y sé que dentro de tí sabes que la vida es un constante cambio; nada permanece para siempre.
Desde el doloroso momento de dejar el vientre materno y venir al mundo empezamos a dejar aquello que nos daba seguridad y confort. Aquello a lo que estábamos acostumbrados. Aquello que nos protegía de un mundo desconocido y duro. Y aún así sonreímos siendo bebés.
Luego fué el tener que caminar por uno mismo, dejando los brazos de los seres queridos que hasta hacía poco nos cargaban y nos prodigaban caricias. Ese andar autónomo viene acompañado de caídas, golpes y raspones mientras nos acostumbramos a ello. ¿Cuántas veces no lloramos por haber tropezado y caído? ¿Cuántas veces no nos lastimaron, tanto moral como físicamente, esas caídas ante los ojos divertidos y condescendientes de los demás, al punto de las lágrimas?
Y aún así sonreímos siendo niños.
Después, tuvimos que dejar los juegos infantiles que ocupaban todo nuestro horario diario. Tuvimos que ir a la escuela, a empezar un largo camino que duraría años. ¿Quién no lloró en sus primeros días de clase, al tener que separarse de su madre, al soltar su mano, al enfrentarse a gente desconocida? ¿A quién no se le hicieron eternas aquellas mañanas de escuela, deseando sólo la hora de regresar a casa, a la seguridad del hogar y de los juegos que tanto deseábamos? ¿Quién no derramó lágrimas alguna vez sólo porque no deseaba ir a la escuela?
Y aún así sonreímos en nuestra infancia y adolescencia.
Y llegó el momento de trabajar, de contribuir al gasto familiar, de adquirir una seria responsabilidad. Adiós a los días feriados de escuela. Adiós a los sábados de dormir hasta tarde. Adiós a las vacaciones de verano, y, a cambio, a esperar las vacaciones anuales de unos cuantos días en el trabajo. Adiós a muchas de las cosas que hacíamos siendo estudiantes. ¿Quién no llegó a estresarse tanto por el trabajo y no derramó lágrimas de impotencia ante el cansancio o las injusticias de los jefes? ¿Quién no añoró esos días de escuela, donde la mayor preocupación era aprobar y pasar de grado?
Y aún así, sonreímos en nuestra adultez.
Y hoy, siendo adultos, extrañamente pensamos que nada ha de cambiar. La vida nos ha mostrado que nunca las cosas han permanecido como a nosotros nos hubiese gustado en su momento... que nos ha dolido cuando ha sucedido... y que, a pesar de ello, hemos encontrado nuevos motivos para sonreír y seguir adelante. Por eso es extraño que no lo asimilemos con la facilidad que se esperaría de nuestra experiencia. No es nada que no hayamos vivido antes de una forma u otra.
Yo antes, hace unos años, solía salir a trotar por el puro placer de hacerlo. Era algo que hacía por gusto; lo disfrutaba. Luego el trabajo me lo impidió poco a poco, hasta que llegué a un punto en que no hice sino esporádicamente y nunca con la constancia de antaño. Prefería llegar y disfrutar de la paz hogareña, descansando tras un arduo y duro día de trabajo.
Hoy, obligado por mi enfermedad y por la necesidad de hacer ejercicio y alejarme de esta vida semisedentaria, he empezado a hacerlo de nuevo. Y he empezado a redescubrir el placer de sentir cansancio físico por encima del mental. El cambio forzado en mi rutina me ha reabierto las puertas a un placer que antes era cosa de todos los días, y que prácticamente había olvidado.
Tal vez pueda darse el mismo caso contigo. Eso espero de todo corazón. Quizá no puedas hacer cosas que hasta hace poco te reportaban sosiego o placer, como el desempeñar cierta actividad o mirar un rostro amado, pero tal vez descubras -o redescubras- algunas otras que las compensen.
Quizá, tal como dices en tu post, AmadaSoledad, ningún dinero te devolverá la vida que tenías hasta hace unos meses. Pero espero que sirva para que obtengas una en la que encuentres nuevas satisfacciones, nuevos retos. No sé si alguna vez volverás a hacer tus tortillas, pero estoy seguro que hay muchas más cosas que puedes hacer y por las que serán tan reconocida como por tu habilidad de cocinar o tejer.
Desgraciadamente, Clemies, la vida se encarga de cortarnos ilusiones y de alejarnos de quienes amamos... muchas de esas veces sin posibilidad de dar marcha atrás. Pero la misma vida nos empuja a darnos cuenta que hay más gente que nos ama. Que hay gente que le duele tanto como a nosotros mismos el adiós definitivo. Y que encima del dolor del adiós está el dolor de mirarnos sufrir por él. Que no estamos solos. Que tenemos un hombro en el cual apoyarnos y llorar abiertamente. Que ante ellos podemos bajar la guardia y mostrarnos frágiles. Porque nos aman.
Tal vez ese día haya marcado el final de una vida que tú AmadaSoledad, y tú Clemies, conocías muy bien, pero también es posible que sea el inicio de una nueva donde quizá un relato tuyo tenga oportunidad de ver la luz y por el que seas reconocida por gente que tal vez hoy ni sepas que existe. No podría decirlo con seguridad. Sólo tú puedes saber eso. Tu vida está enteramente en tus manos. Y está esperando tu decisión.
No soy nadie para sermonearte ni para pretender dar una lección de vida barata y callejera. Sólo quiero pedirte que, aún con todo lo sucedido, no pierdas de vista jamás una cosa: hasta hoy, el cambio ha sido una constante en tu vida como en la de todos. Y cada cambio ha sido difícil, incluso tanto como para hacernos llorar amargamente en muchas ocasiones. Y siempre, después de eso, ha habido aceptación de la nueva realidad... ha habido adaptación a la misma... y ha habido invariablemente ocasión y momentos de felicidad. Ocasión y momentos de sonreir.
Hoy quizá enfrentes una nueva realidad.
Abre tu mente y tu corazón. Permite que haya ocasión y momentos para sonreir.
Los habrá, ya lo verás.
Un abrazo, Clemies.
Un abrazo, AmadaSoledad.
Con todo respeto:
Gerardo.













07.05.08 @ 04:35