Mi paciencia llegó a su límite.
Mi Inspiración aún sigue miserablemente dormida. No importa cuánto le grite que ya se deje de hacer la occisa, ni cuánto la zarandee salvajemente, ella continúa derramando generosamente litros y litros de baba sobre su almohada, mientras responde a mis llamados con un sonoro ronquido de altísimos decibeles que parecería que desgarra su garganta, y cambia de posición en su cama, dándome la espalda... OTRA VEZ.
Pues bien, al diablo con ella. Por mí puede quedarse dormida hasta que San Juan baje el dedo. Puedo arreglármelas perfectamente sin sus palabras, que, a final de cuentas, tampoco son la octava maravilla. Así que aquí voy con mi hacha ( a ver qué sale ).

(...)
Soy un desastre, la verdad. Apenas empiezo una cosa, y me distraigo con cualquier tontería. Quizá soy demasiado severo conmigo mismo a la hora de escribir; pero, tal y como me dijo mi voz interior en la entrada "Un Nuevo Post": "para las babosadas que escribes, no hace falta pensar mucho".
Desgraciada...
Quizá sea como me dice un amigo y compañero de trabajo: "la mala suerte te persigue". Y como dicen por ahí que la mala suerte y los idiotas van por la vida bien agarrados de la manita, pues como que no me quedo muy satisfecho. Sin embrago, he de reconocer que, viéndolo bien, quizá no esté tan equivocado mi compañero...
En mi repertorio tengo decenas de anécdotas que serían la delicia de los redactores de las Leyes de Murphy. Hace un par de meses relaté de cuando dejé las llaves dentro del auto dos veces en la misma mañana. Pero eso es nada a comparación de otras que tengo en mi haber. Episodios donde no sólo cometí burradas megamayúsculas, sino que aparte me hicieron desear que me tragara la Tierra, enterito y con todo y calcetines.
Y para muestra basta un botón: no sé si sepan (o siquiera les interese) que soy cinéfilo. Cuando recién lo descubrí me asusté muchísimo porque pensé que me tendrían que inyectar penicilina a lo bestia, pero luego me tranquilicé al enterarme de que eso es para los sifilíticos, no para los cinéfilos. ¡Ufff, menos mal!
Pues bien, resulta que hubo un tiempo en que yo iba al cine un día sí y otro también. Si no encontraba quién me acompañara, sencillamente me iba yo solo; al fin y al cabo, yo iba exclusivamente a ver la película, no a platicar. Bueno... también aprovechaba para comer como cerdo palomitas de maíz y agua de piña con muchos hielitos (en el cine al que me voy a referir vendían agua de piña con muchos hielitos en lugar de refrescos...raro, ¿no?), pero eso es harina de otro costal.
El caso es que yo tenía muy bien medido el tiempo que hacía de mi casa (que es la de todos ustedes...nomás no se lo tomen muy al pie de la letra y me envíen parientes) al cine, y por ello siempre llegaba puntual. No obstante, un día en que me tocó ir solo, el camión -o autobús, o colectivo, o guagua, o como le llamen ustedes al transporte público en sus países- en el que me dirigía al cine se fué a paso de tortuga, y llegué exactamente a la hora en que se suponía que empezarían a proyectar la película ("Calles de Fuego", por cierto). Estaba yo algo desesperado, la verdad. Compré mi entrada y subí las escaleras como si trajera un cohete en el cu...ello. Nunca me gustó llegar tarde a ningún lado.
Hoy pienso que si me hubiese limitado a llegar y entrar a la sala de cine a buscar un asiento, me habría ahorrado muchas vergüenzas... ¡pero NO! Con todo lo apurado que iba, no podía permitirme el entrar a ver la película sin mis palomitas y mi vasote de agua de piña con muchos hielitos... ¡¡Cómo!! Así que hice una escala rápida en la dulcería y los compré, apresurado. Mientras pagaba, alcanzaba a escuchar que iniciaban los avances de los próximos estrenos. ¡Apúrese, señorita, por favor! ¡Ese pinche niño gordo llegó después que yo, a la cola con él! ¡Ande, déme mi cambio ya!
Una vez con mis preciosos trofeos en la mano, me dirigí a la ya oscura sala de proyección. La película estaba empezando, y, obviamente, las luces se habían apagado. Si de por sí estoy más cegato que una almeja con estrabismo, en esa oscuridad no veía ni lo que imaginaba. Sólo alcanzaba a percibir las siluetas de la gente contra la pantalla. Pero una cosa era cierta: el maldito cine estaba lleno. Había gente en los pasillos y las siluetas a contraluz decían que no había un solo asiento disponible. No obstante, caminé un tramo por uno de los pasillos laterales, pisando los callos y dedos gordos de los desgraciados que se atravesaban en mi camino.
Palomitas de maíz en una mano y vasote de agua de piña con muchos hielitos en la otra, avancé casi a tientas unos segundos cuando, de pronto, mis ojos se fijaron en una de las filas de asientos: en ella, se veían las formas de las cabezas de las personas que los ocupaban. Y en un punto cercano al centro de la fila, se apreciaba que había un asiento desocupado. ¡Lotería! A final de cuentas, parecería que no tendría que ver la película parado. Y me dirigí hacia ese asiento.
Nuevamente pisando callos y dedos gordos, con palomitas de maíz en una mano y vasote de agua de piña con muchos hielitos en la otra, llegué a donde mi poca visibilidad me indicaba que era el lugar indicado. Adivinando al sujeto que estaba junto a esa especie de Tierra Prometida, me paré enfrente de él y le pregunté si nadie estaba ocupando ese lugar.
El sujeto, quizá molesto porque enfrente de él como yo me encontraba no lo dejaba ver ni madre, me contestó un seco "No" y me pareció percibir en la oscuridad que se encogía de hombros. No le dí importancia y me acerqué a mi nuevo lugar, dispuesto a, por fin, disfrutar de la película.
Me situé, di media vuelta y me dejé caer al asiento...
... Sólo para descubrir que en ese pinche sitio NO HABÍA ASIENTO.
Mis nalgas sintieron la caricia de la dala de cemento al dejar caer todo mi peso en ella. Y allá voy, cayendo grácilmente de espaldas, con la gracia de un cerdo de 500 kg, sobre los pies del infortunado que estaba en el asiento de atrás... y allá van las palomitas, volando por los cielos del cine... y allá va mi vasote de agua de piña con muchos hielitos, mojando a quién sabe cuántos... y allá va mi dignidad al caer de nalgas ante varios desconocidos, como si estuviera borracho o loco...
Bien dice que lo que chinga es la risita... y vaya que fué eso lo que más me dolió. Porque alcancé a escuchar, mientras me levantaba, heroico, glorioso y majestuoso, que varias personas se reían de mí. No dije ya nada y salí del cine como perro con la cola entre las patas, avergonzado.
Y sintiendo un rencor asesino contra el desgraciado que no me dijo que no había ningún puto asiento en ese lugar.
En fin...tan sólo de recordarlo hace que me sonroje. Aunque eso no fué impedimento para que regresara a ver la película al día siguiente.
Con mis palomitas de maíz en una mano y vasote de agua de piña con muchos hielitos en el otro, claro.
¡¡¡¡Porque la función debe continuar!!!!













21.07.08 @ 11:48